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Para jóvenes

¿Primero yo? ¿O primero Dios?

Del número de mayo de 2019 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 12 de marzo de 2019 como original para la Web.


¿Eres del tipo “primero yo”? Si me hubieran hecho esta pregunta cuando era adolescente o tenía poco más de veinte años, probablemente habría dicho que no. Después de todo, amaba a Dios, muchísimo. Y estaba tratando de poner a Dios primero. No obstante, sutilmente, mi vida consistía en gran medida en vivir para mí mismo y lo que yo quería hacer. No hacía nada terriblemente malo. Pero en cierto sentido, con frecuencia trataba de salirme con la mía en cosas que no eran exactamente correctas, simplemente porque pensaba que era divertido hacerlo. Y si no le hacía daño a nadie, ¿por qué no hacerlo?

Una noche en la universidad, estaba participando en una de esas actividades “inofensivas” pero prohibidas. Jugábamos a la mancha en uno de los edificios de la facultad. Se suponía que no debíamos estar allí, pero confiábamos en que podríamos escaparnos corriendo si aparecían los guardias del campus. Me tiré al suelo mientras perseguía a alguien y me golpeé la rodilla contra una esquina de metal filosa. Traté de levantarme, pero la rodilla casi no podía sostener mi peso, y me dolía mucho. Me excusé del juego y me las rebusqué para regresar rengueando lentamente a mi dormitorio.

Para colmo, estaba ensayando la coreografía de una pieza para la producción del baile anual de mi facultad, y me había sentido realmente muy entusiasmado con la oportunidad. Pero ahora apenas podía caminar, mucho menos bailar. Tampoco sabía si podía orar por la lesión. Después de todo, había ocurrido mientras hacía algo que se suponía no debía hacer. ¿Es que podía realmente orar cuando no había estado poniendo a Dios primero?

Mi sentimiento de culpa, mi frustración y la falta de progreso con la lesión continuaron durante algunas semanas mientras me quedaba sentado a un lado durante la clase de danza, orando con todo mi corazón. Entonces un día, durante el trabajo de piso de la clase, uno de mis amigos ejecutó un salto perfecto. Me quedé admirado por la gracia, el poder y la belleza que su salto expresaba. Y de repente, me di cuenta: Yo no felicitaría el salto; yo felicitaría a mi amigo. No le preguntaría al salto cómo llegó al aire; le preguntaría a mi amigo acerca de su técnica. Mi amigo es un estupendo bailarín, así que el salto se realiza hermosa y naturalmente.

Comprendí que lo mismo es cierto acerca de mi relación con Dios. Dios es; yo soy lo que ocurre porque Él existe. No hay causa aparte de Él. En esta analogía, Dios era el que saltó y yo era el salto: yo era el resultado y expresión de la naturaleza misma de Dios. Aunque en aquella época no conocía el siguiente pasaje, había descubierto lo que Mary Baker Eddy escribe en la página 250 de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras: “El hombre no es Dios, mas como un rayo de luz que viene del sol, el hombre, el producto de Dios, refleja a Dios”. 

Me di cuenta de que, si yo era el “salto” para la existencia de Dios, entonces ¡nada podía impedirme caminar, o bailar! Me puse de pie y completé los ejercicios de piso con la clase. Y después, caminé de regreso a mi dormitorio completamente libre de dolor o rigidez. Esa clase era la última de la semana. La semana siguiente, después de participar normalmente en toda la clase, mi maestra me dijo que, aunque había estado ausente durante tres semanas, mi desempeño era como si hubiera estado entrenando por cinco semanas. ¡No solo me había recuperado por completo, sino que había mejorado!

Aunque estaba muy agradecido por la curación de mi rodilla, esta experiencia tuvo un efecto mucho mayor y más perdurable en mi vida. También me sanó de la mentalidad sutil de “primero yo”. Lo que percibí en aquella clase de danza ese día estuvo fundado en una comprensión más profunda de la primacía —la supremacía y unicidad— de Dios, y el hecho de que Su expresión simplemente no puede desviarse de Su naturaleza. La curación ilustró mi inquebrantable relación con Dios, que yo dependía de Él únicamente, y algunas cosas que eran desemejantes a Él —entre ellas el dolor y la predilección por deleitarme en salirme con la mía con cosas que no debía estar haciendo— naturalmente desaparecieron.

Desde esta experiencia, me ha dado mucha satisfacción buscar formas de ser más honestas, más generosas, que están más de acuerdo con todo lo que Dios es, en vez de buscar formas de salirme con la mía. Y sigo creciendo en mi comprensión de lo que significa realmente vivir para Dios en lugar de vivir para mí mismo. Puesto que todos somos el resultado de la existencia de Dios, ponerlo a Él primero es la cosa más natural y alegre que podemos hacer.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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