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¿Qué significa vivir en el Tercer Grado?

Del número de febrero de 2013 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Originalmente publicado en el Christian Science Journal de Enero de 2013.


 La Ciencia Cristiana enseña que la Mente divina, Dios, es la causa y el creador infinito, omnisapiente, por siempre consciente, de todo ser. Puesto que Dios es uno, es Todo e infinito, lógicamente sólo puede haber una Mente, y esta Mente es en realidad nuestra única y verdadera Mente, ahora mismo. En Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy escribe: “En la Ciencia, la Mente es una, e incluye noúmeno y fenómenos, Dios y Sus pensamientos” (pág. 114). 

Pero es obvio que en nuestra vida diaria también tenemos que lidiar con un supuesto “opuesto” a esta Mente verdadera y única. Para explicar esta anomalía la Sra. Eddy utiliza el término mente mortal, término que indica algo que sencillamente no existe. Ella explica esto con claridad cuando escribe: “Mente mortal es un solecismo del lenguaje, y entraña un uso impropio de la palabra mente. Puesto que la Mente es inmortal, la frase mente mortal implica algo que no es verdadero y por tanto, irreal; y la manera en que la frase es usada para enseñar la Ciencia Cristiana, tiene la finalidad de designar aquello que no tiene existencia verdadera” (Ciencia y Salud, pág. 114).

El Apóstol Pablo se refiere a esta supuesta mentalidad como la “mente carnal”, y les dijo a los romanos que esta mente era “enemistad contra Dios” (Romanos 8:7). La verdad es que es necesario abandonar el concepto falso de que exista una mente separada de Dios —y todos los rasgos de carácter que nos identificarían con esta llamada mente— para poder experimentar el “nuevo nacimiento” que demuestra nuestra identidad espiritual original como linaje de Dios, el Espíritu, según lo explicó Jesús (véase Juan 3:3). 

Una guía práctica para examinar el pensamiento

Para alcanzar esta meta, he encontrado valiosa inspiración en el estudio de la “Traducción científica de la Mente inmortal” y la “Traducción científica de la mente mortal”, como las presenta Ciencia y Salud (véanse págs. 115–116). A lo largo de los años, este estudio ha sido una guía práctica y lógica para examinar mis pensamientos. Me ha ayudado a eliminar aquello que es desemejante a la naturaleza de Dios y a medir mi progreso espiritual. La “traducción científica” de estos términos escudriña la consciencia humana hasta lo más profundo, y pone al descubierto sus fallas y debilidades. Al mismo tiempo, señala el hecho espiritual de la totalidad de Dios, así como nuestra unidad con Él.  

La Sra. Eddy presenta la traducción de la mente mortal en tres grados, y es importante notar que el Tercer Grado —donde el proceso ha desaparecido y el Dios perfecto y el hombre perfecto aparecen como el hecho espiritual— corresponde a la realidad revelada en la traducción de la “Mente Inmortal”. 

El Primer Grado, “Depravación”, se titula “Físico”, y es definido como “Creencias malas, pasiones y apetitos, temor, voluntad depravada, justificación propia, orgullo, envidia, engaño, odio, venganza, pecado, enfermedad, malestar, muerte”. Su título marginal es muy significativo, “La irrealidad”. 

El Segundo Grado, “Las creencias malas desapareciendo”, se titula “Moral”, y es explicado como “Humanidad, honradez, afecto, compasión, esperanza, fe, mansedumbre, templanza”. Su título marginal es “Cualidades de transición”. 

El Tercer Grado, “Comprensión”, se titula “Espiritual”, y se desenvuelve como: “Sabiduría, pureza, comprensión espiritual, poder espiritual, amor, salud, santidad”. Su reconfortante título marginal es “La realidad”. 

Nunca te sientas consignado al Primer y Segundo Grados 

El Primer y Segundo Grados incluyen varios niveles de densidad. Por ejemplo, la “Manera de pensar del Primer Grado” —pensamientos y acciones negativas— podrían incluir incertidumbre, inquietud o apatía, los cuales se podrían considerar relativamente inocuos, aunque es necesario superarlos. Pero el pensamiento depravado que incluye odio, venganza y envidia, lo hunde a uno más profundamente en el pantano. En otras palabras, está lo malo y está lo terrible. Está el polvo y está el lodo. 

No obstante, puesto que el hecho espiritual es que ahora mismo somos los hijos e hijas de Dios, y vivimos en el reino celestial de nuestro Padre —vivimos en el Tercer Grado— nadie está consignado para siempre al Primer Grado, o “La irrealidad”. El Cristo, la idea verdadera de Dios, el bien, habla a la consciencia humana para liberarla de las tendencias declinantes que se ha impuesto a sí misma.

El Cristo, la idea verdadera y pura de Dios, el bien, habla a la consciencia humana para liberarla de las tendencias declinantes que se ha impuesto a sí misma.

