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Original Web

Somos herederos de una rica herencia

Del número de noviembre de 2019 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 2 de septiembre de 2019 como original para la Web.


Una vez que mi padre y mi abuela materna fallecieron, mi madre me comentó su preocupación debido a las herencias y los problemas que ella había visto que las mismas causan en muchas familias, y lo dispendioso de los juicios de sucesión. Por lo cual, le pedí a una abogada civilista que conocía que se hiciera cargo del juicio de sucesión. Como resultado, las posesiones de mi familia, incluida la casa donde vivía mi madre y otra casa pequeña, fueron registradas legalmente a su nombre.

Yo tengo un hermano y siete hermanas. Tiempo después, una hermana me llamó y me dijo que firmara un documento autorizando que mi parte de la herencia fuera para nuestra hermana menor. Me dijo que el deseo de nuestra madre era que todo lo que ella poseía le quedara a esta hermana, y que esperaba que cada uno de los otros hijos estuviera dispuesto a ceder su parte. Nuestra hermana menor y otra hermana eran solteras y vivían con mi mamá, pero la más joven tenía más tiempo para cuidar de ella. Mi madre aparentemente sentía que esta era una forma de pagarle por todo lo que había estado haciendo.

Al escuchar esta noticia, admito que sentí tristeza al pensar en perder mi herencia, incluso el hogar de mi niñez que para mí guardaba tantos hermosos recuerdos. En esos momentos, yo estaba pasando por dificultades económicas al criar sola a mis niños pequeños, y pensé en cuánto nos ayudaría la parte del dinero que esa herencia pudiera darnos.  

Después de guardar silencio por unos segundos en el teléfono, mientras contemplaba el pedido de mi hermana, le dije que oraría a Dios por ello y al día siguiente la llamaría. En busca de comprensión divina e inspiración espiritual, tomé la Biblia y leí estas palabras del apóstol Pablo: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:16, 17). Aunque había leído este pasaje muchas veces antes, de inmediato elevó mi pensamiento por encima de toda sensación de pérdida al recordarme que todos somos herederos de Dios y que la herencia de nuestro Padre-Madre es espiritual, no material. El bien espiritual que Dios nos da, y que nos sustenta, es la verdadera sustancia y está siempre a nuestra disposición. Jamás puede terminar o perderse y nadie nos la puede quitar. En los días que siguieron, compartí con dos o tres de mis hermanos la idea de que “todo lo bueno que teníamos ayer lo tenemos hoy ​y por siempre”.

Al orar, reconocí que el Espíritu divino, Dios, es la fuente de nuestra felicidad y seguridad, y que estas son parte de la rica herencia que tenemos de Dios, la cual es permanente e invariable. Ellas no dependen de que estemos en cierto lugar, o tengamos una casa o cierta cantidad de dinero, sino de que estemos conscientes de los infinitos recursos con los cuales nos ha bendecido Dios. Solo permitía que estos pensamientos de Dios, la Mente divina, llenaran mi consciencia, y reconocía que estaban apoyando y guiando a toda nuestra familia. Y con estos alentadores pensamientos espirituales me sentí plenamente satisfecha.

Al día siguiente me comuniqué con mi hermana y le dije que firmaría el documento, y así lo hice. 

Más tarde esa semana, me enteré de que mis hermanos también lo habían firmado. Aunque el deseo de mi madre había inicialmente amenazado con dividir la familia, muy pronto todos llegamos a la misma decisión. Hasta el día de hoy, permanecemos unidos y hay un fuerte lazo de afecto y respeto entre nosotros. Y en los veinte años desde este suceso, el Amor divino ha continuado satisfaciendo cada necesidad de mi familia. De hecho, mis dos hermanas continúan cuidando muy bien de mi mamá.

Experiencias como esta me han enseñado que en la medida en que comprendemos nuestro origen espiritual, o identidad, somos capaces de “tomar posesión” de nuestra rica herencia de Dios y demostrar que el Espíritu divino, no la materia, es la verdadera fuente de provisión.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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