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Miremos al mundo y encontremos un interés en común

Del número de enero de 1991 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Las diferencias entre los países desarrollados y los que están en vías de desarrollo, pueden describirse de muchas maneras. En términos económicos, se cita muy a menudo el producto nacional bruto. Las determinantes para conseguir empleo y las necesidades de la educación, las industrias y los alimentos ofrecen francos contrastes entre un país y otro. Los observadores han tomado nota de las disparidades existentes entre el hemisferio norte y el hemisferio sur. Pero hay un interés común, un ámbito metafísico el cual, de acuerdo con lo que están empezando a ver los pensadores, es compartido por todos los ciudadanos de cada nación. El artículo examina esta situación global desde la perspectiva de alguien que ha hallado un punto de vista espiritual desde el cual analiza los desafíos fundamentales que enfrenta el desarrollo.

Quien Haya Percibido algunas de las grandes exigencias que deben enfrentar tantos países para su desarrollo, probablemente habrá también estimado la necesidad que existe de tener una perspectiva que comparta toda la humanidad.

Si bien el desarrollo requiere metas específicas en lo económico, en lo educacional y en lo social, hablar de desarrollo es hablar, fundamentalmente, de una revolución mental y espiritual. Las ideas que elevan a la humanidad son aquellas que tienen el poder de transformar el pensamiento humano, desplazando los mitos y las costumbres obsoletas. Esta transformación debe elevar la condición humana a niveles más altos de justicia y libertad.

Estamos empezando a ver con mayor claridad que el desarrollo llega a través de cambios. Pero muchos de estos cambios se producen con rapidez, casi con demasiada rapidez, ya que a algunas sociedades se les requiere cambiar de la noche a la mañana en sus lineamientos más profundos. Y aunque tal vez todos quisiéramos disponer de más tiempo para ajustarnos a los cambios, la idea misma de progreso está impulsando a la gente de todas partes a desear mejores niveles de vida.

Para poder trabajar juntos de un modo más efectivo, ¿no sería tal vez necesario encontrar un ámbito común fundamental que haga que el interés por mejorar la vida sea compartido por todos? Los pasos iniciales podrían incluir explorar el arte y la literatura de otras culturas aparte de la nuestra. Esas expresiones de pensamiento y de vida indican lo que la gente valora y lo que considera valioso. Pueden ayudarnos a comprender que todos formamos parte de un gran mosaico de valores que constituyen la raza humana. Los desacuerdos culturales que construyen barreras perniciosas entre las naciones pueden comenzar a derrumbarse, despertando nuestro innato sentido de hermandad.

Esta clase de liberación mental expande nuestros horizontes y beneficia a todo aquel a quien alcanza. La comprensión mutua trae consuelo en tiempos difíciles y puede abrir un enorme caudal de interés humanitario hacia nuestro prójimo en épocas de desastres naturales y conflictos civiles. Aun más, esa liberación mental comienza a abrir nuestro pensamiento con mayor amplitud a las enseñanzas de Cristo Jesús, especialmente en la forma en que nos enseñó a respondernos unos a otros: "Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos".

¿Acaso no es ésta la idea fundamental que yace en el corazón mismo de nuestra relación con los demás en este mundo? Cuanto mejor entendamos los intereses comunes de cada uno y el deseo común de tener una vida mejor, más nos acercaremos al espíritu de las enseñanzas del Maestro. Ir más allá del interés propio hace que progresivamente se afiance en nuestro pensamiento un buen sentido del hogar, la comunidad y un entendimiento del mundo a la semejanza del Cristo.

Nos volvemos a Dios como nuestro modelo de amor. Cuando comprendemos que el Dios que presenta la Biblia es, en realidad, el Amor divino mismo, esta idea comienza a brillar a través de toda nuestra vida y en nuestro trato con los demás. Y es propio de la naturaleza del Amor divino darnos la capacidad para amar y para ocuparnos de los demás.