Si el pensamiento de alguien ha estado atascado en el Primer Grado por alguna razón, y está comenzando a mirar hacia arriba, y quiere mejorar, entonces, aunque uno todavía esté inmerso en el lodo del Primer Grado, está sobre lo que me gusta llamar la “escalera mecánica” que ha empezado a moverse hacia arriba espiritualmente. Por el contrario, si uno se deja llevar por la corriente con bastante tranquilidad, haciendo posiblemente algunas cosas que no son tan malas, pero empieza a justificar su conducta equivocada, quiere decir que ese individuo está en lo que me gusta llamar “escalera mecánica descendente”. Esto sólo lleva a un mayor desconsuelo y sufrimiento, menos luz, más oscuridad. 

De la misma forma, en el Segundo Grado (“Cualidades de transición”) existen diferentes niveles de densidad. Hay humanidad, honradez y mansedumbre; sin embargo, al subir por la escalera mecánica, encontramos sacrificio propio, inmolación propia, amor desinteresado, y así sucesivamente. Todas las cualidades del Segundo Grado, por ser buenas, tienen su origen en el Tercer Grado (“La realidad”), puesto que la verdadera bondad no tiene otra fuente más que Dios. Aparecen en nuestra vida en la misma proporción en que nuestro pensamiento cede al Tercer Grado, a la realidad de nuestro ser. 

Ceder al Tercer Grado

La “Comprensión” del Tercer Grado en virtud de su totalidad, tiene el designio de probar esa totalidad aquí y ahora destruyendo la depravación del Primer Grado. De modo que un individuo que muestre evidencias de las características del Primer Grado puede, con mucha humildad, ser renovado, redimido, restaurado, porque su consciencia puede ser tocada por el Cristo, la Verdad. Las características del Primer Grado son como pesas de plomo arrojadas al océano. Tienen que hundirse. Si uno se aferrara a las pesas, se iría al fondo con ellas. Pero el Cristo, la verdad del ser espiritual de todos, puede darle la capacidad para soltar esas pesas. El progreso exige que los rasgos de carácter del Primer Grado sean eliminados, destruidos, para que las cualidades del Segundo Grado —las cualidades morales de transición— salgan a la superficie. 

El problema es que mucha gente se detiene en ese amplio y abierto campo del Segundo Grado que se extiende casi hasta donde alcanza la vista. Uno podría llamarlo “la meseta del Segundo Grado”, y es importante recordar que este grado es un estado transitorio, no es el final del viaje. Incluye aquellas cualidades de la humanidad que pueden ser muy útiles y progresivas cuando ceden a la Mente divina, o muy aislantes y restrictivas cuando se consideran como el producto de la llamada mente humana, la creencia de que ser “realmente una buena persona” es el final del camino. Pero cuando, con mansedumbre, reconocemos este hecho, estamos preparados para ceder al poder del Cristo, la idea divina del bien, que nos impulsa hacia el Espíritu.

El reconocimiento de nuestra preexistencia (o nuestra existencia única y eterna) es el reconocimiento de que vivimos por siempre en el Tercer y único Grado.

Si el pensamiento no está elevándose en la “escalera mecánica ascendente”, ni es sacudido para moverse más allá del humanismo, que es como un callejón sin salida, no puede sanar porque se apoya en la aceptación tanto del bien como del mal, el Espíritu y la materia. Y es aquí donde se requiere del más grande desarrollo espiritual, para poder discernir en qué dirección nos estamos moviendo en el Segundo Grado. Para avanzar espiritualmente se requiere de mucha humildad, y una tremenda cantidad de amor. 

De modo que, como hemos visto, el Tercer Grado es “Espiritual”, la realidad. Aquí la mente mortal (la ilusión de que existe una mente separada de Dios), desaparece, porque en realidad sólo hay una Mente infinita única, Dios, y Su infinita auto expresión. Las características útiles del Segundo Grado no son destruidas, sino elevadas. Son derretidas y purificadas a medida que ceden a su clasificación natural pura. Ciencia y Salud lo expone de la siguiente manera: “Cuando el hombre mortal una sus pensamientos de la existencia con lo espiritual y trabaje únicamente como Dios trabaja, ya no andará a tientas en las tinieblas ni se aferrará a la tierra porque no ha saboreado el cielo” (pág. 263).

