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La curación espiritual no depende del poder personal

Del número de abril de 2017 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Original en francés

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Crecí en un hogar donde se practicaba la Ciencia Cristiana. La Ciencia Cristiana ha estado en mi familia desde 1911. Mi bisabuela pudo dar a luz a un niño hermoso sin ninguna dificultad, gracias al tratamiento dado por un practicista de la Ciencia Cristiana, mientras que un médico le había dicho a mi bisabuelo que nada podía hacerse para salvar la vida de su esposa o su bebé.

Durante mi infancia, fui testigo de muchas curaciones. Algunas de ellas fueron instantáneas, mientras que en otros casos, mis padres llamaban a un practicista de la Ciencia Cristiana para que nos ayudara por medio de la oración. Yo estaba muy impresionada en aquel entonces por la inquebrantable confianza en el poder curativo de la Ciencia divina expresada por esta practicista, así como por la autoridad que ella mostraba. De niña llegué a la conclusión de que esta mujer en sí misma estaba produciendo las curaciones que nunca fallaban cuando la llamábamos.

Sin embargo, después de que me fui de casa como una joven adulta, la pregunta sobre quién era el sanador real permaneció sin una respuesta clara durante mucho tiempo.

Jesús apeló a una completa abnegación y un poder curativo que tenemos como el reflejo de Dios.

En mi travesía espiritual, mientras anhelaba comprender mejor a Dios, me sorprendió lo que leí en las biografías de Mary Baker Eddy, la mujer que descubrió y fundó la Ciencia Cristiana. Estas biografías mencionan muchas curaciones que ella logró por sí misma, así como curaciones realizadas por sus estudiantes. Una gran cantidad de estas personas, tan pronto como habían sido enseñadas por Mary Baker Eddy, fueron a establecerse en grandes ciudades, donde alquilaron oficinas para recibir a los pacientes. Su maestra ciertamente alentó estas iniciativas.

Tracé un paralelo entre estas personas y lo que leemos en la Biblia acerca de los apóstoles: “Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades. Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos.... Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio y sanando por todas partes” (Lucas 9:1, 2, 6). Y eso es exactamente lo que hicieron estos estudiantes.

Leyendo todos estos maravillosos relatos, ya sea en la Biblia o en las biografías de Mary Baker Eddy, pensé: “¡Realmente tenían una confianza inquebrantable!” ¿Pero en qué confiar o en quién exactamente? ¿Confiaban en sí mismos? ¿Confiaban en Dios? ¿O eran teósofos que creían que el poder divino está en el hombre y que, por lo tanto, el hombre puede hacer milagros? Cuando Pedro dijo: “Tabita, levántate” (Hechos 9:40), ¿creía que estaba dotado de algún poder personal que pudiera resucitar a los muertos?

Cristo Jesús dijo de sí mismo: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:19). Y un poco más adelante en el mismo capítulo: “No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre” (versículo 30). Por tanto, Jesús no afirmó que tenía un poder personal o sobrenatural, distinto del poder de Dios. Él apeló más bien a una completa abnegación y un poder curativo que tenemos como el reflejo de Dios.

Y en su trabajo principal, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy explicó que la Ciencia Cristiana “descansa sobre la concepción de que Dios es la única Vida, sustancia e inteligencia, y excluye la mente humana como factor espiritual en la obra sanadora” (pág. 185).

Esto tuvo un sentido perfecto para mí porque, con el paso del tiempo, comprendí que en la consciencia humana, o en la mente humana, hay muchos elementos negativos —como la duda en uno mismo, el temor que hace que uno se sienta impotente en algunos casos, el egoísmo, la codicia, o la voluntad humana— que evitarían que la curación suceda.

En este sentido, Mary Baker Eddy escribió en Ciencia y Salud: “La fuerza de voluntad humana no es Ciencia. La voluntad humana pertenece a los así llamados sentidos materiales, y su uso ha de ser condenado. Emplear la voluntad para sanar a los enfermos no es la práctica metafísica de la Ciencia Cristiana, sino que es puro magnetismo animal. La fuerza de voluntad humana puede infringir los derechos del hombre. Produce el mal continuamente, y no es un factor en el realismo del ser. La Verdad, y no la voluntad corporal, es el poder divino que dice a la enfermedad: ‘Calla, enmudece’ ” (pág. 144).

Como consecuencia, acepté la idea de que debemos mantener el ego humano fuera del camino en el proceso de sanación y dejar que Dios, la Mente divina, el bien infinito, la Verdad siempre presente y el Amor, hagan el trabajo a través de nosotros.

Fortificada por esta consciencia, regresé a casa un día, después de haber estado fuera una semana ya que había estado trabajando como enfermera de la Ciencia Cristiana en un centro de enfermería ubicado en un país diferente, y nuestro hijo mayor, que ya no vivía con nosotros, estaba allí, obviamente esperando mi regreso. Tan pronto como lo vi, quedé impactada por los alarmantes signos con respecto a su salud. Le dolía mucho la espalda, y no podía caminar, pararse, sentarse o acostarse sin sufrir. Sus amigos le habían aconsejado que fuera a una sala de emergencias, pero como había sido criado en la Ciencia Cristiana y era testigo de su eficacia, no quería ir al hospital, ni ver a un médico. Más bien, él quería confiar en el poder curativo de la Ciencia Cristiana.

Comencé a orar, y el primer pensamiento que vino a mi mente fue: “¡No, esto no es posible! Dios nunca podría permitir que uno de Sus hijos sufriera”. Entonces pensé en lo que acababa de entender, y hablé directamente con Dios: “Yo sola no puedo hacer nada. Confiaré en Ti, Padre. Él es Tu hijo. Cuídalo”. No le dije nada a mi hijo. Entonces, lo oí subir las escaleras como de costumbre, y finalmente salió de la casa. No pensé más en el incidente. A la mañana siguiente, vi que mi hijo me había enviado un mensaje de texto para decirme que estaba perfectamente bien. Esta hermosa curación instantánea me ha demostrado verdaderamente que sólo Dios sana. Tengo la prueba de que uno puede “descargar”. Lo que quiero decir con esto es que podemos dejar de lado el ego personal con su agudo sentido de responsabilidad, sus dudas y temores, para apoyarnos completamente en nuestro Padre-Madre Dios. Podemos dejar de creer en un poder curativo personal y saber sin duda, que Dios, el Amor omnipresente, nos cuida a cada uno de nosotros tiernamente, ahora y por la eternidad.

Original en francés

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En 1903, Mary Baker Eddy estableció El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Su propósito: “Proclamar la actividad y disponibilidad universales de la Verdad”. La definición que da el diccionario de “heraldo” como un “precursor, un mensajero que es enviado para anunciar que lo que ha de venir se acerca”, da un significado especial al nombre “Heraldo” y señala además nuestra obligación, la obligación de cada uno de nosotros, de ver que nuestros Heraldos sean dignos de la confianza depositada en ellos, confianza que es inseparable del Cristo y que fue anunciada primero por Jesús (Marcos 16:15): “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”.

Mary Sands Lee, Christian Science Sentinel, 7 de julio de 1956

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