En épocas de incertidumbre – como este período ha sido popularmente llamado – la gente busca causas: la causa de la lenta recuperación de la economía global y cómo tratar el correspondiente malestar político, tales como los disturbios en Francia del año pasado. Las causas de la continuación de la guerra e inestabilidad en Medio Oriente. Luego hay cuestiones que nos tocan más cerca– por qué alguien ha perdido su empleo, por qué una compañía ha quebrado, por qué un individuo ha sido diagnosticado con una enfermedad en particular.
Expertos de toda clase están listos para analizar las condiciones políticas y sociales y ofrecer sus opiniones. Puede que abunden las teorías sobre la razón por la que cierta área enfrenta un desafío económico o por qué aparece una enfermedad. Si bien son cuestiones diferentes, todas tienen una cosa en común. Descansan en la hipótesis de que la materia y las condiciones materiales son reales, y que las únicas soluciones que se pueden encontrar provienen de la misma fuente.
La Ciencia Cristiana, que se apoya sólidamente en la irrealidad de la materia y la sustancialidad total del Espíritu, desafía estas opiniones e invita a todos los que valoran la oración a considerar seriamente mirar hacia el Espíritu en vez de mirar hacia la materia para obtener soluciones. Mary Baker Eddy, quien descubrió y fundó la Ciencia Cristiana, escribió extensamente sobre este tema en “Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras”. Allí, hace esta deslumbrante declaración: “La causalidad espiritual es la única cuestión a considerar, pues, más que ninguna otra, la causalidad espiritual se relaciona con el progreso humano” (pág. 170).
La única pregunta. Aquella pequeña frase, que no aparece en otra parte de sus escritos, muestra la importancia que ella puso en la comprensión del lector acerca de lo que está en juego. Ella está pidiendo a los lectores que abandonen lo familiar y obedecer radicalmente el Primer Mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” ( Ex. 20:3 ). Las palabras del mandamiento son tan conocidas para tanta gente que sus implicaciones frecuentemente se pasan por alto. Como resultado, uno puede equivocadamente aceptar que las causas y soluciones materiales sean determinantes para la salud y la felicidad. O sea, que sean como dioses. Esto puede tomar la forma de una dependencia en las soluciones materiales para el cuidado de la salud, la perspectiva de que los puntos de vista políticos son más importantes que la oración, que Dios es anticuado en una sociedad altamente tecnológica.
Depositar nuestra confianza en una única Causa, Dios, requiere un profundo compromiso con la espiritualidad y una autodisciplina mental que rechace las sugeridas causas materiales y recurra únicamente al Espíritu para la encontrar la verdad. Seguir el ejemplo de Jesús lo mejor que podamos nos da una guía sabia y confiable hacia lo que es real.
Está claro que Jesús rechazó las condiciones materiales como causas, pero él también respondió a las necesidades humanas con compasión, amor y curación. Su percepción de Dios fue tan clara que entendió plenamente que no había causa espiritual o divina del mal. Esta certeza de la perfección espiritual de cada individuo le posibilitó elevarse por sobre la carga de enfermedades de las multitudes.
De igual modo, Jesús nunca fue influenciado por causas materiales o por una falsa compasión. En el estanque de Betesda, cuando un hombre minusválido dijo que no podía entrar en lo que creía que eran aguas curativas, Jesús no le ofreció ayuda para entrar allí. Ni aceptó que las condiciones materiales definan al hombre o su problema. Por el contrario, dijo, “Levántate, toma tu lecho, y anda” (ver Juan 5:1-9). Según la Ciencia Cristiana, Jesús comprendió que la curación venia de reconocer la causalidad espiritual de toda vida como la emanación de la Vida divina. El hombre había esperado 38 años para alcanzar una solución material. En pocos instantes, el Espíritu divino lo liberó.
Mientras que la consistente habilidad sanadora de Jesús todavía no ha sido igualada, es claro que él esperaba que sus seguidores rechacen las causas materiales y confíen en la ayuda divina. Y otros ejemplos de su obra sanadora ofrecen también inspiración para enfrentar los problemas globales.
En setiembre pasado, los países se reunieron en las Naciones Unidas para considerar sus Objetivos de Desarrollo del Milenio, de los cuales uno de ellos es hacia 2015 reducir a la mitad la cantidad de personas que en el mundo sufren hambre. Esta cantidad está declinando lentamente, pero todavía está cerca de los mil millones. Varias soluciones materiales se han propuesto para tratar esto, pero no hay garantía de que éstas produzcan los resultados deseados.
La solución espiritual de Jesús para el hambre nos da una orientación para nuestras oraciones. La Biblia relata ocasiones en las que él alimentó a multitudes. Una vez Jesús pudo alimentar a 5.000 personas con cinco panes y dos peces. Desde un punto de vista material, ofrecer esta cantidad de comida podría haber parecido ridículamente pequeña. De todos modos, Jesús, considerando la causalidad espiritual, y no material, siguió adelante. Y el Evangelio de Mateo dice específicamente: “Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos, doce cestas llenas” (Matt. 14:20). En otras palabras, esto no fue una cuestión de migajas, sino de una provisión satisfactoria.
A medida que cada uno de nosotros se abre camino para enfrentar las crisis actuales, considerar al Espíritu como la única causa puede ser una guía vital, manteniéndonos en el camino ascendente de la curación – no solo en nuestras propias vidas sino para todos los demás. Esta creciente consciencia ilumina el camino hacia el progreso.
