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Original Web

Para jóvenes

A salvo de la tormenta

Del número de febrero de 2018 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 14 de diciembre de 2017 como original para la Web.


P: ¿Podemos realmente detener las malas condiciones del tiempo con la oración?

R: Les voy a contar lo que me pasó. Un verano, estaba ayudando en la estancia de mi tío. En todas las estancias y granjas, el clima cumple una función muy importante en las operaciones diarias, así como en el éxito de la granja. Así que, siempre estábamos conscientes del tiempo. Una tarde, estaba trabajando con algunos animales, y mi abuelo vino con su camión para avisarme que se acercaba una gran tormenta. Por su apariencia, la tormenta traería granizo y era muy probable que destruyera gran parte de los cultivos.

Mi abuelo era Científico Cristiano, como yo, y me pidió que orara por la estancia. Me sentí tentado a pensar que eso escapaba a mi control. Al fin y al cabo, ¿qué era yo contra una enorme tormenta? Pero recientemente había tomado un curso de doce días sobre la curación espiritual llamado instrucción de clase Primaria de la Ciencia Cristiana, y recordaba que había aprendido acerca de la importancia de comenzar y permanecer con Dios al orar, en lugar de tratar de equilibrar el temor con mi confianza en Dios. Sin embargo, no sabía cómo “eliminar” el temor que sentía. Así que empecé a expresar gratitud por la estancia, por el país, por mi familia y por la precisión y diversidad que hay en la creación de Dios, la cual incluye naturalmente una variedad de condiciones útiles e inofensivas que gobiernan todas las cosas.

Esta gratitud me llevó a orar, a confiar más claramente en la seguridad de nuestra granja y de toda la región. Y no simplemente seguridad contra la tormenta, sino seguridad contra lo perverso y fortuito que es el mal tiempo, contra la posibilidad de ser víctima de cualquier cosa. Esta seguridad es uno de los aspectos que presenta el gobierno de Dios sobre Su creación, y Él es el único poder, el único gobierno. Me encantó tener esta oportunidad de orar, y muy pronto me di cuenta de que había una brisa suave. Miré hacia arriba, y las nubes oscuras se habían disipado casi por completo. Mi abuelo regresó un poco más tarde y me avisó que todo estaba bien en nuestra granja y en todas las granjas de alrededor. La tormenta nunca se manifestó.

No comparto esta historia porque pienso que yo detuve la tormenta. Lo hago porque la experiencia de que se produjera en mi pensamiento una transformación total —del temor y la creencia en que el azar tiene el poder de hacernos víctimas, a la gratitud y a estar cada vez más consciente del poder afectuoso y protector de Dios— es un ejemplo claro de la importancia de comenzar en el lugar correcto cuando oramos. En lugar de partir del punto de vista de que el universo en el que vivimos está sujeto al azar, el terror y la catástrofe, ¿qué pasaría si la premisa de nuestras oraciones fuera que Dios gobierna, que el Espíritu es real y es Todo? Bueno, entonces estamos abiertos a percibir la inmensidad del amor que Dios siente por nosotros, y este amor elimina el temor, inspira y fortalece nuestras oraciones, y nos brinda la convicción de que estamos seguros.

¿Qué ocurre cuando ya llegó una tormenta? Incluso en esa circunstancia, podemos basar nuestras oraciones en la premisa correcta. Las opiniones del mundo parecen permitir que haya experiencias terribles. Pero cuando con toda valentía y humildad recurrimos a Dios, nos damos cuenta de que Él puede informarnos de que Su presencia, Su amor, es el único poder verdadero, y así Lo hace. Y el estar aún más conscientes de ese amor perfecto nos permite ver cómo podemos seguir avanzando. Cómo podemos ser útiles, tanto de forma práctica como mediante la oración, y cómo podemos contribuir a que la gente esté mucho más consciente de la presencia protectora de Dios que está al alcance de todos.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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