Comprender esta base metafísica como punto de partida para pensar y para tomar decisiones nos da una razón para tener esperanzas acerca del mundo. Las grandes transformaciones que en este momento tienen lugar en los países en vías de desarrollo, no pueden ser simplemente el resultado del tiempo o de la cultura; tienen que ser, en última instancia, la tarea del Amor.

Aunque invisible a los sentidos materiales, la idea del Amor divino opera activamente en la consciencia humana. Alcanza la base de la motivación humana y libera progresivamente del temor, el egoísmo y la tiranía. A través del poder del Amor divino, se desarrollan en la gente la generosidad, la bondad, y un impulso hacia la justicia.

Este proceso espiritual es descrito en los escritos de Mary Baker Eddy, la Descubridora y Fundadora de la Ciencia Cristiana
Christian Science (crischan sáiens). En The First Church of Christ, Scientist, and Miscellany, ella escribe: "El Amor revela el bien maravilloso y desenmascara el mal escondido".

Este doble efecto es crucial en el desarrollo humano. Al traer el mal a la luz, la acción del Amor divino actúa para despojar al mal de su aparente poder y autoridad. Esto lo hace por medio de la comprensión espiritual de que Dios no causa el mal; no es Su obra. La limitación y el deterioro que vemos en el escenario humano no provienen de Dios, y este mismo hecho es lo que da aliento al esfuerzo humano para vencer el mal. La creencia en el mal y los efectos dañinos de esas creencias deben ser desenmascarados, a fin de que los hombres y mujeres ya no teman o respeten el mal y puedan así llegar a ver que el mal no tiene ni el poder ni la realidad que pretende tener.

La bondad que el Amor divino desarrolla en nosotros proviene de la naturaleza del bien que es propia de Dios. Considerada desde el punto de vista bíblico de que el hombre es creado a semejanza de Dios, la bondad forma la verdadera naturaleza del hombre, y podemos probarlo paso a paso en nuestra propia vida. Debido a que Dios es infinito, Su capacidad para expresar el bien no tiene fin y continúa desarrollándose en nosotros sin límite. Esto debería suceder en cada persona y es la verdadera tarea del desarrollo que individual y colectivamente debe manifestares en cada país, del norte o del sur.

El pensamiento que realmente se desarrolla, el pensamiento esclarecido, espera que el bien se desarrolle en los demás. Esta es una aptitud espiritual de la cual nadie puede ser privado, sea cual sea la circunstancia humana en que se encuentre. Esa clase de pensamiento llega a reconocer la paternidad universal de Dios, que provee al hombre de Su abundancia espiritual. Esta idea de abundancia espiritual, expresada en el hombre, actúa en la consciencia humana como una ley, y procede a vencer la carencia humana.

La idea de que Dios es el Padre universal, también revela al hombre como Su hijo. Llegar a ver al hombre — a nosotros mismos y a todos los demás — como hijo de Dios, desarrolla lo realmente válido y da impulso a la cooperación entre los países. Entonces comenzamos a ver el verdadero interés mutuo de la humanidad, la familia del hombre unida por la paternidad de Dios. La unidad que busca la humanidad es espiritual, no material. Y cuando comprendamos mejor esta unidad espiritual, veremos mayor evidencia de esta unidad, trayendo paz a la tierra.

Cada uno de nosotros puede contribuir al desarrollo en el mundo. Sabiendo que Dios gobierna la vida de todo lo que El crea, podemos confiar en el triunfo final del Amor divino sobre el egoísmo, la pobreza y la opresión. Podemos abrir nuestro propio pensamiento y nuestra vida con mayor generosidad comprendiendo en forma ilimitada la abundancia del bien que cada persona puede expresar. La expectativa del desarrollo del bien llevado a cabo a través del Amor divino, mantendrá activamente nuestros intereses comunes, fortalecidos en la esperanza, listos para las buenas obras, aquí y ahora.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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