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Heridas del pasado son sanadas

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 26 de julio de 2019


Un día, estaba de pie junto a la ventana de mi oficina, mirando el jardín y tocando una pequeña herida que tenía en un nudillo. Estaba pensando detenidamente en si es posible sanar algo que ocurrió en el pasado, pero sigue siendo una carga hoy. A mí me parecía perfectamente lógico no solo que eso fuera posible, sino natural. Solo existe la realidad presente de Dios y Su creación espiritual, y Él llena esta realidad con Su perfección, la cual siempre es completa y armoniosa.

 Mi mirada se posó en la herida. Hacía dos o tres años, me corté mientras cocinaba, atendí la cortadura y continué cocinando. Con el tiempo, la herida había formado una piel gruesa; la zona en mi dedo pulgar se había puesto fea, y se había hecho una costra que continuaba creciendo.

Me vino la idea de que Dios no causa accidentes (véase Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 424). Si ese era el caso, entonces esa cortadura nunca había sido una realidad que me pudiera afectar en el pasado u hoy; ¿cómo podía yo saber algo que Dios no supiera? Al verlo desde la perspectiva de la realidad absoluta, no podría haberme lastimado porque Dios gobierna continuamente a toda Su creación. Así que dije en voz alta: “Padre, permíteme demostrarlo”.

Me aparté de la ventana, continué con mi trabajo de ese día, y me olvidé del asunto. Tres días después, estaba de pie en el mismo lugar en mi oficina, y me volvieron esos pensamientos, me miré el pulgar, ¡y estaba completamente restaurado y normal!

Semanas después, tuve la oportunidad de demostrar nuevamente la curación de algo que había ocurrido en el pasado. Después de un tiempo, mi esposo y yo habíamos redescubierto lo divertido que es andar en bicicleta. Salíamos a andar sin importar cómo estuviera el tiempo. 

Durante una de esas salidas llovía a cántaros. A pesar de tener equipo para lluvia, nos empapamos porque el agua encontró la forma de llegar directamente a nuestros suéteres y pantalones, y hasta adentro de los zapatos. Antes de regresar a casa, nos detuvimos en una panadería para comprar algo para comer. No obstante, como mi ropa de lluvia de alguna forma se había enganchado en los pedales de la bicicleta y yo no me había dado cuenta, al bajarme de la bicicleta me caí de cuerpo entero sobre el pavimento mojado. Me dolía todo. Mi esposo me levantó y nos fuimos a casa.

Aquella noche mientras cocinaba, noté que no podía usar el pulgar. Estaba tan hinchado que ya no entraba en el mango grande de mis tijeras de cocina. Además, todavía tenía mucho frío debido a nuestro paseo, y no me sentía bien de ninguna manera. Así que finalmente me metí en la cama. Sin embargo, durante la noche me despertó el dolor. Me dolían los hombros, codos, caderas, rodillas, espinillas y tobillos, para no mencionar la mano.

 Me pregunté, ¿Qué dices cuando alguien te cuenta que estuvo en un accidente? Bueno, dices que con Dios no existe tal cosa. Cuando nos caemos podemos pensar que caemos directamente en los brazos de Dios, en Su amor. Lamentablemente, no parecía ser así. Luego pensé en cómo podía la nada realmente existir cuando había un Dios Todopoderoso y siempre presente. Mary Baker Eddy escribe en Ciencia y Salud: “Dios crea todas las formas de la realidad. Sus pensamientos son realidades espirituales” (pág. 513). Comencé a orar con este hecho.

Absorta en mi pensamiento, empecé a volverme calladamente a Dios en oración. Consideré el hecho de que, tanto en el momento en que me caí como después, no había pensado u orado con mucha diligencia. Pero nunca es demasiado tarde para sanar el pasado. Podemos liberarnos de los efectos posteriores de cualquier situación reconociendo que estuvimos completamente protegidos en el momento exacto cuando una discusión, algo amenazador o un accidente pareció ocurrir. Dios, el Amor infinito, es la única realidad, e impide todo aquello que sea desemejante al bien.

 Mientras continuaba orando, me aferré al pensamiento de que no me había caído sobre el asfalto ni tenido ninguna herida; más bien, yo solo podía caer directamente en los brazos amorosos de Dios, puesto que Él llena todo el espacio. Sentí esto muy intensamente y supe que esta es la única verdad que existe. La creencia en el accidente había cedido a la realidad espiritual de Dios en mi consciencia.

En algún punto me quedé dormida. Cuando me levanté a la mañana siguiente, estaba completamente libre de dolor. Y mi dedo pulgar había recuperado su tamaño normal y estaba perfectamente bien.

Sí, podemos sanar el pasado, porque existimos eternamente en la presencia de Dios, en el centro de Su amor. Estoy infinitamente agradecida por la Ciencia Cristiana.

Inge Hake
Lehrte, Alemania

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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