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Saliendo de un desierto...

Del número de enero de 2012 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Precisamente así me sentí a partir de que empecé a conocer la Ciencia Cristiana hace aproximadamente 4 años. Mi Mamá hacía algún tiempo que estaba concurriendo a los servicios religiosos, y al ver todos los cambios tan positivos que ella había tenido desde que comenzó a asistir a ese grupo, en un momento de gran desesperación, oré a Dios.

En ese entonces yo tenía una gran depresión desde hacía varios meses. Había terminado una relación con una persona que fue muy especial para mí y esto, aunado a problemas económicos que teníamos en mi familia y el hecho de que yo no tenía trabajo, me hacían sentir muy impotente y sola, como en un desierto.

De pequeña padecí una enfermedad a la cual llaman poliomielitis, por lo cual siempre me había tenido que esforzar físicamente un poco más que los demás para salir adelante. Aun así, siempre creí que Dios es bueno y que Él no me había enviado esa condición.

Después de varios meses de no querer saber nada con el mundo, de sólo estar encerrada en mi cuarto llorando, mientras me venían a la mente un problema tras otro, una noche me sentí al límite y no pude más. Le rogué a Dios con todo mi corazón que me dijera cómo hacer para llegar a Él. Por primera vez mi plegaria no fue que Él viniera a mí... En cuanto terminé mi petición, sentí una gran tranquilidad que me embargó por completo, y me vino a la mente: “Yo quiero ir al lugar al que va mi mami”. Después de ese pensamiento me sentí muy feliz y toda angustia desapareció. Sentí como si esa hubiera sido la respuesta que Dios me había envía do. Sequé mis lágrimas y con mucho entusiasmo le dije a mi mamá que la acompañaría a sus reuniones, y me acosté a dormir con una paz que hacía mucho tiempo no sentía.

Fue así que comencé a asistir a las reuniones de la Ciencia Cristiana, en donde me han enseñado a conocer mi verdadero ser y mi relación con Dios. La depresión desapareció, no supe ni en qué momento. Lo que si sé es que fue gracias a las verdades que ahí enseñan. Hoy sé que mi verdadero ser es espiritual y que siempre he sido y por siempre seré sana.

Aunque algunas dificultades se siguen presentando en mi vida, hoy tengo la dicha de saber cómo defenderme de cada una de ellas, pues tengo a mi lado al gran Todo-en-todo, mi Padre- Madre Dios que siempre ha estado a mi lado, aun cuando yo no lo sabía.

Hoy ese desierto se ha convertido para mí en el más hermoso paisaje, en el cual veo muchos árboles, cascadas, pájaros, y al final de dicho paisaje se ve el sol brillando intensamente. Sus rayos son como los brazos de mi Padre que siempre han estado protegiéndome.

Gracias al entendimiento de Dios que me brindó la Ciencia Cristiana hoy mi vida es hermosa y tengo la certeza de que lo mismo puede experimentar toda aquella persona que se apoye en el infinito sostenedor, el Amor divino. Comprobará que no sólo un día, sino toda su vida estará llena de bendiciones.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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