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La actividad universal del Cristo

Del número de enero de 2018 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Un momento fundamental en la Biblia es cuando Pedro declara con firmeza que la identidad espiritual de Jesús es el Cristo, y Jesús responde a continuación que su iglesia sería construida sobre la roca, la cual Mary Baker Eddy describe como “el poder de Dios que estaba detrás de la declaración de Pedro acerca del Mesías verdadero” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 138). 

Recientemente, hice un viaje a Israel que me abrió los ojos y me impulsó a pensar con detenimiento en el significado del lugar en particular donde se hizo esa afirmación del Cristo. En la época de Jesús, el territorio al este y norte de Galilea estaba habitado principalmente por una población pagana, los gentiles, que no eran judíos, aunque también vivían judíos en esa área. Jesús llevó a sus discípulos a “las aldeas de Cesarea de Filipo” (Marcos 8:27), cerca de lo que es hoy Siria. En las cercanías de la misma capital romana regional de Cesarea de Filipo, había un lugar donde fluía un manantial de la boca de una cueva grande. Allí había muchos santuarios paganos, y algunas personas han especulado que existe una conexión entre esta cueva agorera de adoración pagana, y “las puertas del Hades” que Cristo Jesús mencionó a Pedro.

 Es interesante que haya ocurrido en una región donde se encontraba este importante lugar de adoración pagana, pues se podría ver como que simboliza el opuesto mismo de lo que el Cristo representaba, y donde Jesús les hizo a sus discípulos la pregunta sobre quién era él (Mateo 16:13–20).

En la conversación que tuvo allí con sus discípulos, ellos le dijeron a Jesús que algunas personas pensaban que él era un profeta que había fallecido, como Juan el Bautista o Jeremías. Una vez más se habló de la muerte. Pero Pedro dijo con firmeza que el Cristo consiste en vivir, no en morir, puesto que Pedro identificó a Jesús como “el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Jesús respondió favorablemente a esto y le dijo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.

No existe mentalidad mortal individual o colectiva —como el pensamiento ateo, el intelectualismo secular, la teoría médica o el materialismo científico— que pueda hacer que el Cristo no sea pertinente, o acabar con él, pues su universalidad y eternidad impiden tal posibilidad.

La declaración de Jesús indica que su iglesia no sería vencida ni siquiera por “las puertas del Hades”, o la creencia en la muerte. Ciertamente su iglesia no podría morir, puesto que no podría morir el Cristo al que él representaba, el cual por siempre estará declarando el poder y la presencia de Dios, y la unidad del hombre con Dios. El Cristo no puede ser destruido, porque es incorpóreo, y declara el reino de los cielos dentro de cada uno y al alcance de todos; un reino que está eternamente vivo, y que se desenvuelve progresivamente por toda la eternidad.

Para mí, la declaración de Jesús de que construiría su iglesia sobre la roca del Cristo, la Verdad, y que las puertas del Hades no prevalecerían contra ella, incluía la profecía de su cercana resurrección, mediante la cual probaría al mundo, para toda la eternidad, que la muerte no puede prevalecer porque el Cristo triunfa sobre ella. Tiempo después, al establecer iglesias cristianas por todo Grecia, Pablo, el leal seguidor de Jesús, probó bellamente que la prevaleciente creencia en el paganismo, la cual podría incluir la creencia en el dios del infierno o el Hades, no impediría que la gente recibiera la bendición del Cristo. 

El Cristo, al que Ciencia y Salud define como “la divina manifestación de Dios, que viene a la carne para destruir el error encarnado” (pág. 583), es pertinente aún hoy. El Cristo viene a la creencia corpórea que dice que está apegada personalmente a nosotros, y destruye esta percepción personal del error al revelar que nuestra verdadera individualidad es la semejanza de Dios. No existe mentalidad mortal individual o colectiva —como el pensamiento ateo, el intelectualismo secular, la teoría médica o el materialismo científico— que pueda hacer que el Cristo no sea pertinente, o acabar con él, pues su universalidad y eternidad impiden tal posibilidad. Como escribió Pablo: “Cristo es el todo, y en todos” (Colosenses 3:11). ¿Quién o qué, entonces, puede oponerse o detener al Cristo y su poder reformador y sanador?

Puesto que somos “coherederos con Cristo” (Romanos 8:17), estas verdades son una bendición para cada una y todas las personas, así como para la iglesia de Cristo. ¡Qué glorioso y maravilloso es abrazar la idea de que todos tenemos la “mente de Cristo”! (1 Corintios 2:16), como escribió Pablo. Por lo tanto, todos nosotros ya poseemos en verdad el entendimiento de nuestra inmortalidad, que revela al Cristo, y sobre la cual la muerte no puede prevalecer. Al tener esta comprensión semejante al Cristo, en realidad no tenemos mente alguna que pueda consentir o creer en la muerte. Todos realmente reflejamos el conocimiento consciente de que somos uno con la Vida, Dios, y que nuestra individualidad se va desenvolviendo infinitamente porque somos la semejanza de Dios. Podemos concluir razonablemente que Cristo Jesús estaba profetizando que sus seguidores, y su iglesia, finalmente probarían que la muerte no tiene poder alguno. Podríamos decir que somos una “roca sólida”, establecidos con toda seguridad sobre la roca de Cristo, de la Vida eterna.

