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Original Web

Encontremos nuestro hogar en Dios

Del número de marzo de 2018 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 18 de enero de 2018 como original para la Web.


Si bien muchos asocian naturalmente el hogar con una estructura o lugar físico, es mucho más que eso. Idealmente, es donde nos sentimos seguros, donde sabemos que nos importa el bienestar de las personas con las que estamos y que a ellas les importa el nuestro, donde somos alimentados, encontramos descanso, donde nos sentimos… amados. Esas cualidades, esa sensación de sentirnos en casa, depende menos de las circunstancias humanas de lo que generalmente pensamos. Se trata más bien de saber que habitamos “en la casa del Señor… para siempre”, como lo describe el Salmo 23 (La Biblia, Nueva Versión Internacional).

Este sentido de hogar adquiere una mayor dimensión cuando consideramos que Dios es Amor, como la Biblia explica que es. Mary Baker Eddy, la fundadora de la Ciencia Cristiana y del diario The Christian Science Monitor, interpreta este salmo de la siguiente manera: “en la casa [la consciencia] del [AMOR] moraré por largos días”. (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 578).

Este sentido espiritual de hogar es seguro y eterno, y, como señala otro salmo, está presente para consolarnos y sostenernos aun frente a un aparente peligro. “Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar; aunque rujan y se encrespen sus aguas, y ante su furia retiemblen los montes… Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios” (Salmos 46:1-3, 10, NVI).

Un Dios amoroso no nos mandaría a ser o a hacer algo que somos incapaces de ser o hacer. Así que este mandato de estar quietos incluye la promesa de que Dios nos ha dado dominio para acallar los pensamientos de temor, ansiedad, escasez y así sucesivamente, y recurrir a Dios, el Amor. Nos ha dado dominio para estar conscientes de Su presencia y poder. Para sentirnos reconfortados, alimentados y a salvo. Cuando oímos de personas a las que un huracán, la violencia o una tragedia personal, les ha destruido todo lo que las rodeaba, podemos orar para comprender y ayudarlas a comprender que el hogar eterno del amor de Dios, está presente incluso ahora, manifestándose como el amor de Dios.

Este es nuestro derecho como hijos e hijas de Dios. Este es nuestro lugar en el reino del Amor. Cuando con firmeza mantenemos este hecho presente, sentimos ese refugio prometido cada vez más. La Sra. Eddy, al citar este salmo, escribe: “Paso a paso, aquellos que en Él confían hallarán que ‘Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones’” (Ciencia y Salud, pág. 444).

A menudo, esos pasos se aligeran cuando nosotros mismos expresamos amor y buscamos formas de ayudar y sanar a otros. Cristo Jesús, por ejemplo, no tenía casa propia, pero ciertamente manifestaba las cualidades de hogar —consuelo, paz, la consciencia del amor, y otras semejantes— al sanar a las multitudes.

Un himno de Rosemary Cobham en el Himnario de la Ciencia Cristiana: Himnos 430-603, lo dice de esta forma: “A responder a la necesidad de nuestro prójimo vamos, / Y nuestro hogar en cada lugar encontramos” (N° 443).

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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