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ARTÍCULOS

La Navidad y un mundo hecho nuevo

Del número de diciembre de 2022 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 19 de septiembre de 2022 como original para la Web.


El regalo espiritual de la Navidad inunda el mundo con una esperanza sólida; una esperanza que da frutos perennes. Esta es la bendición incontenible de la promesa de la Navidad, al saciar las necesidades y los males del mundo con el consuelo divino. Vigoriza nuestras vidas con un ideal tan perfecto y tan trascendental, que nos dejamos llevar por su promesa y belleza. Nuestra experiencia de la vida misma renace a través del Amor divino proclamado en el nacimiento de Jesús.

Cristo Jesús apareció en un mundo lleno de bárbara agresión política, códigos civiles vengativos y corrupción religiosa. No obstante, a través de su vida afable pero poderosa, destruyó para siempre la pretensión del mal de que podía dominar el esfuerzo y el carácter humanos. Su ejemplo preeminente expuso los engañosos defectos de una mente material despiadada y nos dio a todos el conocimiento espiritual de la misericordia y la bondad indomables de Dios, del Amor.

Hoy, continuamos descubriendo lo que pertenece a este sentido más elevado y más dulce de la Vida como Dios, el bien, que centró la atención humana en el tierno consuelo del Amor infinito. No era ni demasiado profundo como para ser comprendido ni demasiado increíble para ser creído. De hecho, de una manera muy modesta, cada vez que un resentimiento duro cede al perdón bondadoso, hemos sentido el inconfundible toque del Cristo. Esto nos da una idea de lo que podría significar superar todo lo que es odioso y equivocado, y vivir verdaderamente en el reino de los cielos.

Así como los millones de colores en el espectro de luz que el ojo humano no puede percibir, hay infinitamente más en la creación del Amor de lo que reconoceríamos sin la lente de la vida de Jesús, de la Verdad eterna que vivió. Su nacimiento abrió y reveló un mundo nuevo, un mundo a salvo, comenzando con el hecho de que la causa no es material o física, como lo demuestra su nacimiento.

La indestructible naturaleza del Cristo que hizo Dios se predice desde el principio de la creación con el mandato divino, “Sea la luz”, que reveló la luz espiritual de la Verdad (Génesis 1:3). El Cristo, “la luz [que] brilla en las tinieblas” (Juan 1:5, LBLA), nos revela la vida, la realidad, el propósito, la perpetuidad y el potencial creados por la Verdad (no hechos por el hombre). El nacimiento virginal señaló esta gran maravilla, la expresión de pureza y amor de Dios que consuela los corazones humanos temerosos con una vida que nunca comienza y nunca muere.

La vida de Jesús superó todo obstáculo material y ejemplificó al Cristo, la Verdad, que se mueve entre nosotros y nos muestra el cielo —la armonía perfecta— en nuestros corazones. Esta influencia divina denota más que las palabras de los Evangelios o la historia de algunos sucesos humanos antiguos. Es la Palabra, inseparable de Dios, la Vida divina misma, que continúa enviando ondas de gracia cada vez mayores a través de la humanidad, y nos guía irresistiblemente a cada uno de nosotros hacia nuestro Progenitor divino.

A medida que permitimos que el Cristo vuelva nuestros pensamientos hacia Dios, descubrimos que todo adquiere un nuevo tono espiritual. El gran descubrimiento, tan conmovedoramente retratado en la vida de Jesús, es que no hay nada tan presente o tan real como el Amor. Su vida trajo a la tierra una experiencia de Amor que fue inimaginablemente más allá de las concepciones meramente humanas del amor. No conoceríamos el ilimitado e insuperable poder renovador del perdón, el transformador vigor de la integridad espiritual ni el infinito sustento del Amor que nos llena de gracia, sin su vida que despertó al mundo.

El Amor regenera cualquier otro incentivo o ideal. Da una resistencia inagotable a la acción y al altruismo. Da a la mansedumbre de la paloma la sabiduría de una serpiente, y a la sabiduría de una serpiente la mansedumbre de una paloma. Nada puede competir con el anhelo puro y primario del amor de Dios, que derrite el corazón, para consolar y bendecir a otro. Este anhelo brota de las profundidades de nuestra propia gratitud desbordante por el amor de Dios.

