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¿Qué puede oponerse a la desesperanza?

Del número de abril de 2018 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


En un informe sobre una investigación reciente, dos economistas de la Universidad de Princeton señalaron que desde principios de la década de 1990 el estancamiento a largo plazo de salarios y entradas ha “producido un sentimiento de desesperanza” en muchos hombres, especialmente aquellos que no tienen estudios universitarios (“Mortality and morbidity in the 21st century,” by Anne Case and Angus Deaton). Este sentimiento de desesperanza ha llevado a lo que se ha dado en llamar “muertes debidas a la desesperación”.

Nuestros corazones se conmueven al pensar en todo aquel que se encuentra en esa situación desesperada, y para quien el alcohol y el uso de drogas, o el suicidio, parece ser la única respuesta. La devastación que sienten aquellos que no pueden proveer de lo necesario a sus familias, y tienen pocas posibilidades de tener empleo es comprensible. Como muchos otros, anhelo que quienes se encuentren en dichas circunstancias se sientan reconfortados, y sepan que no están solos, abandonados y sin esperanza.

Podemos sentir consuelo en la idea de que aun cuando sintamos la más profunda desesperación, la ayuda de Dios está a nuestro alcance. Por ejemplo, la Biblia afirma: “Porque yo soy el Señor, tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice: ‘No temas, yo te ayudaré’ ” (Isaías 41:13, Nueva Versión Internacional). Este no es un Dios distante, incierto, que juzga y solo presta atención a aquellos que han llevado una vida ejemplar. Este es un Dios que nos conoce a cada uno de nosotros, no como mortales, sino como la creación espiritual e inmaculada de Dios. Un Dios que cuida de nosotros y nos ama sin medida. Un Dios totalmente capaz de responder a todas nuestras necesidades.

La Biblia también habla de personas que recibieron una respuesta cuando recurrieron a Dios de todo corazón. Hombres y mujeres que encontraron sustento, compañía satisfactoria, trabajo con un buen propósito y esperanza para el futuro.

Un ejemplo de esto es Job. Él perdió todo: su salud, familia y riqueza. Pero a pesar de todo eso, Job no se rindió, permaneció leal a Dios; y después de grandes luchas mentales, todo lo que había perdido y más le fue restaurado. Además, ganó algo que nunca se le podría quitar: la seguridad del amor inagotable que Dios sentía hacia él, y la certeza de la omnipresencia y la omnipotencia de Dios. Job dice acerca del Señor: “Yo sé bien que tú lo puedes todo, que no es posible frustrar ninguno de tus planes. De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos” (Job 42:2, 5, Nueva Versión Internacional).

Dios, la Mente divina, está siempre trasmitiéndonos Su amor infinito.

Como Job, a veces puede que luchemos para sentirnos cerca de Dios, para tener una fe más profunda en Él. Tal vez sintamos que no merecemos o no podemos escucharlo. Pero Dios está tan cerca como nuestros pensamientos. De hecho, aunque lo intentáramos, no podríamos distanciarnos de Dios, que nos creó como Su reflejo. Y Dios, la Mente divina, está siempre transmitiéndonos Su amor infinito. Escuchamos Sus afectuosos mensajes, que nos alientan y sostienen, a medida que somos humildes y estamos dispuestos a escucharlo y a renunciar a la voluntad humana.

La persona que probó esto más que ninguna otra fue Cristo Jesús que sabía que nada podía separarnos a ninguno de nosotros de su amoroso Padre-Madre, porque somos hijos de Dios. A través de su obra sanadora demostró que esta comprensión puede sanar la enfermedad, la discordancia y la escasez.

Mary Baker Eddy, la descubridora de la Ciencia Cristiana, explica que el hombre —un nombre genérico para todos nosotros— es “la imagen de Dios, Su idea, coexistente con Él; Dios dándolo todo y el hombre poseyendo todo lo que Dios da (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 5).

Dios nos da todo, y nosotros poseemos ¡“todo lo que Dios da”! No existe un Padre más amoroso, generoso, accesible y leal, que nuestro Padre-Madre celestial. De modo que no necesitamos desesperarnos. Paso a paso, a medida que comprendamos que residimos en el santuario del amor infinito de Dios y pongamos nuestra confianza en Él, nos sentiremos menos atrapados por un estado mental incierto y ansioso, y más llenos de esperanza. Un verso de un amado himno del Himnario de la Ciencia Cristiana ilustra esta expectativa del bien divino que responde a nuestras necesidades y a su vez nos guía a que estemos conscientes de la cercanía y el amor de Dios:

Presiento verdes prados
que aún no logro ver;
y en vez de negras nubes
los cielos brillarán.
Inmensa es mi esperanza,
la senda libre está;
Dios mi tesoro guarda,
conmigo Él andará.
(Anna Waring, No. 148, trad. © CSBD) 

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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