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¿Vemos división o la unidad de la Mente?

Del número de agosto de 2017 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Publicado originalmente en el Christian Science Sentinel del 26 de diciembre de 2016.
 Apareció primero el 7 de junio de 2017 como original para la Web.

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Recientemente, me recordaron una frase que usó la descubridora de la Ciencia Cristiana, Mary Baker Eddy, al escribirles a los Científicos Cristianos acerca de permanecer en Dios, en la Verdad y el Amor. Ella dijo que si lo hacían, serían “uno en corazón —uno en motivo, propósito y empeño” (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 135). 

Ya sea dentro de las familias, los vecindarios o las legislaturas, el propósito de moverse juntos en armonía con un propósito en común, y apoyarse unos a otros, es un ideal que por el que vale la pena esforzarse. En medio de un aparente conflicto, no es irracional orar por la unidad del espíritu, porque esa unidad expresa la naturaleza de Dios, la Mente infinita y única, nuestro creador. La unidad, más que la división, caracteriza y sostiene todo ser verdadero como el efecto espiritual y perfecto de Dios.

Sin embargo, la Ciencia Cristiana no nos enseña a orar con el fin de unir mentes opuestas, de recomponer una realidad supuestamente fragmentada. Requiere, en cambio, que nos apartemos de la noción de que hay muchas mentes. Esta Ciencia nos alienta a aceptar humildemente la verdad de que hay una única Mente, la cual controla, ordena y guía todo en armonía. Curaciones y progreso maravillosos se producen al ceder a este control inteligente, a la ley del Amor divino, y al hecho de que cada individuo es verdaderamente creado a semejanza de la Mente divina.

Me gusta pensar que esto es como ceder al “panorama completo” —el panorama total y real— de lo que Dios ve y preserva eternamente. Los primeros astronautas que orbitaron la luna transmitieron asombrosas fotografías de la Tierra, que presentaban en esencia el panorama completo de la grandiosidad y plenitud de nuestro planeta. Las verdades de la Ciencia Cristiana, que guían nuestras oraciones, dirigen nuestro pensamiento hacia el cielo, hacia un mayor discernimiento de la realidad espiritual de la totalidad y unidad de la Mente. En Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, la Sra. Eddy escribió: “La Ciencia revela sólo una Mente, y esta brillando por su propia luz y gobernando el universo, incluyendo el hombre, en perfecta armonía” (págs. 510-511). En la medida que el pensamiento humano abraza esta verdad, la comprende y se regocija en ella, la verdad de la unidad espiritual se vuelve más aparente en nuestras interacciones con otros, incluso en el ámbito más amplio de los asuntos humanos.

Cuando nos vemos enfrentados a relaciones humanas quebrantadas que parecen no tener solución, o somos testigos de voluntades obstinadas y en conflicto, es reconfortante recurrir a las Escrituras. La Biblia resalta el maravilloso hecho de que Dios, el infinito, es uno, y es incapaz de dividirse; como en este versículo, por ejemplo: “Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí” (Isaías 45:5). Y la Sra. Eddy escribe: “Dios es uno. La totalidad de la Deidad es Su unidad” (Ciencia y Salud, pág. 267). ¿Cómo, entonces, podría el reflejo de Dios, Sus propias ideas espirituales (es decir, todos nosotros en nuestra verdadera naturaleza), ser otra cosa que no sea armoniosos y unidos? El hombre no puede ser fragmentado y discordante, así como Dios no puede serlo. Nuestra unidad con Dios asegura nuestra unidad de unos con otros. Comprender esto tiene un efecto sanador y práctico.

Mientras oraba, percibí y sentí que realmente no había allí mentes en conflicto, sino una sola Mente, y que la ley del Amor de Dios era la única ley en operación.

En una ocasión, me pidieron que actuara como mediadora en una disputa entre dos personas. Hice arreglos para encontrarme con uno de los agraviados, y tengo que admitir que me sentía abrumada y preocupada por el resultado. Pero al volverme a Dios en oración, me di cuenta de que el conflicto no se trataba realmente del tema específico que había entre manos, sino de una creencia engañosa e impersonal de que Dios era algo menos que uno y Todo —podríamos decir dividido— y que estos individuos, creados como Su expresión, podían tener propósitos diferentes.

Pude ver más claramente el panorama completo. Mientras oraba, percibí y sentí que realmente no había allí mentes en conflicto, sino una sola Mente, y que la ley del Amor de Dios era la única ley en operación. ¡Esto elevó mi pensamiento!

Cuando entré en la sala, sentí que un amor muy grande se percibía en mis palabras. La persona respondió de igual manera. Reconocí que realmente no había ninguna división —ningún aire que depurar— solo la unidad del Amor excluyendo la creencia de desunión. Y demostró ser así. El conflicto desapareció.

De esta experiencia aprendí que si la unidad de Dios y el hombre a Su imagen no fuera una ley del ser espiritual, nunca podría ser demostrada. Pero como es la ley, o regla, que gobierna la verdadera creación, puede y debe evidenciarse humanamente cuando la oración está basada en la verdad de la única Mente, la Mente que Cristo Jesús expresó (véase Filipenses 2:5).

Al enfrentar odio o mala voluntad, es fundamental entender que esto representa una mentira acerca de Dios y el hombre a Su imagen. La mentira pretendería revertir la verdad de que el hombre tiene un origen espiritual y refleja la Mente única. Por lo tanto, quebranta el Primer Mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3), y no tiene verdadera autoridad o legitimidad.

Orando a partir de la base de la Mente única, y cediendo a su control, encontramos gracia, paciencia y certeza para avanzar bajo la guía del Amor, aun cuando el odio o la polarización parezcan intrincados. San Pablo dijo: “Completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, [teniendo una sola mente]” (Filipenses 2:2). Este consejo vino de alguien que, antes de su conversión, manifestaba un odio feroz hacia los primeros cristianos. Pero él había sido reformado por completo.

Sin embargo, tener “una sola mente” no quiere decir que todos debamos pensar de la misma forma, que todos debamos opinar lo mismo. Significa que estamos expresando la unidad del Amor divino y su armonía, cualquiera sea nuestro punto de vista. Al hacerlo, cada individuo encuentra oportunidades para bendecir, ayudar y enriquecer cualquier situación, para marcar una diferencia sanadora.

Percibir, aunque sea en cierto grado, el panorama completo de la realidad de la totalidad y la unidad indivisible de la Mente, abre la puerta del pensamiento a la eterna presencia del Amor, a la demostración de que todos trabajamos juntos en armonía.

Publicado originalmente en el Christian Science Sentinel del 26 de diciembre de 2016.
 Apareció primero el 7 de junio de 2017 como original para la Web.

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En 1903, Mary Baker Eddy estableció El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Su propósito: “Proclamar la actividad y disponibilidad universales de la Verdad”. La definición que da el diccionario de “heraldo” como un “precursor, un mensajero que es enviado para anunciar que lo que ha de venir se acerca”, da un significado especial al nombre “Heraldo” y señala además nuestra obligación, la obligación de cada uno de nosotros, de ver que nuestros Heraldos sean dignos de la confianza depositada en ellos, confianza que es inseparable del Cristo y que fue anunciada primero por Jesús (Marcos 16:15): “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”.

Mary Sands Lee, Christian Science Sentinel, 7 de julio de 1956

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