Cada vez que un resentimiento duro cede al perdón bondadoso, hemos sentido el inconfundible toque del Cristo.

Estas ideas pueden sonar profundas e idealistas, sin embargo, impactan nuestras vidas de maneras muy directas y prácticas. Fui testigo de un toque de este amor transformador del Cristo hace varios años, cuando estaba en Inglaterra, enseñando en un internado para niños con problemas de comportamiento. La mayoría tenía alrededor de diecisiete años; todos habían sido expulsados de la escuela regular; todos estaban en hogares de cuidado temporal; varios ya tenían antecedentes penales.

A los pocos meses de comenzar el trabajo, tuve que llevar a mi hijo de dos años conmigo porque su niñera no podía atenderlo ese día. Era un niño tranquilo, así que pensé que sería factible tenerlo conmigo solo por unas horas.

Desde el momento en que entramos en el aula, mis alumnos se comportaron con más dulzura y ternura de las que nunca antes los había visto expresar. Hicieron un gran alboroto por mi hijo, y ni una sola grosería salió de sus labios en todo el día. Este problema había sido implacable, y nada había funcionado para limpiar su lenguaje plagado de insultos. Pero ese día, sin que yo dijera una palabra, lo habían limpiado por completo voluntariamente, y tal vez inconscientemente, sin que se les escapara ni una vez.

Parecía como si hubieran sido espontáneamente conmovidos por la inocencia de este pequeño en medio de ellos. Sabía que si podían manifestarle esta bondad de manera tan natural, podían hacerlo por ellos mismos y por los demás. Ese día vi muchos ejemplos alentadores de que estos muchachos eran considerados, generosos, honestos y buenos. Esto me demostró que a pesar de las duras circunstancias en que vivían, nada podía extinguir su verdadera naturaleza hecha por Dios.

A medida que percibimos que el Amor divino envuelve la tierra en los amplios brazos del cielo, vemos una ternura y fortaleza que va mucho más allá de cualquier cosa producida por la educación o el esfuerzo humanos. Vemos la estrella de la existencia espiritual resplandeciendo muy brillante, perfecta y pacífica. No hay comparación entre esta estrella majestuosa que señala el camino hacia la Vida y el Amor espirituales, y los escombros de las teorías áridas y basadas en la materia que conducen a nada más que confusión y tedio. ¿Quién no seguiría a esta estrella, la forma más clara y directa de comprender la Verdad divina, Dios? Ilumina los invaluables hitos que conducen a lo que significa la Vida, a lo que es la Verdad y a lo que hace el Amor.

Cuando dejamos que el amor del Cristo llene nuestros corazones, somos regenerados. Nos sentimos renacidos. Nuestro antiguo sentido de identidad con su historia de vueltas e imprevistos, sucesos felices e infelices, se desvanece en la grandeza del amor del Cristo que es incondicional y eternamente nuestro.

¿Cómo podemos dejar que este niño santo, esta idea divina del Amor eterno, habite en nuestros corazones? No lo podemos encontrar sin antes llevar al pesebre nuestros obsequios de la experiencia: el oro de los motivos desinteresados, el incienso de la mansedumbre moderativa, la mirra de la integridad purificada. Con esta rica leña, el amor del Cristo enciende nuestros corazones para que seamos una llama para los demás —para entibiar los sentimientos fríos, iluminar las esperanzas deprimidas, vigorizar la fe cansada— y para iluminar nuestra comprensión del ímpetu transformador del Espíritu. Somos recién nacidos.

La Navidad es una luz que emite luz, el Amor divino que ilumina el camino de la humanidad hacia el cielo, donde el temor, la discordia, la tristeza y el dolor abandonan todo el poder de abrumar; y en su lugar están la paz, la alegría, la inocencia omnipresentes y las infinitas posibilidades del amor perfecto de Dios.

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Mary Baker Eddy, La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 353

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