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Sanada de estado maníaco depresivo

Del número de julio de 1998 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Conocí La Christian Science hace unos quince años. Sin embargo, hubo una gran lucha en mi conciencia antes de que pudiera aceptar sus enseñanzas. Durante largo tiempo capté más la letra que el espíritu y por años mi pensamiento estuvo oscurecido por sentirme inferior y despreciable.

En mi familia, mi padre y mi abuelo habían sufrido de una enfermedad mental diagnosticada como estado maníaco depresivo, y durante años había creído que ése también sería mi destino. Procurando resolver el problema, mi madre me daba medicamentos y me llevaba una vez por semana al psiquiatra. Nunca se nos dio la esperanza de una recuperación completa; tan sólo podíamos esperar controlar la situación en cierta medida.

Cuando mi padre falleció de improviso durante mi último año de secundaria, mi madre cayó en un estado de depresión y temor. Así fue como tuve que cuidar de ella, aun cuando yo misma estaba tratando de sobreponerme a la pérdida. También enfrentaba serios desafíos por mi propia salud mental.

Luché contra la depresión, que se alternaba con estados de mucha excitación. Los desequilibrios emocionales se originaban en el temor de que, debido a que el problema estaba "en los genes", la curación no era posible. Ese miedo a la herencia proyectaba una sombra de desesperación sobre todas las cosas. Al ver de cuán escasa ayuda habían resultado los métodos médico-psiquiátricos tradicionales para otros miembros de mi familia, busqué ayuda en métodos alternativos y holísticos, sin encontrar alivio permanente. Cada año que pasaba, sentía más temor y los estados de depresión y excitación eran más pronunciados.

Después de comenzar el estudio de la Christian Science, el problema mental disminuyó en cierto grado y hubo maravillosas evidencias de curación en muchos otros aspectos de mi vida. Durante este período, experimenté un gran crecimiento espiritual y se produjeron numerosas curaciones. Además, lo que estaba aprendiendo me ayudaba mucho en mi relación con mi madre.

Pero aún tenía bruscos cambios emocionales y esto era un gran desafío para mi esposo. El temor de que la condición fuera incurable estaba socavando mi matrimonio. Al darme cuenta de ello, renuncié a mi trabajo para poder dedicarme a orar por la situación. Pero entonces, al volverse muy intensos los desequilibrios, pensé con tristeza que no era lo suficientemente buena como para ser una Científica Cristiana, y dejé de concurrir a la iglesia. Fue un período en que anduve errante en el desierto, pero fue también una etapa de preparación, en la que agoté los últimos vestigios de confianza en medios y métodos humanos.

Finalmente, cuando llegué al máximo de la desesperación, me di cuenta de que no había nada más a lo cual recurrir y llamé a un practicista de la Christian Science para pedirle que orara por mí. Así comenzó un período de un año y medio en el que tuvo lugar mucha curación y regeneración.

Uno de mis sufrimientos provenía del error de creer que algunas personas son bendecidas con una gran dosis de espiritualidad y otras no; que existe una especie de predestinación espiritual o monopolio con respecto al entendimiento espiritual y que debido a que yo tenía "este problema", estaba excluida. Había estado pensando que, para asumir un papel activo en la iglesia, uno debía ser una especie de experto en la Christian Science. Lo que necesitaba no era más confianza en mí misma, sino una total confianza en Dios. Pablo en la epístola a los Filipenses nos asegura: "porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad" (2:13). Debía comprender que la simplicidad y la pureza, que son la herencia del hombre como hijo de Dios, ¡me incluían!

Durante mi primera visita a su oficina, el practicista me leyó este pasaje del Manual de La Iglesia Madre por Mary Baker Eddy: "Ningún Científico Cristiano deberá esforzarse por monopolizar la obra curativa en una iglesia o localidad con exclusión de los demás; pero todos los que comprendan las enseñanzas de la Ciencia Cristiana tienen el privilegio de dedicarse a esta obra sagrada, y 'por sus frutos los conoceréis"' (Art. VIII, Sección 30). Comprendí que, al creer que la curación estaba circunscrita a personas selectas, me estaba excluyendo de la obra sanadora. Comencé a ver que el amor de Dios por mí es incondicional y esto me liberó de la enorme carga de creer que constantemente tenía que ganarme Su amor. Esta nueva libertad me capacitó para comenzar a satisfacer las demandas del discipulado a partir de un sentido de amor, no de temor.

El liberarme de aquella creencia falsa de que había un monopolio en la curación, ha traído curación a cada faceta de mi vida. Cada vez que parece existir un desequilibrio, que algunos tienen más de algo que otros, surge esta verdad para neutralizar y eliminar esa pretensión y restaurar el equilibrio adecuado.

Me siento muy feliz de estar libre de los trastornos emocionales que me perturbaron durante tanto tiempo. Ahora estoy libre para servir a la iglesia de formas que antes me eran imposibles. Dios es el que hace que esto sea, no sólo posible, sino inevitable. Estoy comprendiendo mejor que no puedo desear o experimentar una curación duradera para mí misma si no comparto lo que me está sanando con aquellos que aspiran ser sanados. Los relatos de las curaciones efectuadas por Cristo Jesús de muchas condiciones consideradas desesperadas, incluso aquellas que se creían hereditarias, han sido un gran consuelo para mí. Ahora puedo aceptar más plenamente mi inocencia y mi perfección como hija amada de Dios, y las de todos.

Las palabras son insuficientes para expresar mi gratitud a Dios por haber conocido esta Ciencia del Cristianismo, práctica y sanadora. Verdaderamente ha transformado mi vida.


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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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