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Original Web

El refugio de la ley divina

Del número de febrero de 2018 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 18 de diciembre de 2017 como original para la Web.


¿Te has sentido alguna vez ansioso por el clima o alguna otra situación aparentemente fuera de control? Podemos sentirnos reconfortados al saber que siempre estamos bajo la protección de Dios. En el libro de los Hechos en la Biblia, leemos que San Pablo sobrevivió naufragios y muchas otras dificultades, incluso la mordedura de una serpiente venenosa. Siento que las numerosas pruebas de la presencia y el poder de Dios son profundamente inspiradoras.

Por ejemplo, antes de navegar a Italia, Pablo oró para ser guiado. Entonces advirtió con urgencia al dueño del barco y a Julio, el centurión, que la travesía sería desastrosa si no retrasaban el viaje. Pero el barco zarpó de todos modos, en dirección a una violenta tormenta. Sin embargo, el valor y la confianza que tenía Pablo en Dios era invencible. Enfrentaron tempestades durante dos semanas. Y después de orar intensamente, Pablo los alentó a todos, diciéndoles que un ángel de Dios, un mensaje divino, le había dicho que el barco se perdería, pero que los 276 hombres a bordo —prisioneros, tripulación y soldados— estarían a salvo. A partir de ese momento, Julio y los otros prestaron atención a las órdenes de Pablo y sobrevivieron el naufragio (véase Hechos 27).

Podríamos preguntarnos: “¿Qué era lo que Pablo sabía con tanta certeza? ¿Acaso esa misma guía divina y amorosa protección están a nuestro alcance hoy en día?”

Pablo sabía que las enseñanzas de Cristo Jesús provenían de este pensamiento radical: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). El hombre, la semejanza de Dios, no puede estar separado de Dios, y únicamente las leyes de Dios gobiernan al hombre y al universo. A medida que aprendemos más acerca de la totalidad de Dios y que nosotros en realidad “vivimos, y nos movemos, y somos” en Dios (Hechos 17:28), no en la materia, desechamos la creencia de que las leyes o condiciones materiales (incluso el clima) puedan limitarnos, restringirnos o dañarnos de alguna forma.

Pablo reconocía la ley divina de la unidad del hombre con Dios: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?... Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:35, 37).

El hombre jamás está separado de Dios, nunca está fuera del alcance del Amor, nunca lejos del cuidado del Amor. No importa lo que parezca estar ocurriendo a nuestro alrededor, podemos tener la seguridad de que Dios nos sostiene con firmeza bajo Su cuidado. Comprender la unidad del hombre con Dios puede liberarnos de los problemas presentes y de los recuerdos penosos.

Ser “más que vencedores” significa que esencialmente no somos tocados ni impresionados por el error y sus falsas pretensiones. De manera que una situación pasada no puede arruinar el presente porque nuestra identidad espiritual jamás estuvo sujeta a un trauma o drama de ningún tipo. Allí mismo donde el error sugiere que hay una discordancia, estamos a salvo en el abrazo del Amor, rodeados por el escudo del Amor divino.

Nos transformamos “más que en vencedores” a medida que aceptamos nuestra unidad presente con Dios y rechazamos la tentación de sentirnos atrapados por la discordia o el peligro, porque el hombre nunca estuvo y nunca estará fuera de la seguridad de la presencia del Amor. Podemos sentir que el amor de Dios nos rodea de tal forma, que ni las cicatrices mentales o físicas, ni los temores o pesadillas, pueden tener lugar en nuestro pensamiento y experiencia.

Pablo conocía por experiencia el poder protector y liberador de la ley de Dios. Escribió: “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:2). La ley más elevada de Dios, el Espíritu, nos libera de todas las llamadas leyes materiales o creencias en la causa y el efecto materiales, incluido el temor.

Nada ni nadie puede estar fuera del orden, la armonía y la seguridad imperecederas del cuidado perpetuo de Dios.

Esta ley divina está siempre en operación. Esta ley naturalmente se aplica a todos, cualquiera sea la circunstancia, raza, género o edad. Esta ley no hace distinciones entre creyentes y no creyentes. Todos pertenecemos a Dios por ser Su reflejo espiritual y puro. La ley divina de unidad con Dios opera sin parcialidad y tiernamente nos gobierna y nos abraza a todos. Y a medida que, con humildad y obediencia, escuchamos atentamente la dirección y la guía divinas, nuestros pasos son guiados infaliblemente.

Cuando se produjo el terremoto de Sylmar-San Fernando en el área Metropolitana de Los Ángeles, yo estaba viviendo en Asher House-UCLA (residencia estudiantil para jóvenes Científicos Cristianos adultos). Mi cama se tambaleaba, se me saltaron los ojos de las órbitas, y pensé: “¡Es un terremoto!”.

