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Sana de infertilidad

Del número de mayo de 2017 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Original en francés


En febrero de 2013, mi obstetra habitual diagnosticó una menopausia prematura, así como una enfermedad muy grave que afectaba las funciones ováricas. Tenía sólo veintitrés años. Me dijo que bajo tales condiciones, nunca podría tener hijos, porque esta enfermedad se consideraba incurable. Por lo que a él concernía, yo era estéril. Ese agosto, confirmó el diagnóstico después de realizar más pruebas.

Decidí orar, porque sólo Dios podía traer una solución a este problema. Mientras el médico me decía que no había esperanza, yo sabía que en Dios siempre hay esperanza. Dios ya había hecho mucho por mí, mi familia y amigos. Este Dios siempre es fuerte. Él no cambia. Yo sabía que Él iba a satisfacer mi necesidad y sanarme. 

La Ciencia Cristiana nos enseña que Dios satisface todas las necesidades humanas. En la Biblia, en el primer capítulo de Génesis, leemos: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios... Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (versículos 27, 28, 31). Comprendí que yo era la perfecta imagen y semejanza de Dios. Por lo tanto, tenía todas las capacidades necesarias que Dios me había dado.

También me aferré al Salmo veintitrés. Dice: “El Señor es mi pastor; nada me faltará... Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida” (versículos 1 y 6 según La Bíblia de las Américas). Reclamé esto para mí misma, sabiendo que yo era completa y que era capaz de tener un hijo. Estas verdades me dieron confianza y paz. Sentí que Dios, el Amor divino, me estaba apoyando, y que ya no tenía miedo.

Además, un practicista de la Ciencia Cristiana comenzó a ayudarme por medio de la oración después de que me dijeron que el diagnóstico había sido confirmado. Dos semanas más tarde, volví a ver al mismo obstetra, quien estableció que estaba embarazada. No podía entender cómo había podido procrear sin que los ovarios funcionaran.

Llevé el embarazo a término, a pesar de la gran incertidumbre del obstetra y otros médicos. Ni siquiera experimenté algunos de los problemas asociados a menudo con los embarazos, como las náuseas. Fue muy armonioso. Estaba yendo tan perfectamente que el obstetra no podía creerlo. Todo esto fue gracias al amor de Dios. Mi hija tiene ahora dos años y medio de edad, y desde que nació, tuve un segundo hijo, un niño, que ahora tiene seis meses. Gracias a Dios y a la ayuda del practicista de la Ciencia Cristiana, pude dar a luz de forma muy natural. Realmente me aferré a la verdad que la Ciencia Cristiana nos enseña.

El amor de Dios es infinito y opera todo el tiempo. Es importante no darse por vencido y mantener la fe. Dios puede hacer todo por nosotros.

Los doctores querían que yo fuera parte de un programa para tratar de elucidar cómo había podido tener hijos sin ningún problema. Pero me negué. Ellos no podían entender que yo había sido sanada sólo a través de la oración. No tomé ningún medicamento. Realmente me volví a Dios en todo momento. Un pasaje que me ayudó en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras está en la página 63, donde Mary Baker Eddy habla sobre el origen espiritual del hombre: “En la Ciencia el hombre es linaje del Espíritu. Lo bello, lo bueno y lo puro constituyen su ascendencia. Su origen no está, como el de los mortales, en el instinto bruto, ni pasa él por condiciones materiales antes de alcanzar la inteligencia”. Esto es lo que realmente me ayudó a mantener la esperanza. El origen de mis hijos no era material, sino espiritual.

Bénie Mabela Ntelo, Meaux 

Original en francés

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