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Para jóvenes

Enfrenta la presión de tus compañeros con la oración

Del número de octubre de 2018 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 20 de agosto de 2018 como original para la Web.


P: ¿Cómo puedo orar por la presión de los demás?

R: Una de las cosas más difíciles de enfrentar cuando lidiamos con la presión de los compañeros es que parece que no hay muchas opciones. O bien, cedes y permites que otra gente controle tu vida, o te niegas y te sientes excluido. Así que, el hecho mismo de saber que puedes orar por este asunto es realmente útil. Como he visto en mi propia vida, la oración, que realmente bendice a todos, puede ofrecernos soluciones para dicha presión.

En la universidad, tenía un grupo divertido de amigos con los que me reunía. Aunque nos encantaba hacer montones de cosas juntos, a veces la conversación trataba el tema de las chicas, y no de una manera elogiosa. Consistía en juzgar su apariencia y burlarse de sus amistades. Yo me sentía muy incómodo con todos esos temas y con la conversación. 

Estos chicos eran buenos amigos y tenían buenas cualidades, pero yo detestaba la forma en que nuestra conversación podía transformarse tan fácilmente en una charla muy despreciable. Y si bien tenía otros amigos, no tenía otro grupo con los que pudiera simplemente sentarme y pasarla bien. Así que no quería decir nada sobre lo incómodo que me sentía, porque no quería perder a ese grupo.

No obstante, también sabía que estaba mal que tuviéramos esas conversaciones con tanta frecuencia.

En retrospectiva, me doy cuenta de que mi temor más grande era que si expresaba mi opinión sobre esas conversaciones, me juzgarían, pensarían que era débil y que no merecía su amistad. Pero actuar desde esta perspectiva permitía que la percepción que tenía de mi propia valía estuviera en manos de otros. Y el problema con eso es que las opiniones de la gente cambian todo el tiempo.

Yo quería que la opinión que tenía acerca de mi valía tuviera un fundamento más sólido, más seguro. Aunque no dejé de valorar estas amistades, empecé a orar para obtener una percepción mejor y más espiritual de mí mismo. Al hacer esto, recordé un pasaje del Sermón del Monte de Jesús: “Están aquí para ser la luz, y destacar los colores de Dios en el mundo. Dios no es un secreto que deba guardarse”. Luego continúa: “Ahora que los he puesto en la cima del monte, sobre un poste de luz, ¡resplandezcan! Mantengan abierta su casa; sean generosos con sus vidas. Al abrirse a los demás, impulsarán a otros a abrirse a Dios, este Padre generoso que está en los cielos” (Mateo 5:14, 16, según Eugene Peterson, The Message).

Lo entendí. Mi valor no variaba. Mi “luz” no estaba brillando debido a lo que los otros pensaban de mí, sino por la forma en que Dios me creó. ¡Dios era el Único que me amaba! ¡Dios era el Único que me “juzgaba” y declaraba qué era yo!

Me sentí mucho mejor al saber que mi identidad y valía estaban completamente a salvo en Dios. Sin embargo, seguía sin saber qué hacer durante esas conversaciones. No me parecía correcto apartar a este grupo de amigos de mi vida, pero seguía sintiéndome incómodo con la idea de decir lo que pensaba. Así que continué orando.

Un día, se me ocurrió que podía simplemente apartarme de la conversación cuando surgiera ese tema. No como para hacer una escena. Parecía natural apartarme solo cuando comenzara esa charla tan despreciable.

Al principio, no hubo cambio en la conversación; al apartarme, aún podía escuchar a mis amigos hablar y reírse. A la tercera o cuarta vez que lo hice, comenzaron a notarlo, y finalmente me preguntaron por qué me alejaba. Francamente les dije que no me gustaba participar en la conversación cuando empezaban a hablar de las chicas de esa forma.

“¿Por qué no nos dijiste cómo te sentías?”, me preguntaron; y de inmediato cambiaron de tema.

Nunca más hubo otra conversación de ese tipo cuando yo estaba presente. A partir de ese momento, siempre hablábamos de las cosas buenas que estaban pasando.

Por supuesto, no tengo idea de qué hablaban cuando yo no estaba presente, y no era mi trabajo vigilar a mis amigos. Y al pensar en ello hoy, es difícil no desear haber tenido más valor al manifestar mi oposición a ese comportamiento indebido. Pero teniendo en cuenta dónde estaba en aquella época de mi vida, me sentí agradecido por lo apacible de aquella solución divinamente inspirada. Resultó que “permitir que resplandezca mi luz” no consistía en hacer que otros se sintieran “quemados”; se trataba simplemente de mostrar otra forma de pensar acerca de las cosas. Y esa otra forma nos bendijo a todos nosotros; nos elevó para que tuviéramos conversaciones más constructivas y me sacara de la trampa de la presión de los amigos.

Al continuar pensando en esta experiencia, estas palabras que escribió Mary Baker Eddy me han ayudado a obtener aún más claridad acerca de cómo podemos orar con más eficacia para enfrentar la presión de los amigos: “¿Dónde ha de fijarse la mirada sino en el reino inescrutable de la Mente? Tenemos que mirar hacia donde queremos caminar, y debemos actuar como poseyendo todo poder derivado de Aquel en quien tenemos nuestro ser” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 264).

Al mantener nuestra mirada mental en el Único que realmente nos ama, podemos caminar hacia adelante sin necesidad de buscar la aprobación de la opinión humana errada. Nos encontramos con una percepción más profunda y más espiritual de la seguridad y de nuestra valía, y con una brújula más confiable para nuestras acciones. Y a medida que seguimos esta brújula, podemos ser también una bendición para otros. En lugar de permitir que la presión de nuestros amigos nos transforme en víctimas, podemos demostrar que es bueno vivir como Dios nos hizo: ya completos y amados.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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