El comienzo y el final de nuestra travesía

La etapa de transición, el Segundo Grado, no brinda la protección, seguridad y curación del Tercer Grado. Y es muy importante razonar desde el punto de vista del Tercer Grado, comenzar nuestro trabajo metafísico en el Tercer Grado, morar mentalmente en el Tercer Grado, porque únicamente ese grado abraza a la consciencia humana y la eleva más alto. Veamos el comienzo del amado Salmo 91: “El que habita al abrigo del Altísimo (Tercer Grado) morará bajo la sombra del Omnipotente (Segundo Grado)”. Es muy importante entender esto para nuestro propio bienestar ante todos los desafíos que el mundo enfrenta hoy. Nosotros nunca nos ofreceríamos de voluntarios para ser limitados. No abriríamos voluntariamente nuestra puerta mental al contagio ni a ninguna de las innumerables enfermedades que flotan en la atmósfera del pensamiento. Nunca pediríamos estar nerviosos o tener signos de envejecimiento. Pero cuando no cerramos la puerta al Primer Grado, estamos expuestos a permitir que cualquiera de sus “indecorosos vecinos” ¡se presente en cualquier momento sin anunciarse! 

Cuando uno permite que su pensamiento more en cualquiera de los niveles del Primer Grado, está cediendo a una fase de hipnotismo. La mayoría de la gente piensa que el hipnotismo es una especie de sueño profundo impuesto en el pensamiento de alguien. Es cierto, pero hay muchos otros tipos de hipnotismo. Está la hipnosis clínica, la autohipnosis, la hipnosis debida a la fatiga, el temor, el shock. Uno incluso puede ser hipnotizado al escuchar o leer un diagnóstico médico, o al mirar una condición perturbadora en el cuerpo. Uno podría ser hipnotizado por la dominación masculina o femenina, o por una voluntad humana agresiva. En otras palabras, uno es hipnotizado cuando cede su pensamiento independiente a una influencia o sugestión dañina. El Apóstol Pablo dijo: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis?” (Romanos 6:16). 

En realidad, a medida que empezamos a entender que vivimos, y nos movemos y tenemos nuestro ser en el Tercer Grado, nos damos cuenta de que siempre hemos estado allí. Nunca “comenzamos” en una condición o experiencia del Primer Grado, ni del Segundo Grado. Los frutos de estar consciente de dónde moramos se aclaran con la explicación que ofrece la Sra. Eddy: “Los mortales perderán su sentido de mortalidad —enfermedad, dolencia, pecado y muerte— en la proporción en que adquieran el sentido de la preexistencia espiritual del hombre como hijo de Dios; como linaje del bien, y no de lo opuesto a Dios —el mal, o un hombre caído” (Escritos Misceláneos 1883–1896, pág. 181). El reconocimiento de nuestra preexistencia (o nuestra existencia única y eterna) es el reconocimiento de que vivimos para siempre en el Tercer Grado. El hecho es que en realidad siempre hemos estado allí, nunca lo hemos abandonado, jamás podemos abandonarlo. Esta comprensión hace que se exprese el bien de Dios en nuestra experiencia presente. 

Hace poco, un practicista estuvo orando mucho y con toda devoción por una persona que hacía un tiempo que tenía dolores internos. Durante varios días hubo altibajos. El paciente se recuperaba un poco y luego empeoraba otra vez. El practicista continuó declarando verdades espirituales, que el verdadero ser del paciente es una creación de la Mente divina, que vive en la Mente, y que no está formado por órganos corporales sino por ideas de esa Mente. Esto fue útil y trajo alivio, pero no curación. Fue entonces, que a medida que él oraba, se produjo un cambio mental que suavemente cobró vigencia. La presente realidad de esas declaraciones se volvió evidente para él. Es el cambio que describe la Sra. Eddy cuando dice: “Toma consciencia por un solo momento de que la Vida y la inteligencia son puramente espirituales —ni están en la materia ni son de ella— y el cuerpo entonces no proferirá ninguna queja” (Ciencia y Salud, pág. 14). Esa es la consciencia de que los hijos de Dios, en realidad todos nosotros, estamos viviendo siempre en el Tercer y único Grado. Fue la Mente divina revelándose a sí misma al practicista. Se manifestó tanto para la curación del practicista como para la curación del paciente. En ese momento el practicista pudo ver en cierta medida el verdadero ser del paciente. Percibió que el ser es inorgánico, no está infectado, ni inflamado ni congestionado. En ese instante el paciente estuvo bien. No hubo más recaídas, sólo curación, y el practicista, por su lado, progresó espiritualmente. 

El Tercer Grado es tanto el comienzo como el final de nuestra travesía, porque es donde siempre estamos y siempre hemos estado viviendo.


James Spencer es practicista y maestro de la Ciencia Cristiana y vive en Brookline, Massachusetts, Estados Unidos.

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La explicación divinamente inspirada de la Sra. Eddy sobre la misión de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, fundado en 1903, se ha convertido en símbolo de las actividades del movimiento de la Ciencia Cristiana que abarca al mundo. Las palabras de la Sra. Eddy figuran en la inscripción de la cornisa del edificio de La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana: para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la verdad. El Heraldo es una expresión tangible del interés de nuestra Guía en compartir con toda la humanidad el inapreciable conocimiento de la Ciencia de la Vida. La Sra. Eddy comprendió que el Consolador había venido “para la sanidad de las naciones”.

Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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