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El Contagio

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 16 de marzo de 2020

Esta es la traducción autorizada al español del artículo titulado “El contagio” que puede encontrarse en las páginas 228-229 de Escritos Misceláneos 1883-1896, escrito por Mary Baker Eddy.

Al pie de la página, encontrarán un archivo PDF del mismo para descargar.


Todo lo que el hombre ve, siente, o que de alguna manera percibe, tiene que ser captado por la mente; puesto que la percepción, la sensación y la consciencia pertenecen a la mente y no a la materia. Dejándonos llevar por la corriente popular del pensamiento mortal sin poner en duda la autenticidad de sus conclusiones, hacemos lo que otros hacen, creemos lo que otros creen, y decimos lo que otros dicen. El consentimiento común es contagioso, y hace contagiosa la enfermedad.

La gente cree en enfermedades infecciosas y contagiosas, y que cualquiera está propenso a contraerlas al mediar ciertas causas predisponentes u ocasionales. Este estado mental lo prepara a uno para contraer cualquier enfermedad cada vez que se presenten las circunstancias que uno cree que la producen.  Si uno creyera con igual sinceridad que la salud es contagiosa cuando se está en contacto con personas sanas, se contagiaría del estado de ellas tan positivamente y con mejor resultado que cuando se contagia del estado del hombre enfermo.

Si tan sólo la gente creyera que el bien es más contagioso que el mal, puesto que Dios es omnipresencia, cuánto más seguro sería el éxito del médico, y la conversión de pecadores por el clérigo. Y si tan sólo el púlpito alentara la fe en Dios en este sentido, y la fe en la Mente por sobre toda otra influencia que gobierna la receptividad del cuerpo, la teología enseñaría al hombre como enseñó David: “Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación, no te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada”.

La certeza de la humanidad en las enfermedades contagiosas disminuiría así cada vez más; y en la misma proporción la fe en el poder de Dios para sanar y salvar a la humanidad aumentaría, hasta que todo el género humano llegara a ser más sano, más santo, más feliz, y de larga vida. Un estado de ánimo pacífico y cristiano es un mejor preventivo contra el contagio que un medicamento o cualquier otro posible método curativo; y el “perfecto Amor” que “echa fuera el temor” es una defensa segura.

Haga clic aquí para descargar el artículo en formato PDF.


CONTAGION

Whatever man sees, feels, or in any way takes cognizance of, must be caught through mind; inasmuch as perception, sensation, and consciousness belong to mind and not to matter. Floating with the popular current of mortal thought without questioning the reliability of its conclusions, we do what others do, believe what others believe, and say what others say. Common consent is contagious, and it makes disease catching.

People believe in infectious and contagious diseases, and that any one is liable to have them under certain predisposing or exciting causes. This mental state prepares one to have any disease whenever there appear the circumstances which he believes produce it. If he believed as sincerely that health is catching when exposed to contact with healthy people, he would catch their state of feeling quite as surely and with better effect than he does the sick man’s.

If only the people would believe that good is more contagious than evil, since God is omnipresence, how much more certain would be the doctor’s success, and the clergyman’s conversion of sinners. And if only the pulpit would encourage faith in God in this direction, and faith in Mind over all other influences governing the receptivity of the body, theology would teach man as David taught: “Because thou hast made the Lord, which is my refuge, even the most High thy habitation; there shall no evil befall thee, neither shall any plague come nigh thy dwelling.”

The confidence of mankind in contagious disease would thus become beautifully less; and in the same proportion would faith in the power of God to heal and to save mankind increase, until the whole human race would become healthier, holier, happier, and longer lived. A calm, Christian state of mind is a better preventive of contagion than a drug, or than any other possible sanative method; and the “perfect Love” that “casteth out fear” is a sure defense.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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