Mary Baker Eddy escribe: “Basados así sobre la roca de Cristo, cuando la tormenta y la tempestad batan contra esta base segura, vosotros, bien resguardados en la firme torre de la esperanza, la fe y el Amor, sois los polluelos de Dios; y Él os ocultará bajo Sus plumas hasta que la tormenta haya pasado. En éste, Su refugio del Alma, no entra ningún elemento terrenal para echar fuera a los ángeles, para acallar la intuición correcta que os guía a salvo al hogar” (Escritos Misceláneos 1883–1896, pág. 152).

Al reflexionar sobre estas percepciones espirituales acerca de la declaración de Jesús, y lo que podrían significar para mí y para todos sus seguidores, me sentí impulsada a regocijarme profunda y constantemente en la universalidad del Cristo, y de ese modo comprender que nada puede detener su actividad sanadora. El hecho de considerar estas ideas, y atesorarlas en mi corazón, ha profundizado y fortalecido mi práctica de la Ciencia Cristiana.

Me di cuenta de que todos tenemos a nuestro alcance la oportunidad de permanecer sobre la roca de Cristo, para sacar a la luz la verdad inmortal de que somos los hijos del Dios viviente ahora y siempre. Esta es una misión propia del Cristo, a la que Jesús definió cuando mandó a todos sus seguidores: “Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8). Procuremos obedecer el mandato de Jesús para poder dar un vaso de agua fría a un mundo fatigado y ansioso de recibir las bendiciones del Cristo.

El punto de vista material de las cosas es falso, de manera que no satisface. Por ser hijos de Dios, somos innatamente espirituales, y no podemos contentarnos con la pobreza del enfoque material acerca de la vida con sus temores, limitaciones y pesares. Es por eso que el corazón humano busca despertar de los confines de la existencia mortal y dirigirse hacia horizontes más expansivos. A medida que con agrado dejemos todo por Cristo, podremos tener la expectativa de ver evidencias de este mismo anhelo en los buscadores que cruzan nuestro camino y vienen a nuestras iglesias.

 Mi oficina da a la calle, y no hace mucho, entró una mujer mirando alrededor con sumo interés. Me acerqué para saludarla. Me contó que había estado en la librería del otro lado de la calle, cuando vio mi oficina. Ella dijo: “Fue como si algo me atrajera todo el camino a través de la calle y no me dejó hasta que abrí la puerta. ¿Qué es este lugar?” Le expliqué que era mi oficina donde se practica la curación de la Ciencia del Cristo y se comparte con el público. Ella entró, y tuvimos una charla muy inspiradora. Cuando se fue, llevando consigo un ejemplar de Ciencia y Salud, comentó: “¡Esto es exactamente lo que había estado buscando!”

¿Qué fue lo que la trajo a mi oficina? ¿No fue acaso el irresistible llamado del Cristo? El Cristo amoroso revela la semejanza del Cristo que hay en nosotros, que ve la semejanza del Cristo en todos. A medida que destruimos en nuestro propio pensamiento la sugestión de que cualquier cosa puede detener o silenciar al Cristo, y abrazamos en cambio, la actividad universal y eterna del Cristo, se manifiestan bendiciones y curaciones.

Permitamos que cada uno de nosotros descanse y se eleve en las alas del Cristo. Abracemos con amor a la humanidad dándole un vaso de agua fría en el nombre de Cristo. Incluyamos con afecto en nuestras oraciones y vidas a los necesitados, enfermos, discapacitados, pecadores, desamparados y temerosos. Derramemos con compasión el tierno bálsamo del Cristo afectuoso sobre las heridas del mundo, y permitamos que su actividad sanadora traiga renovación espiritual y paz a todos.

Dios ha delineado la forma como debemos servir individualmente como hacía el  Cristo, y la energía divina del Espíritu impulsa el desenvolvimiento eterno de nuestro servicio con el orden y la gracia del Alma. De este modo, nada puede detener nuestra semejanza con el Cristo, ni impedir que la indivisible y universal virtud que todos tenemos de asemejarnos al Cristo brille con resplandor al glorificar a Dios. Esta es, verdaderamente, la Iglesia Universal, la cual no tiene fin.

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La explicación divinamente inspirada de la Sra. Eddy sobre la misión de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, fundado en 1903, se ha convertido en símbolo de las actividades del movimiento de la Ciencia Cristiana que abarca al mundo. Las palabras de la Sra. Eddy figuran en la inscripción de la cornisa del edificio de La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana: para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la verdad. El Heraldo es una expresión tangible del interés de nuestra Guía en compartir con toda la humanidad el inapreciable conocimiento de la Ciencia de la Vida. La Sra. Eddy comprendió que el Consolador había venido “para la sanidad de las naciones”.

Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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