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La valentía y el discipulado cristiano

Del número de julio de 2017 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Publicado originalmente en el Christian Science Sentinel del 17 de abril de 2017.

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Algunas amigas y yo decidimos reunirnos todos los meses para estudiar el libro de los Hechos en el Nuevo Testamento. Nuestro estudio en conjunto continuó por diez años, durante los cuales exploramos otros libros de la Biblia, porque descubrimos que eso era muy útil para profundizar nuestro amor y comprensión de las Escrituras.

Nunca olvidaré una tarde, cuando una amiga que había sido algo renuente a estudiar la Biblia, entró precipitadamente y dijo: “¡Leí mucho más!” Esto fue un gran logro, y mostró su recién descubierto amor por la historia de la iglesia y el cristianismo primitivos que, como todas estábamos aprendiendo, era cautivante y se aplica a nosotros hoy en día.

Recuerdo claramente que durante este estudio, el término valentía se destacaba con frecuencia; es una descripción de cómo se comportaban los discípulos, a pesar de la crítica mirada del Sanedrín judío y las autoridades romanas. Pedro y Juan, dos de los discípulos, oraban: “Concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra... Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hechos 4:29, 31).

Aquellos primeros seguidores de Cristo Jesús oraban y sanaban abiertamente, incluso en el mercado y cerca del Templo. ¿Qué les daba esa valentía? Sin duda, el Pentecostés, el descenso del Espíritu Santo con que empieza el libro de los Hechos, debe haber sido clave. Durante ese período sagrado, los discípulos aprendieron que el poder de Dios no se había ido con su amado Maestro, sino que estaba siempre presente. Y esto les dio el valor para declarar la verdad ampliamente y con autoridad.

Recibí más discernimiento al leer en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras acerca del ejemplo que dio Jesús respecto a nuestra función como cristianos de hoy: “Jesús obró osadamente, en contra de la evidencia acreditada de los sentidos, en contra de los credos y las prácticas farisaicos, y refutó a todos los oponentes con su poder sanador” (Mary Baker Eddy, pág. 18).

La valentía no es una característica del comportamiento extrovertido o del mero lenguaje enérgico. Es la disciplina mental y espiritual de ver más allá de la evidencia con frecuencia agresiva de los sentidos materiales, y permanecer fieles a los hechos espirituales. Practicamos la valentía impulsada por Dios cuando vemos y nos aferramos a esta verdad espiritual: “Todo es la Mente infinita y su manifestación infinita, porque Dios es Todo-en-todo”, como afirma Ciencia y Salud en “la declaración científica del ser” (pág. 468).

En mi carrera profesional como consultora de liderazgo, con frecuencia me pedían que moderara sesiones para equipos de personas de alto rango que actuaban con agresividad, y que dirigían corporaciones a nivel mundial. Cuando los egos en la sala parecían competir por ejercer su acostumbrado dominio, tanto entre sí como inicialmente conmigo, descubrí que la valentía espiritual era la respuesta para mantener el control adecuado de la sesión, y ganar respeto.

Yo oraba con insistencia mientras se producía el cada vez más animado intercambio vocal, declarando en mi pensamiento, por ejemplo: Solo la Mente única, Dios, reina suprema aquí, y todos se inclinan ante la presencia y el poder sagrados de la Mente. A pesar del cuadro mortal de desunión, arrogancia o falta de respeto, el hombre de Dios es la imagen misma del Amor, y refleja bondad y sabiduría. Y yo sabía que todos los participantes podían expresar naturalmente respeto y cortesía.

Recuerdo muy bien una sesión particularmente acalorada, cuando yo estaba orando con diligencia, ¡por necesidad!, y de pronto me di cuenta de que todos se habían callado cuando una persona levantó la mano para hablar, en lugar de hacerlo por encima de los otros. Esto podría parecer trivial en términos de lo que es comúnmente el respeto, pero fue un punto decisivo en la habilidad de ese equipo global para trabajar juntos. Esos ejecutivos continuaron trabajando en forma conjunta durante muchos años, logrando éxitos en la industria año tras año. La carta que me envió el presidente de la compañía, expresando su gratitud por la labor que yo había desempeñado en esa decisiva reunión, fue un grato reconocimiento de lo práctico que es ejercer la valentía espiritual.

