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Desaparecieron los síntomas de cáncer

Del número de abril de 2018 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Hace unos años, tuve un despertar espiritual que me brindó una percepción más clara del Cristo y trajo transformación y curación a muchas áreas de mi vida.

Durante varios años antes de eso, nuestra familia había atravesado períodos de intensa fricción. Me llamaban casi a diario para mediar en problemas que surgían entre los miembros de mi familia. El hecho de que me metieran en medio de estos conflictos me provocó un gran trastorno mental.

Por aquella época, comencé a tener síntomas muy molestos de una dolencia interna. Recordé haber escuchado a una amiga describir esos síntomas relacionados con el cáncer, y tuve miedo de tener el mismo problema. Entonces decidí llamar a un practicista de la Ciencia Cristiana para que me apoyara con la oración metafísica.

 Me di cuenta de que había una conexión entre la discordia familiar y la discordancia de mi cuerpo, así que oré para comprender que solo lo que es bueno y armonioso tiene realidad, y que el Amor divino es la verdadera base de toda vida y acción. Comprendí que realmente lo que se necesitaba era que cada uno de mis parientes se sintiera amado, de manera que insistí en valorar todos los días la verdadera identidad de cada uno de ellos en Cristo. El hecho de verlos abrazados por el Amor divino me mantenía elevada y apartaba mi pensamiento de las dificultades del cuadro humano. Esto me dio la inspiración de perdonar.

Declarando con firmeza que Dios, no yo, estaba a cargo de todos, me sentí guiada a dejar de aceptar las llamadas para resolver las disputas de la familia. Sabía que todos moramos en nuestro hogar verdadero —el reino de los cielos, el reino de la armonía— que está ocupado sólo por las ideas atentas y consideradas del Amor, no por personalidades mortales conflictivas. Me esforcé, a veces con lágrimas en los ojos, por ver a “… Dios y el hombre como Principio infinito e idea infinita, como un solo Padre con Su familia universal, sostenidos en el evangelio del Amor” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 577).

A medida que una perspectiva más semejante al Cristo comenzó a establecerse en mi pensamiento, la hemorragia y la pérdida del cabello cesaron. ¡Me sentí tan agradecida por esta señal de progreso! Continué orando para ver más claramente que yo no era un mortal femenino con órganos materiales enfermos. Yo era el reflejo puro de Dios, compuesto tanto de cualidades femeninas como masculinas, tales como inteligencia, fortaleza, paciencia, ternura y compasión.

Una noche difícil, cuando estaba con dolores y no podía dormir, me vino al pensamiento una declaración de Ciencia y Salud: “Enteramente separada de la creencia y el sueño de la vida material, está la Vida divina, revelando la comprensión espiritual y la consciencia del señorío del hombre sobre toda la tierra” (pág. 14).

Al reflexionar sobre esta verdad, comprendí que la condición física jamás había tocado mi identidad real, por siempre perfecta en el Espíritu, Dios. Mi temor disminuyó, y supe que viviría. Siempre que sentía molestias, me aferraba a esta declaración, sabiendo que no importaba cual parecía ser la evidencia material, yo estaba en realidad a salvo y amada en el cuidado de Dios.

Aprender a amar mi verdadera individualidad espiritual como hija de Dios fue una parte importante de la curación, porque me capacitó para valorar el hecho de que soy única, y para dejar de compararme con los demás. Comencé a verme a mí misma, a los miembros de mi familia y a todos los demás más claramente como expresión del Amor.

Como practicista de la Ciencia Cristiana, continué aceptando llamadas de pacientes pidiendo ayuda metafísica. El orar con abnegación por otros me ayudaba a romper la atención mesmérica que tenía sobre mí misma, de modo que muchas veces la inspiración que me venía no solo respondía a la necesidad del paciente, sino también a la mía.

Aunque mi propia curación se produjo lentamente, ni siquiera consideré buscar ayuda médica. Tenía la certeza de que la Ciencia Cristiana me sanaría porque había visto a mi madre comenzar a estudiar esta Ciencia debido a la curación de un tumor diagnosticado por los médicos.

Cuando ella comprendió que estaba hecha a imagen y semejanza de Dios, como nos dice el primer capítulo del Génesis, supo que se había producido la curación en su pensamiento, aunque la enfermedad era todavía patente. Su temor desapareció, y en un mes el tumor se disolvió. Cuando volvió a ver al médico, él no pudo encontrar ni siquiera una cicatriz en su cuerpo.

Continué estudiando la Ciencia Cristiana con mucha dedicación y alerta para mantener mis actitudes sobre mi familia y la vida sobre una base espiritual. Al alcanzar un mayor crecimiento espiritual, pude expresar perdón, paciencia, bondad y alegría de mejor manera.

Al tratar de obtener la percepción correcta del cuerpo, un versículo de Primera a los Corintios me resultó útil: “¿…ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (6:19). Esto me dio la convicción de que el Espíritu Santo es la ley de Dios que sostiene mi salud perfecta y armonía eterna. Como escribe la Sra. Eddy en La unidad del bien: “Esta Ciencia de Dios y el hombre es el Espíritu Santo, que revela y sostiene la armonía ininterrumpida y eterna tanto de Dios como del universo” (pág. 52).

Al tener menos molestias y poder moverme mejor, un día hice una caminata más larga en un vecindario cercano. De pronto el dolor se volvió tan intenso que no podía moverme. Era una oportunidad para poner en práctica todo lo que había aprendido acerca de que el cuerpo verdadero es el templo del Espíritu Santo. Sentí que la fortaleza del Cristo me embargaba, permitiéndome obedecer este mandato de Ciencia y Salud: “Insiste con vehemencia en el gran hecho que abarca todo: que Dios, el Espíritu, es todo, y que no hay otro fuera de Él. No hay enfermedad” (pág. 421).

Permanecí quieta durante tal vez 15 minutos, aferrándome resueltamente a mi total perfección como expresión del Espíritu. Era muy claro que este sufrimiento era una ilusión, y no formaba parte de mi verdadero ser. Entonces el dolor se calmó, y pude moverme normalmente.

Esta clara percepción de mi perfección se quedó conmigo, y a partir de ese momento pude ver que los síntomas de la enfermedad eran mentiras que podía desechar. Comprendí que la oración no consiste en cambiar o mejorar el cuerpo: es una transformación del pensamiento.

La curación completa se produjo muy pronto después. Esto ocurrió hace unos diez años, y no he tenido rastros del problema desde entonces. La discordia en mi familia también se resolvió. Continúo regocijándome en la consciencia de que el Cristo presenta la única individualidad verdadera de mí misma y otros, y que en la Verdad divina no puede haber conflictos en ninguna parte, ni como un cuerpo enfermo ni como una relación inarmónica.

Sondra Nielsen Elkins
Loveland, Ohio, EE.UU.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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