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Artículo de portada

¡Dios no me va a dejar en suspenso!”

Del número de noviembre de 2015 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Original en alemán


En 1995, un mes antes de mi boda, salí a almorzar con una amiga y compañera de trabajo. Nuestra oficina se encontraba en una calle de cuatro carriles con mucho tráfico, la cual, por lo general, a esa hora del día, estaba tranquila, y había un semáforo para peatones justo afuera de la entrada de nuestro edificio.

Cuando regresábamos a la oficina, nuevamente cruzamos en el semáforo para peatones. El conductor del único automóvil a la vista, se distrajo debido a su hijita que estaba en el asiento trasero (como él explicó después), y no notó mi presencia hasta que el auto y yo chocamos. Mi amiga estaba caminando unos pasos detrás de mí, y logró evitar el choque. Yo, por otro lado, fui lanzada por el aire una buena distancia detrás del auto antes de caer al pavimento. Un testigo llamó al número de urgencias 911, desde donde enviaron a la policía y una ambulancia. Algo no andaba bien con mi hombro izquierdo, y pensé que estaba dislocado. Estuve de acuerdo en que me llevaran al hospital para que lo pusieran en su lugar. Al llegar al hospital, los médicos confirmaron que había sufrido de raspaduras y magulladuras. Además, me dijeron que no tenía el hombro dislocado, sino que me había quebrado la clavícula. Le expliqué al personal de la sala de emergencias que era Científica Cristiana y que no quería ninguna medicación para el dolor, cosa que ellos aceptaron con mucha comprensión y respeto. Aparte de limpiar las heridas y sacar radiografías, no me dieron ningún tratamiento en el hospital, así que poco después, cuando mi futuro esposo me vino a recoger, me fui a casa.

Nada ni nadie me podía quitar mi dominio.

Después de regresar a casa, le pedí a un practicista de la Ciencia Cristiana que me diera tratamiento por medio de la oración. Él me instó a que no permitiera que la apariencia externa me impresionara. Los dos oramos para reconocer mi integridad, puesto que una idea espiritual no puede ser tocada por un accidente. Y eso es exactamente lo que somos por ser hijos de Dios, somos ideas espirituales. Nuestra identidad es espiritual y no puede ser afectada ni impactada por las circunstancias materiales, y estas tampoco pueden influenciarla de ninguna manera. Las magulladuras y raspaduras no me causaron ningún dolor y sanaron muy rápido. Cuando mi esposo y yo nos casamos, no quedaba rastro alguno de esas heridas.

No obstante, a pesar de que oraba con fervor y me aferraba a mi identidad espiritual, la clavícula no sanaba. Yo podía hacer mis actividades más o menos bien, pero pasaron muchas semanas en las que tuve mucho dolor y una creciente sensación de desaliento. Finalmente, a pedido de mi esposo, fui a consultar con un ortopedista que me dijo que era necesario colocar una pieza de metal en la fractura puesto que era obvio que el hueso no estaba sanando por su cuenta.

 Poco después. Iba caminando por una calle, cuando me embargó un sentimiento muy fuerte de ira. Me sentía frustrada porque no había visto ningún progreso, después de que todas las otras lesiones habían sanado tan rápida y bellamente. El camino para que sanara la clavícula parecía tremendamente largo, y hacía unos días que estaba luchando con el pensamiento de que no sería posible sanar sin cirugía. Con este sentimiento de intensa ira, dije en voz alta: “¡Un día (el dolor) vas a desaparecer, pero yo seguiré estando aquí porque Dios no me va a dejar en suspenso!” Al decir estas palabras, percibí que yo tenía dominio sobre la situación porque Dios me lo había otorgado. Nada ni nadie podía quitarme este dominio porque está establecido en la Biblia, y por ser la imagen y semejanza de Dios, yo estoy sujeta solo a Él, no a las condiciones y leyes materiales. Esta idea es parte de una frase de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras por Mary Baker Eddy, donde ella escribe: “…la Ciencia Cristiana revierte la aparente relación entre el Alma y el cuerpo y hace el cuerpo tributario de la Mente” (pág. 119). Mente es un sinónimo de Dios, y yo quería obedecerlo a Él, y no estar sujeta a las condiciones materiales.

A partir de ese momento, la curación se produjo muy rápidamente. En unos pocos días la clavícula se sanó, y nunca volví a tener problemas con ella. No tiene ninguna sensibilidad a los cambios del tiempo (como el ortopedista había pronosticado que ocurriría), ni tampoco he experimentado limitaciones durante el entrenamiento con pesas que he estado practicando por años con gran placer. 

La comprensión de que un problema, por más persistente que parezca ser, debe ceder a Dios, me ha ayudado muchas veces a lo largo de los años desde esta experiencia. Lo que fuera que necesitaba superar, fue abordado con una mayor confianza que antes de esta percepción espiritual. Mi esposo y yo a menudo pensamos con mucha gratitud en esta experiencia, que fue superada únicamente con la ayuda de Dios y el afectuoso apoyo de un practicista.

Susanne van Eyl, Richmond, Texas

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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