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Debía descubrir mi valía

Del número de mayo de 2017 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Publicado originalmente en línea en la columna para jóvenes: “Your Healings” [Tus curaciones] — 16 de septiembre de 2016.


De niña, nunca quería dar mi opinión o llamar mucho la atención. Mejoré un poco respecto a esa falta de confianza en mí misma cuando empecé a asistir a un campamento para Científicos Cristianos todos los veranos, y aprendí a identificarme espiritualmente: que soy buena y valiosa, como Dios me creó. Sin embargo, cuando estaba por terminar mi carrera universitaria, toda esa sugestión de que no era lo suficientemente buena volvió a manifestarse.

Lo curioso era que durante esa época yo estaba orando por muchas otras cosas, como situaciones que estaban ocurriendo en mi comunidad y en el mundo. Todo eso me parecía mucho más importante que mis propios asuntos, así que dejé de pensar en mí misma. Fue entonces que empecé a tener una serie de problemas físicos, entre ellos, perdí la voz y tenía dificultades en un ojo. Sabía que algo tenía que cambiar. Pero ¿qué?

Días después, hubo una charla metafísica sobre la mujer en mi universidad. La profesora que dio la charla relató historias sobre llegar a ser un adulto, las luchas que había enfrentado, y cómo se había apoyado en la oración para lidiar eficazmente con los desafíos. Una de las cosas que más me impactaron de esa charla fue que ella oraba por sí misma todos los días. Cuando se ponía a orar, utilizaba los primeros 15 minutos para verse a sí misma claramente como Dios la había hecho. Admitió que al principio cuando comenzó a orar por sí misma todos los días, esos 15 minutos le parecían muy largos. Pero a medida que sus oraciones se volvieron más fáciles, los 15 minutos transcurrían muy rápido.

Después de esta charla, me sentí tan inspirada y entusiasmada con esta nueva forma de pensar, que empecé a orar por mí misma todos los días. Y ese pequeño problema que tenía en el ojo desapareció en dos días, así como también la laringitis.

También me sentí inspirada a llamar a un practicista de la Ciencia Cristiana, que había orado por mí a menudo en el pasado. Quería compartir con él algunas de estas nuevas vislumbres espirituales que había tenido. Mientras estábamos en el teléfono, hablamos sobre esa sensación de falta de valía y confianza.

Me contó una historia muy interesante sobre Mary Baker Eddy, que fundó la Ciencia Cristiana. Aparentemente, le dijo a varios de sus estudiantes que la diferencia que había entre ella y sus estudiantes era que cuando el error, o los pensamientos que sugieren que estamos desconectados de Dios o que somos otra cosa que los hijos de Dios, tocaban a la puerta de su pensamiento, ella no se fijaba para ver quién era, ella sabía qué era y qué quería, así que ni siquiera se molestaba en abrir esa puerta mental. Por el contrario, sus estudiantes a veces abrían un poco la puerta para mirar al error y luego trataban de cerrarle la puerta (véase We Knew Mary Baker Eddy, Expanded Edition, Volume I, págs. 181–182).

Me di cuenta de que yo había hecho eso muchas veces. Por ejemplo, como que acostumbraba guardar los pensamientos que argumentaban que yo no tenía mucha confianza, y luego trataba de orar para que ellos se fueran. La Sra. Eddy era muy eficiente. Ella impedía la entrada a esas sugestiones erradas antes de que pudieran arraigarse. Y lo hacía comprendiendo la naturaleza de Dios, y la naturaleza —íntegra, espiritual y perfecta— de Su creación.

El practicista también compartió conmigo otra idea que fue sumamente útil. Quizás conozcas esta frase: “¿Qué harías si supieras que no puedes fracasar?”. Bueno, me dijo que había invertido ese pensamiento y pensaba en ello de la siguiente forma: “¿Qué harías si supieras que te aman por completo?”.

Esa idea me convenció. ¿Te imaginas? ¿Qué haría yo si supiera que me aman por completo? No sentiría que soy un estorbo, que no me cuidan, que no soy inteligente. Por ser la hija totalmente amada de Dios, yo podía ser yo misma, lo que Dios quería que fuera, en todo sentido, y saber cuánto valía, y que Dios me había dado esa valía por completo.

Oré con estas ideas para percibir más claramente que el Amor siempre se había expresado, abarcando a todos; que Dios me había amado siempre y yo era capaz de sentir ese amor. A medida que lo hacía, tuve la vislumbre de que yo era realmente una idea infinita de Dios, completamente amada y sumamente valiosa.

Esta curación no se produjo fácilmente, pero me demostró que la Ciencia Cristiana realmente se aplica a todo con lo que podamos luchar, y que el hecho de saber que Dios nos ama plenamente es poderoso, y sana.

Publicado originalmente en línea en la columna para jóvenes: “Your Healings” [Tus curaciones] — 16 de septiembre de 2016.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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