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La Vida: el continuo ciclo del bien

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 14 de junio de 2021


Al parecer, vivimos en un mundo de ciclos: ciclos de nacimiento y muerte, de buena y mala salud, de expansión y recesión económica, de prosperidad y escasez, de paz e inestabilidad política y social. Los recientes conflictos en el Medio Oriente y el ciclo aparentemente interminable de destrucción y reconstrucción en la Franja de Gaza, ofrecen un perturbador ejemplo de cómo se desarrollan a veces estos ciclos en el escenario mundial.

Aunque las tensiones en la región van en aumento, aquí en Argentina, y en gran parte del mundo, la gente no ve el momento de regresar a su rutina “normal”, después de más de un año de trastornos debidos a las cuarentenas ordenadas por el gobierno, y al aislamiento social como una medida para resolver el problema de la pandemia del COVID.

Sin embargo, continúa habiendo una atmósfera de incertidumbre acerca del futuro, incluso desesperación, ya que algunos países continúan lidiando con los continuos efectos de la pandemia. Muchos se preguntan: ¿qué podemos esperar del mañana?

 Al orar respecto a este tema, encontré en los escritos de Mary Baker Eddy, la Descubridora de la Ciencia Cristiana, una idea que continúa ayudándome a ver la situación desde una perspectiva espiritual liberadora: “El ciclo del bien borra el epiciclo del mal” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 270). Esta es una declaración tan reconfortante de la verdad espiritual, que contrarresta con eficacia la creencia en la inevitabilidad de la fluctuación entre el bien y el mal. La Ciencia Cristiana explica que realmente no nos gobierna sino una sola ley: la ley de armonía de Dios, la cual destruye la creencia en la existencia de un epiciclo de mal o desarmonía.

Quizás te preguntes, ¿Qué es un epiciclo? Esencialmente, es un círculo cuyo centro se mueve a lo largo de la circunferencia de otro círculo más grande. Los antiguos astrónomos creían que la Tierra era el centro del universo y que otros planetas giraban a su alrededor. Usaban el concepto del epiciclo para explicar lo que se creía que eran ajustes temporales de las órbitas planetarias, incluso el hecho de que algunos planetas parecían a veces cambiar de dirección y moverse hacia atrás. No obstante, el progreso científico trajo nuevos conocimientos acerca del movimiento de los planetas, inclusive la comprensión de que todos ellos, incluida la Tierra, se mueven en la misma dirección en órbitas individuales alrededor del sol; entonces se comprobó que el modelo del epiciclo era falso y se abandonó.

Siglos más tarde, el descubrimiento de la Ciencia Cristiana que hizo la Sra. Eddy, después de su profundo estudio de la Biblia, reveló verdades espirituales aún más relevantes: Dios no asume una forma física y no actúa con parcialidad, a veces enviando el bien y otras el mal. En cambio, Dios es el Amor divino, la única Mente creadora del universo, el bien divino mismo que llena todo el espacio. Esta Mente es la fuente de una creación espiritual totalmente buena que es sempiterna y estable. Y esta creación no está gobernada por ciclos de tiempo, sino que existe en la eternidad, y expresa la continua y armoniosa actividad de la Vida divina, la cual no incluye ciclos viciosos, ni deterioro. El libro de Eclesiastés dice: “He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá” (3:14).

La forma en que la Sra. Eddy expresa esta idea en sus escritos, al usar frases tales como “…los ciclos infinitos de la existencia eterna…”, “…los ciclos de la luz divina” y “…el ciclo rítmico de una felicidad creciente…” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, págs. 319 y 135; Escritos Misceláneos 1883–1896, pág. 83) dan una idea de la naturaleza ininterrumpida del bien de Dios.

En la vida de Cristo Jesús encontramos muchas pruebas de que el bien tiene su fuente en Dios, el Amor inagotable; y que la salud tiene su origen en Dios, la Vida eterna. Entonces, el bien y la salud no son frágiles o escasos, sino permanentes. No se interrumpen por la enfermedad, la desunión o la escasez, porque no dependen de ciclos materiales. Los Evangelios cuentan las numerosas instancias en las que Jesús —quien expresaba tan plenamente el Cristo, el poder y el amor de Dios para sanar y salvar— probó esto; por ejemplo, al alimentar a grandes multitudes con unos pocos panes y peces, obtener dinero de la boca de un pez para pagar sus impuestos, y sanar constantemente a aquellos que le pedían ayuda. 

Al desechar una visión materialista de las cosas, él veía el universo desde la perspectiva de la realidad espiritual, donde no hay variaciones ni ciclos de bien y mal, sino únicamente salud y armonía invariables, aquí, ahora, siempre. Ilustrando esta idea, Jesús les dijo a sus discípulos: “¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega” (Juan 4:35).

Orar con persistencia para mantener esta elevación espiritual del pensamiento ha ayudado a mi familia en muchos momentos de inestabilidad económica en mi país. Nuestras oraciones nunca piden al Amor divino cosas materiales, sino iluminación; la inspiración espiritual que revela soluciones prácticas que responden a la necesidad humana. Paso a paso, nuestra comprensión de la permanencia de la bondad de Dios ha estado aumentando, y esto nos ha dado una base espiritual sólida que nos permite vivir con estabilidad y con la expectativa solo de lo bueno. Dejamos de preguntarnos por lo que vendrá y de analizar las posibilidades desde el punto de vista de las proyecciones o pronósticos económicos o políticos. Al volvernos de corazón al Amor divino en busca de dirección, al recurrir a la ley de armonía del Amor para que gobierne nuestros pensamientos y nuestros asuntos, hemos sido testigos de cómo el aparente epiciclo de recesión, inestabilidad y desempleo ha sido borrado de nuestra experiencia, y todas nuestras necesidades han sido satisfechas.

 No importa cuáles sean nuestras circunstancias actuales, o qué predicciones se hagan acerca de nuestras vidas, todos tenemos la capacidad que Dios nos ha dado de saber que vivimos en el ciclo ininterrumpido del bien infinito, ahora y por siempre. La ley de armonía del Amor divino, la cual mantiene este ciclo del bien, gobierna todos los aspectos de nuestra experiencia. Es más, esta ley de armonía es suprema en nuestra vida, superior a todas las creencias materiales de que el bien y el mal son cíclicos. Podemos contar con que esta ley de armonía se manifieste en nuestras vidas en mejor salud, en relaciones armoniosas, en una abundancia de ideas y creatividad.

 Comprender que el ciclo del bien es natural y es la ley en todos nuestros asuntos elimina de nuestra consciencia y de nuestra experiencia el “epiciclo del mal”, el cual no tiene ninguna relación con el universo creado por Dios ni lugar en él. En vez de preguntarnos qué traerá el mañana, podemos saber que estaremos en paz, porque lo único que puede estar sucediendo en nuestra experiencia, ahora y por siempre, es el desarrollo del bien infinito.

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— Mary Baker Eddy, La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea pág. 353

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