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Original Web

La sabiduría de la Navidad

Del número de diciembre de 2017 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 30 de octubre de 2017 como original para la Web.


Pensar en la Navidad y en lo que nos pueda venir al pensamiento, son las diversas cosas que generalmente se asocian con esta celebración: regalos, familia, festividades, comidas tradicionales, canciones navideñas… y la lista continúa.

Pero para muchos, la mejor manera de describir la Navidad no es en términos materiales, sino en términos de cualidades espirituales, tales como amor, alegría y paz, las cuales entusiasman el corazón y representan el espíritu más profundo de esta época del año.

Si eres cristiano, probablemente pienses en la conexión esencial de estas fiestas con el nacimiento de Cristo Jesús, y el transcendental y profético papel que él desempeñó en la salvación de la humanidad.

Es obvio que la Navidad puede significar muchas cosas para mucha gente. Yo me he dado cuenta de que este año estoy apreciando la Navidad como nunca lo hecho antes. Estoy asociando la Navidad con la sabiduría. Estoy percibiendo que la historia de la Navidad (el relato del nacimiento de Jesús, como se desarrolla en los primeros capítulos del Evangelio de Mateo) ofrece un tesoro de vislumbres espirituales acerca de la verdadera sabiduría; qué es, de dónde proviene y qué nos permite discernir esta sabiduría acerca de la realidad espiritual.

De hecho, los “magos” son figuras clave en esta historia. El autor indica que estos magos vinieron del Oriente a Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle” (Mateo 2:2).

¿Qué probó que estos magos provenientes del oriente eran realmente sabios? El relato da muy poca indicación de que su sabiduría tuviera mucho que ver con el conocimiento astrológico, aunque lo más probable es que fueran astrólogos de Babilonia, hombres de ciencia (como se entendía en aquella época), y seguramente daban gran importancia a la posición de las estrellas. Más bien, su sabiduría provenía de su receptividad a la verdad divina. Ejercieron su sentido espiritual y reconocieron que la profecía se estaba cumpliendo: la presencia del Cristo, o Mesías —la idea divina de Dios— se estaba haciendo evidente a la humanidad. Y ellos actuaron en respuesta a esta abrumadoramente poderosa intuición espiritual.

Una estrella solitaria en el cielo era la única evidencia que tenían los magos de la aparición humana del Cristo, “la idea divina hecha carne en el hijo de María” (Mary Baker Eddy, La unidad del bien, pág. 59). Por ser astrólogos ellos deben de haber percibido algo importante acerca de una visión tan sorprendente como el maravilloso brillo de esa estrella radiante, pero su previsión espiritual los guió a percibir algo que era mucho más precioso e inspirador: estaba por nacer el Salvador de la humanidad. 

Dios, la Mente divina, expresa su sabiduría en cada uno de nosotros porque somos reflejo de la Mente.

Y tal vez, para los magos, esta revelación puso al descubierto no solo el hecho de la aparición del Cristo, sino también algo de su significado: que el Cristo estaba aquí para redimir a la humanidad del pecado, la enfermedad y la muerte; de la creencia de vida en la materia con todas sus limitaciones y aflicciones. Puesto que el Cristo, la Verdad eterna, revela que todos en nuestra verdadera naturaleza nunca somos y jamás hemos sido una construcción material de átomos y elementos sujeta a la enfermedad y a la muerte, sino que somos hijos de Dios; el linaje no de la voluntad humana, sino una creación espiritual pura. Eso es lo que cada uno de nosotros somos en realidad: la emanación única y bella del Espíritu divino.

Un escéptico podría pensar que esto es darle demasiada importancia a una sola estrella, por más que brille con mucho resplandor. Pero la sabiduría de los magos no se encontraba en lo que ellos vieron arriba en el cielo, sino en lo que percibieron que esa estrella significaba para la humanidad; es decir, salvación para todos los hombres, mujeres y niños mediante el Cristo, la Verdad. Mary Baker Eddy escribe de la visión que tuvieron: “Los Magos fueron guiados a contemplar y a seguir este lucero matutino de la Ciencia divina, que ilumina el camino hacia la armonía eterna” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. vii).

Siento mucha humildad al imaginar a estos magos contemplando la evidencia del gobierno amoroso que Dios tiene del universo en operación en la escena humana, y luego continuar hacia donde esa evidencia les indicaba que debían ir, lo que significaba no solo visitar al niño Jesús, sino también descubrir más de “la armonía eterna”, la percepción espiritual de la vida, el camino de la verdad y la salvación.

Esto señala el camino de sabiduría para nosotros también; un camino que guía hacia una comprensión espiritual por siempre más profunda. La Sra. Eddy escribe: “A medida que los Magos progresaron en la comprensión del Cristo, o sea la idea espiritual, esta idea creció para ellos en gracia. Continuará así, en la medida en que esto se vaya comprendiendo, hasta que el hombre sea hallado a la semejanza misma de su Hacedor. El más alto concepto humano que ellos tenían del hombre Jesús, que lo presentaba como el Hijo único de Dios, el unigénito del Padre, lleno de gracia y de Verdad, alcanzará, por medio de la lente de la Ciencia, tal magnitud para el concepto humano, que revelará que el hombre, colectiva como individualmente, es el hijo de Dios” (Escritos Misceláneos, 1883–1896, pág. 164).