Se requiere esta misma cualidad de valor y arrojo espirituales cuando se nos presentan creencias físicas agresivas de enfermedad. Estas exigen que refutemos, a la manera del Cristo, las pretensiones erróneas con autoridad sanadora. Al denunciar de una manera cristianamente científica el error, y afirmar y comprender la omnipotencia de la Verdad, Dios, comenzamos a ver más claramente que la evidencia material es falsa e ilusoria, y que la evidencia espiritual de la salud es la realidad, la cual está en verdad siempre presente. La Verdad echa fuera el temor, y se produce la curación. 

Al describir algo del trabajo mental requerido, Ciencia y Salud ordena: “Expón y denuncia las pretensiones del mal y de la enfermedad en todas sus formas, pero comprende que no hay realidad en ellas” (pág. 447).

Otro significado de denunciar es “declarar públicamente que algo está equivocado o es malo” (New Oxford American Dictionary). Esto es exactamente lo que Pedro, Juan y otros apóstoles hicieron en aquellos lugares públicos del primer siglo. Y es, en cierto sentido, lo que la curación en la Ciencia Cristiana hace cada vez que el pensamiento cede a la Verdad divina, que destruye las pretensiones de la enfermedad y restaura la salud. 

Ya sea que digamos esas verdades en voz alta o no, a menudo se hacen públicas cuando se sana el problema. He experimentado esto muchas veces cuando la gente se da cuenta de que la oración cristianamente científica ha sanado síntomas de gripe, migrañas, envenenamiento, sarpullidos y otros síntomas físicos.

Me encanta un himno del Himnario de la Ciencia Cristiana que habla de la valiente posición que uno debe asumir, especialmente cuando el cuadro humano podría parecer alarmante:

Sé firme, constante, no dejes el bien,
el fuerte es valiente, en las pruebas también.
Avanza, no tardes, tal es tu deber,
no eres cobarde, no has de caer.
(N° 18, traducción español © CSBD)

En la Concordancia del Himnario de la Ciencia Cristiana en inglés y de las notas del mismo, dice que Mary Baker Eddy apreciaba mucho el mensaje de este himno, como indica una nota que escribió en un ejemplar del Himnario que usaba en su casa: 

“ ‘Canten con frecuencia en La Iglesia Madre el himno 173’ (actualmente N° 18).” La explicación continúa: “Ella nunca expresó formalmente este deseo, pero pensaba que estas palabras eran importantes para todo aquel que usara el Himnario” (pág. 184).

La Sra. Eddy debe de haber sentido que estaba con frecuencia en el campo de batalla al llevar adelante su descubrimiento de las leyes divinas de la Vida, la Verdad y el Amor, que ella llamó Ciencia Cristiana. Cuando escribió acerca de “la supuesta guerra entre la verdad y el error” (Ciencia y Salud, pág. 288), fue en un clima donde el pensamiento del público había enfrentado recientemente la Guerra Civil. Al referirse a contextos más amplios, ella escribió acerca del “humo de la batalla” que era necesario disipar antes de poder ver el bien que se había hecho (véase Ciencia y Salud, pág. 22).

Aunque puede que no estemos literalmente en un campo de batalla, manifestamos valentía espiritual, cualidad propia de un soldado, cada vez que nos mantenemos firmes —en el pensamiento o de otro modo— a favor del poder sanador y reformador de Dios. La evidencia de los sentidos materiales se ve como la mentira que es, y por su completa inhabilidad para socavar o derrocar a la gloriosa creación de Dios, el hombre.

Publicado originalmente en el Christian Science Sentinel del 17 de abril de 2017.

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En 1903, Mary Baker Eddy estableció El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Su propósito: “Proclamar la actividad y disponibilidad universales de la Verdad”. La definición que da el diccionario de “heraldo” como un “precursor, un mensajero que es enviado para anunciar que lo que ha de venir se acerca”, da un significado especial al nombre “Heraldo” y señala además nuestra obligación, la obligación de cada uno de nosotros, de ver que nuestros Heraldos sean dignos de la confianza depositada en ellos, confianza que es inseparable del Cristo y que fue anunciada primero por Jesús (Marcos 16:15): “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”.

Mary Sands Lee, Christian Science Sentinel, 7 de julio de 1956

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