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Libre de síntomas de chikungunya

Del número de enero de 2018 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Hace algunos años, hubo en Brasil un brote de una enfermedad llamada chikungunya, producida por un virus y transmitida por mosquitos, que alcanzó índices epidémicos en algunas regiones del país. Muchas personas de mi barrio, e incluso de mi misma calle, así como todas las personas que viven en mi casa, contrajeron esa enfermedad.

Me sentía muy atemorizada con tantas manifestaciones de dolor y sufrimiento humano. En medio de tantas historias respecto a esa dolencia, cierto día, el año pasado, yo misma comencé a sentirme muy mal con todos los síntomas de esa enfermedad. Sin embargo, soy estudiante de la Ciencia Cristiana y aprendí a orar en tales circunstancias. Mis oraciones comenzaron con Dios, que es el Principio divino y el Amor divino. Dios es el bien, y Él nunca creó el mal, la enfermedad o la muerte para ninguno de Sus hijos.

 La Ciencia Cristiana enseña, conforme al primer capítulo del Génesis en la Biblia, que como Dios es Espíritu toda Su creación es espiritual, y que el hombre tiene “dominio sobre toda la tierra” (véase Génesis 1:26), es decir que tiene dominio sobre todo el mal, o sea, sobre las creencias erróneas de que la enfermedad, el pecado y la muerte son reales. En el primero capítulo del Génesis leemos: "Vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (versículo 31).

Al orar aquel día, me mantuve firme en la verdad de que Dios es el bien y solo creó aquello que es bueno. Él no creó ninguna enfermedad con el nombre de chikungunya, ni con ningún otro nombre, para destruir al hombre. Dios tampoco hizo a ninguna criatura capaz de causar sufrimiento a alguien. Todas las ideas de Dios, entre ellas nosotros, Sus hijos, somos Su reflejo, espirituales, perfectos, útiles, puros e inocentes. Las ideas de Dios no están en guerra unas con otras, porque vivimos en Dios, en Su reino, en la armonía de la Mente divina.

En Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy escribe acerca de la identidad espiritual y eterna del hombre como reflejo de Dios. Ella dice: “Es imposible que el hombre pierda algo que es real, cuando Dios es todo y eternamente suyo” (pág. 302). Entonces pensé: “¿Qué es real respecto a la identidad del hombre?”. La identidad real incluye la salud y la alegría, el bienestar, la felicidad, la paz, la bondad, la honestidad y la justicia, todas las cualidades y atributos de Dios. Por ser el reflejo de Dios, somos uno con Dios, y lo que reflejamos de Él no se pierde ni por un instante.

Continué razonando sobre estas ideas, pero todavía me sentía mal. Por eso al día siguiente llamé a un practicista de la Ciencia Cristiana. Él me ayudó de inmediato, orando por mí, hablándome con amor y firmeza respecto al amor infinito de Dios por mí. Él también me habló sobre la omnipresencia de Dios y de que era imposible que yo estuviera separada de Dios o sufriendo por algo que Dios no había creado. Cuando la evidencia de la enfermedad parece tan real, tal vez nos preguntemos: “¿Acaso hay dos creadores del universo? ¿uno que crea el bien, y otro que crea el mal?” ¡No! Sólo existe un Dios, que crea únicamente el bien. En el libro de Isaías leemos: “Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí” (45:5).

El practicista me dijo que continuaría apoyándome con la oración. Aquella noche dormí mejor.

Por la mañana, fui a mi primer turno en el trabajo, pero todavía sentía dolores en todo el cuerpo. Me llevó más de una hora recorrer una distancia que acostumbro hacer en veinte minutos. Por la tarde, fui a mi segundo turno de trabajo, sintiéndome reconfortada al saber que el practicista continuaba orando por mí. La noche anterior, me había pedido que leyera y pensara en la respuesta a la pregunta: “¿Qué es el hombre?”, que se encuentra en la página 475 de Ciencia y Salud, y que comienza diciendo: “El hombre no es materia; no está constituido de cerebro, sangre, huesos y otros elementos materiales. Las Escrituras nos informan que el hombre está hecho a la imagen y semejanza de Dios”. Yo sabía que tenía que ser persistente y afirmar que eso es la verdad respecto a mí, y también respecto a todas las otras personas. 

En el trabajo, mis amigas estaban preocupadas por mi apariencia y mi gerente me pidió que fuese de inmediato a la sala de emergencias de un hospital. Pero yo combatía en silencio cada afirmación errónea de los sentidos materiales que alegaban que la enfermedad es una realidad, con las verdades que la Sra. Eddy nos dejó respecto al hombre. Percibí que no importaba cual era la creencia mortal respecto a mí o lo que los pensamientos de temor me decían. Dios era el único que sabía la verdad en cuanto a mí, porque Él mismo me había creado. El Salmo 139 dice: “Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien” (versículo 14).

Cuando llegué a casa, recordé que tenía un compromiso a la mañana siguiente y reconocí que podría cumplirlo. Sentía el apoyo de las oraciones del practicista de la Ciencia Cristiana.

A la mañana siguiente me desperté completamente libre de los dolores y de todos los síntomas que había tenido el día anterior. Esa experiencia me recordó el relato bíblico de los tres hombres que fueron arrojados en el horno de fuego ardiente, pero “…el fuego no había tenido poder alguno sobre sus cuerpos, ni aun el cabello de sus cabezas se había quemado; sus ropas estaban intactas, y ni siquiera olor de fuego tenían” (Daniel 3:27). Así como hicieron esos hombres, yo también confié en que Dios me liberaría, y fui recompensada por tener esa confianza.

Cumplí con mi compromiso maravillosamente bien. Estaba feliz y agradecida por esa curación rápida. Por la tarde, al llegar sonriendo al trabajo, todos me miraban sorprendidos y se preguntaban cómo era posible que estuviera tan bien. Mi gerente, que conoce la Ciencia Cristiana, me dijo: “Graça, un Científico Cristiano es como un caballo indomable. Ayer todos decían: '¿qué está pasando con Graça? Dios mío, ella está enferma'. Y hoy, dicen: '¡Ahora ella está perfecta!'"

Estoy muy agradecida a los practicistas que nos ayudan y, como un faro, están siempre listos para iluminar nuestro pensamiento, para que podamos ver que la bondad de Dios se está reflejando en todas partes. Estoy agradecida a mi maestro de Ciencia Cristiana por haber tenido la oportunidad de asistir a la Clase Primaria, en la cual aprendí a practicar la Ciencia Cristiana. También estoy agradecida a la Sra. Eddy por habernos dejado la “perla preciosa”, en su libro de texto, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, y todas las publicaciones de la Ciencia Cristiana. ¡Muchas gracias!

Graça de Maria Amorim dos Santos
Río de Janeiro, Brasil 

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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