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Original Web

La protección constante de Dios

Del número de marzo de 2018 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 1º de enero de 2018 como original para la Web.


Crecí en la Ciencia Cristiana, así que siempre supe que Dios responde nuestras oraciones. En años recientes, he aprendido que Dios sabe exactamente lo que necesitamos antes de que siquiera estemos conscientes de ello.

En la página 470 de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy escribe: “El hombre es la expresión del ser de Dios”. De manera que no somos mortales indefensos que necesitan suplicarle a Dios que los cuide. Por ser la expresión del ser de Dios, reflejamos a la Mente divina que todo lo sabe. Nunca estamos separados de Dios. La oración diaria nos ayuda a mantener estas verdades claramente en el pensamiento. Podemos tener la expectativa de estar siempre a salvo y conscientes de lo que sea que necesitemos saber. 

Hace varios años, una noche me sentí impulsada a orar. Pensé que era guiada a orar por la seguridad de mi hijo mayor que estaba de viaje. Iba manejando solo de noche con lluvia, tormentas eléctricas y posibles tornados. Oré por su seguridad. Sabía que era el hijo espiritual de Dios y que jamás podía estar separado de Él. Me llamó como a las 11:00 de la noche para decirme que había llegado a la casa de su abuela sin contratiempos. Le agradecí a Dios. Pero todavía sentía que algo más necesitaba de mis oraciones, aunque no sabía qué era.

Mary Baker Eddy afirma: “Los buenos pensamientos son una armadura impenetrable; revestidos con ellos estáis completamente protegidos contra los ataques de toda clase de error. Y no sólo vosotros estáis a salvo, sino que todos aquellos en quienes reposan vuestros pensamientos también son por ello beneficiados” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 210). Yo siempre incluyo a cada miembro de mi familia en mis oraciones. Así que empecé con mi hijo y mi hija menores (que viven cerca y por su cuenta), mi madre que vive en la esquina de mi casa, y mi esposo que estaba fuera de la ciudad. Sabía que cada uno de estos queridos miembros de mi familia eran uno con Dios, porque son Su amada idea espiritual, y ellos estaban seguros bajo Su cuidado. También extendí mis oraciones a nuestra comunidad y al mundo. No tenía ningún presentimiento o temor de que algo malo pudiera suceder, simplemente el pensamiento de que debía orar.

No me sentía cansada, así que empecé a realizar los quehaceres de la casa y continué declarando la verdad y cantando himnos. A eso de las dos de la madrugada, sonó el teléfono. Era mi hija llorando histéricamente. Me dijo que había tenido un accidente. Ella estaba bien, pero necesitaba que fuera de inmediato al lugar del accidente.

 Cuando llegué, supe por qué había sido guiada a orar. Una camioneta había chocado su auto del lado del conductor a noventa o noventa y cinco kilómetros por hora. El motor y todo el frente del auto habían desaparecido, pero la cabina no había sido tocada. Ella y su pasajero estaban bien. Agradecí a Dios. Verdaderamente sentí la omnipresencia del amor y el cuidado de Dios por nosotros, aquella noche.

Otra ocasión en que sentí tangiblemente el cuidado de Dios, fue cuando entré en el auto una tarde para ir a encontrarme con mi hija. Empecé a salir marcha atrás de mi casa, cuando me vino claramente este pensamiento como si alguien hubiera hablado: “Apaga la radio y ora”. Cuando llegué a la entrada de la subdivisión, me vino nuevamente el pensamiento de que orara, así que continué haciéndolo. Entré a la autopista de seis carriles, y después de manejar un par de cuadras, un perro muy grande saltó de una calle lateral directamente enfrente de mi auto.

Frené bruscamente y para mi tranquilidad vi que el perro aparecía del otro del auto ileso. Observé que el perro continuaba avanzando con determinación a través de varios carriles de tráfico. De pronto, la bocina del coche de atrás me sobresaltó y me hizo volver a la realidad. Al apretar el acelerador, me di cuenta de que me había detenido por completo a la hora pico, y nadie me había chocado a mí o a otro coche detrás de mí. El perro también estaba ileso y no había causado ningún accidente mientras corría a través de la autopista llena de autos. Sentí mucha humildad y gratitud por la protección que Dios nos había dado a todos los que estuvimos envueltos en la situación.

Tuve otra experiencia que nuevamente me demostró que Dios nos protege de cosas que tal vez no sabemos que debemos orar por ellas. Hace tres años, acababa de vender mi casa y de mudarme a la casa de mi hijo en otro estado. Tenía cajas por todas partes que debía desempacar y dos niños pequeños que cuidar. Pero cuando me levanté por la mañana, me vino el pensamiento: “Paga tus cuentas”.

Me pregunté por qué tendría que hacer eso en ese momento y me opuse a ese impulso, pero el pensamiento me seguía insistiendo en que pagara mis cuentas. Les di a los niños su desayuno, y luego busqué mi computadora y empecé a pagarlos. Continué refunfuñando conmigo misma por tener que hacer eso, ya que nunca antes había pagado mis cuentas antes del desayuno, y el vencimiento de las mismas no era sino hasta dos semanas después.

Terminé y antes de apagar la computadora miré el saldo, que incluía el dinero de la venta de mi casa, y me di cuenta de que mi saldo era considerablemente menor de lo que debía ser. Aquella misma mañana habían sacado dinero sin mi permiso. Sabía que Dios me había mostrado el problema.

Puse la situación en manos de Dios y humildemente le pregunté qué debía hacer. Fui guiada a llamar a cierta persona, y en el curso de las siguientes dos horas pude hablar con aquellos que podían resolver el problema. El dinero estuvo nuevamente en mi cuenta en dos días. Presenté un informe a la policía y el banco se encargó de todo, de manera que no me costó nada.

Jamás estamos separados de Dios. Es tan reconfortante saber que Dios está siempre presente cuidando de nosotros. Estoy sinceramente agradecida por la Ciencia Cristiana y por las maravillosas verdades que enseña.

Phyllis Schulze Valentine
St. Louis, Misuri, EE.UU.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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