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Original Web

Para jóvenes

Curación permanente de ataques de pánico

Del número de febrero de 2021 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 16 de noviembre de 2020 como original para la Web.


Durante mi segundo año del bachillerato, comencé a experimentar debilitantes ataques de pánico que a veces estaban acompañados de mareos y náuseas. Nunca antes había tenido problemas con la ansiedad, pero estaba lidiando con mucho estrés en la escuela, así como con algunos problemas personales difíciles. Los ataques de pánico eran aterradores y confusos, especialmente porque jamás me había enfrentado con algo así antes.

Inmediatamente comencé a orar por este problema usando lo que había aprendido en la Escuela Dominical de Ciencia Cristiana. Nuestra clase había memorizado y hablado sobre un pasaje bíblico que dice: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). Fue reconfortante comprender que no podía estar sujeto al temor, y recurría a esta idea con frecuencia. Pero también a menudo me resultaba difícil orar en medio de un ataque de pánico, y los síntomas físicos me asustaban. 

Preocupado de que fuera algo realmente malo, fui a ver a un médico quien me informó que este problema se debía al estrés, y que si no lo superaba era posible que tuviera problemas más grandes después. Me sugirió algunos tratamientos, pero ese fue un momento decisivo para mí. Sabía por experiencia que confiar en Dios y en la Ciencia Cristiana haría que tuviera una curación completa, en vez de tener que lidiar con el problema indefinidamente. Aunque aprecié las buenas intenciones del médico, decidí seguir adelante con la Ciencia Cristiana, confiando en que Dios me llevaría a una solución permanente.

A medida que avanzaba el año escolar, oré con regularidad con la idea de que la paz no era algo que pudiera ir y venir, porque Dios es la fuente de mi paz, y Él es “nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmos 46:1). Esta idea me consoló y me ayudó a seguir cumpliendo con mis compromisos, pero el problema persistía. No obstante, es importante señalar que yo también persistía en orar.

Las cosas llegaron a su punto crítico cuando estaba en un autobús escolar en una excursión a unos seiscientos cuarenta kilómetros de casa y comencé a tener otro ataque de pánico. No tenía dónde esconderme, y no quería tener que explicarle la situación a nadie. A menudo me ha ocurrido que los momentos de desesperación me obligan a sacar del medio a mí mismo y a mis pensamientos, oraciones y argumentos, y simplemente escuchar los mensajes de Dios. Así que esta vez, en lugar de lanzarme en mi habitual lucha mental sobre por qué no necesitaba tener miedo o que Dios me había dado dominio propio, simplemente abrí mi pensamiento a Dios y le pregunté qué necesitaba saber. 

Aun en medio del ataque de pánico, descubrí que era capaz de apagar las sugestiones de temor y acallar mis pensamientos lo suficiente como para escuchar esta guía. La verdad es que los mensajes de Dios siempre están con nosotros y pueden atravesar cualquier confusión o miedo, por más denso que parezca. Nos vienen de una forma que podemos comprender. Eso fue lo que me ocurrió a mí en ese viaje en autobús.

Mientras escuchaba atentamente, casi suplicando, para recibir uno de estos mensajes, me vino la apacible idea de mirar por la ventana. Aunque parecía una respuesta extraña, obedecí. En ese mismo momento, nuestro autobús estaba pasando por una escuela donde, talladas en el lado del edificio, estaban las palabras de Jesús: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Este pasaje fue especialmente significativo para mí porque también está escrito en la pared de mi filial de la Iglesia de Cristo, Científico. 

Esto parecía un mensaje tan claro de Dios que, al instante, todo el pánico que estaba sintiendo desapareció, reemplazado por un sentimiento de asombro y desbordante alegría. Para mí fue muy claro que Dios estaba allí mismo, y que Su amor omnipotente estaba venciendo este problema. Casi me reí al ver cuán determinante había sido el mensaje, y claramente divino. Si no me hubieran dicho que mirara por la ventana en ese mismo segundo, nuestro autobús, que viajaba a la velocidad de la autopista, habría pasado velozmente por la escuela sin que yo viera esas palabras. 

Aunque no puedo recordar si esa fue la última vez que tuve un ataque de pánico, sin duda fue el momento decisivo. Y aunque no creo haber aprendido nada nuevo en ese instante, fue un poderoso recordatorio de lo que ya sabía; como que me despertó. La verdad de que cada uno de nosotros por ser hijos de Dios es amado, cuidado y no está sujeto al temor, es ciertamente capaz de superar cualquier sugestión de ansiedad o pánico. En uno o dos meses, estaba completamente sano, y no he experimentado un ataque de pánico desde entonces. 

Esto ocurrió hace siete años. Terminé mi último año con cinco clases de Colocación Avanzada —así como un exigente plan de estudios de ingeniería universitaria— con total libertad. Años más tarde, alguien me preguntó si la Ciencia Cristiana puede ayudar con problemas de salud mental. Pude responder por experiencia propia que sí puede. Cada vez que enfrentamos un desafío, ya sea salud mental u otra cosa, Dios siempre está ahí para impulsarnos a “mirar por la ventana” para ver la verdad. Estoy muy agradecido por la Ciencia Cristiana. 

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