A medida que he entendido la historia de la Navidad bajo esta luz, me ha guiado a ahondar y hacerme algunas preguntas: ¿Estoy siguiendo el camino de la sabiduría al crecer en mi comprensión del Cristo, la idea espiritual de Dios? ¿Acepto y comprendo que el Cristo, la Verdad, es mi Salvador; que está conmigo hoy y siempre para ayudar y sanar? ¿Reconozco la verdad que reveló Jesús de que cada uno de nosotros es el hijo inocente de Dios, el Amor divino? Y, ¿estoy acaso demostrando esta verdad espiritual en mi vida, encontrando redención de la creencia de que soy simplemente producto de la materia?

Si bien, estas pueden ser preguntas difíciles, estoy sumamente agradecido por lo que la historia de la Navidad me ha mostrado este año: que el entendimiento del Cristo, así como de lo que el Cristo revela acerca de nuestra individualidad espiritual como manifestación de Dios, es verdadera sabiduría. También estoy agradecido por comprender más claramente que en realidad ya poseemos esta sabiduría —la intuición espiritual que percibe y recibe la Verdad— porque Dios, la Mente divina, expresa su sabiduría en cada uno de nosotros porque somos reflejo de la Mente.

No hay nada “secreto” u oculto acerca de esta sabiduría que proviene de Dios, pero como que se desvanece ante lo que gran parte del mundo define como sabiduría. De modo que es esencial que atesoremos conscientemente la inteligencia espiritual iluminada que Dios expresa de forma natural en nosotros. Por ejemplo, la idea misma de que somos espirituales, no materiales, confunde a la comprensión materialmente científica de la naturaleza de la vida y reproducción humanas, y comúnmente se la considera un absurdo.

No obstante, la historia de la Navidad nos enseña que la sabiduría tiene que ver con ceder a un punto de vista espiritual radicalmente diferente del mundo y la creación, como lo presentó Cristo Jesús. Su nacimiento virginal es único, dado que es el único nacimiento de este tipo que ha ocurrido en la historia humana; sin embargo, nos invita a reflexionar sobre cómo algo así pudo científicamente haber ocurrido. Este nacimiento dio prueba tangible de que nuestro origen no está en un embrión material. No somos partículas de polvo que evolucionaron aleatoriamente en un universo material, por más convincente que pueda parecer esta perspectiva ilusoria para los sentidos materiales. De hecho, somos hijos de Dios, concebidos por Dios como ideas totalmente espirituales, que moramos ahora y siempre en el reino de la Mente divina. Esto es lo que la aparición del Cristo probó para la humanidad.

De manera que, he llegado a comprender que verdadera sabiduría significa creer y amar la historia de la Navidad, y entender algo de la eterna presencia, maravilla y disponibilidad de la influencia divina, o Cristo, en la consciencia humana (y lo que revela acerca de nuestra naturaleza espiritual). Todos tenemos la oportunidad de ser un “mago” o maga de hoy en día, como señaló la Sra. Eddy. Ella escribe: “Guiados por una estrella solitaria en medio de la oscuridad, los Magos de antaño predijeron el mesiazgo de la Verdad. ¿Se le cree al sabio de hoy, cuando contempla la luz que anuncia el amanecer eterno del Cristo y describe su fulgor?” (Ciencia y Salud, pág. 95).

El pensamiento mundano podría tentarnos a resistir y responder que no a esa pregunta, o, por lo menos, albergar cierta duda, porque dicho pensamiento busca entender la realidad mediante la lente de la materia. Pero si podemos responder que “sí” cada vez más con un corazón lleno de fe, porque examinamos y recibimos la realidad a través de la lente del Espíritu, entonces somos verdaderamente sabios. Al contemplar más del Cristo, el brillante resplandor de la Verdad, vemos evidencias del Cristo eterno con nosotros aquí y ahora, mediante vidas redimidas y sanadas.

Ese es un regalo de Navidad como ningún otro; es el obsequio de la Ciencia divina comprendida en el corazón humano. Este obsequio es la luz sanadora que nos guía por siempre cada vez más profundo en nuestra comprensión de la realidad espiritual: la belleza de la creación espiritual infinita de Dios, y nuestra naturaleza espiritual como la radiante manifestación del Amor divino. Este regalo, es el obsequio de la sabiduría.

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En 1903, Mary Baker Eddy estableció El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Su propósito: “Proclamar la actividad y disponibilidad universales de la Verdad”. La definición que da el diccionario de “heraldo” como un “precursor, un mensajero que es enviado para anunciar que lo que ha de venir se acerca”, da un significado especial al nombre “Heraldo” y señala además nuestra obligación, la obligación de cada uno de nosotros, de ver que nuestros Heraldos sean dignos de la confianza depositada en ellos, confianza que es inseparable del Cristo y que fue anunciada primero por Jesús (Marcos 16:15): “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”.

Mary Sands Lee, Christian Science Sentinel, 7 de julio de 1956

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