De inmediato busqué la Biblia que guardo junto a mi cama, y la abrí en el Salmo 91. En medio de la conmoción de mis compañeras de cuarto y de la casa, leí en voz alta confiando totalmente en que Dios, el Amor divino, estaba presente y manteniéndonos a todos seguros. Los gritos y alaridos se detuvieron, y los temblores cesaron. Estuvimos todos a salvo.

Más tarde me enteré de que mis compañeras de cuarto estuvieron agradecidas por que alguien había declarado con firmeza la omnipotencia y omnipresencia de Dios en voz alta. Las ayudó a centrar su pensamiento y a orar también.

Más tarde ese día, yo estaba en el campo de la universidad en un aula en voladizo en el segundo piso, cuando hubo algunas réplicas del terremoto. El edificio osciló y los estudiantes estaban muy atemorizados. Pero nuestro profesor, un erudito de literatura bíblica y Científico Cristiano, nos tranquilizó con mucha calma con estas palabras: “¡No tengan miedo! ‘El eterno Dios es tu refugio, y acá abajo los brazos eternos’” (Deuteronomio 33:27).

Continuó citando del Himnario de la Ciencia Cristiana: “Brazos del eterno Amor / guardan a Su creación” (John R. Macduff, N° 53). La profunda convicción de sus palabras, fortalecieron y reconfortaron a toda la clase. Las réplicas se detuvieron, y estuvimos a salvo. Esta experiencia es un recuerdo que valoro mucho.

Mi comprensión del cuidado protector y omnipresente que Dios brinda a cada uno de Sus queridos hijos se ha ido profundizando con el correr de los años. La constancia del cuidado del Amor divino se armoniza con la perfección y precisión de la guía de la Mente perfecta. La humilde disposición de apoyarse en Dios puede traer solo bendiciones porque solo la Mente omnisapiente —no el razonamiento humano o el consejo bien intencionado— lo sabe todo y, por lo tanto, gobierna todo armoniosamente.

Un ejemplo de esto ocurrió hace varios años cuando vivía en Florida. Tormentas y huracanes tropicales azotaron Tallahassee. Hacía poco que me había mudado allí, y me resultaba desconcertante ver cómo el viento azotaba y agitaba los árboles cerca de mi casa. Pero cuando me volví de todo corazón a Dios en oración, recordé que nuestro Maestro, Cristo Jesús, había reprendido el viento y las olas, restaurando la calma y la normalidad (véase Mateo 8:26).

Afirmé que donde la ferocidad y la violencia parecían dominar, el tierno poder del Amor divino ya estaba allí, manteniéndonos a salvo. Nada ni nadie podía estar fuera del orden, la armonía y la seguridad imperecederas del cuidado perpetuo de Dios.

Cuando me preparaba para mudarme a mi nuevo hogar, justo comenzaba la época de huracanes. Fue entonces que los vendedores cambiaron sus planes y se fueron de la casa antes de lo esperado. Yo me preguntaba si debía permanecer donde estaba hasta que terminara mi alquiler, o mudarme antes de lo planeado, así que oré en busca de guía.

La respuesta me vino muy pronto como un mensaje angelical: ¡Múdate! Le notifiqué a mi arrendadora del cambio de planes, y ella muy amablemente me alentó a hacerlo, diciendo que esto le daría tiempo para hacer algunas reparaciones antes de que se mudaran los nuevos inquilinos.

Tengo que admitir que esto no era lo que yo esperaba. No obstante, el discernimiento espiritual que me da la oración me ayudó a ver claramente que el paso correcto en este caso era mudarme de inmediato, y no quedarme donde estaba.

Dejé de lado el impulso de apoyarme en la voluntad y planes humanos, y resolví permitir que Dios dirigiera mis pasos con sabiduría, amor e inteligencia. Todo ocurrió con mucha armonía, y muy pronto estaba instalada en mi nueva casa antes de lo planeado.

Pocos días después, mi antigua arrendadora me llamó para decirme que un árbol grande había caído sobre la propiedad que tenía para alquilar, y ella estaba agradecida por que la casa estuviera vacía. Su seguro cubrió los daños, y como el inmueble estaba vacío, nadie había estado en peligro. Me sentí muy agradecida por haber escuchado el mensaje angelical de mudarme antes, y me sentí maravillada al ver el completo cuidado que el Amor divino nos brinda a cada uno de nosotros.

El hombre es por siempre uno con el Amor divino, Dios, y está eternamente bajo la protección de la ley divina por siempre en operación. Todos podemos experimentar esto dondequiera que nos encontremos.

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Mary Sands Lee, Christian Science Sentinel, 7 de julio de 1956

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