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Tormentas en México: 
cómo encontrar una calma celestial

Del número de febrero de 2014 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Original en español

Publicado originalmente en línea en The Christian Science Monitor, el 23 de septiembre de 2013.


Esta semana tuvimos varios días de incesante y constante lluvia aquí en México, debido a dos huracanes y severas tormentas.

La preocupación por los malos efectos de los desastres naturales y daños a la gente me parecía inminente. Sin embargo, sabía que allí mismo podía encontrar el alivio y la respuesta de Dios, por lo que más que nunca me aferré a la oración.

Oré, sintiendo que la mejor respuesta era confiar completamente en Dios. Sabía que quedarme tranquila reconociendo que estábamos todos bajo Su cuidado y dirección, era más provechoso que dejarme llevar por los pensamientos de preocupación o temor por las consecuencias desastrosas que pudiera haber en mi comunidad y en los estados vecinos.

Recordé este versículo de la Biblia: “¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios” (Lucas 12:6). Las promesas de la Biblia me ayudan, como ninguna otra cosa, a mantenerme tranquila y a tener la certeza de que el Amor divino guía mis pensamientos y que todo está en Sus manos, en el bien omnipresente, y todos podemos experimentarlo. Nuestro bienestar no depende de mí o de las circunstancias humanas.

Al orar de esta forma me sentí libre de los pensamientos de preocupación que sin quererlo me metían en un círculo vicioso de temor, al insistir en que la vida humana pasa por ciclos de bienestar, y luego de crisis y destrucción. Me di cuenta de que pensar de ese modo nunca nos ayuda a encontrar soluciones, sino que nos hunde más en el problema.

Oré, sintiendo que la mejor respuesta era confiar completamente en Dios.

Me reconfortó este pasaje de Ciencia y Salud con la Llave de Las Escrituras. Mary Baker Eddy, quien descubrió la Ciencia Cristiana, escribe: “Peregrino en la tierra tu morada es el cielo; extranjero, eres el huésped de Dios” (pág. 254). Siento que esta declaración confirma otras dos promesas de la Biblia: “Tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos” (2° Corintios 5:1). Y, “En Él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:28). ¡Qué alivio y liberación he sentido en el Amor divino, para mí y para todos los que me rodean!

La mañana del martes, una de mis vecinas me comentó que sus nietos estaban atrapados en la ciudad de Acapulco. Debido a las inundaciones ellos, y muchos otros turistas, no podían salir del lugar. En esta ocasión, en vez de impresionarme por las circunstancias, pude compartir con ella las ideas y mensajes con los que había estado orando. Esto hizo que de inmediato surgiera un espíritu de colaboración, de ayuda mutua por nuestras familias. Esa misma noche, me enteré de que las autoridades habían encontrado la forma de empezar a evacuar a la gente atrapada en Acapulco.

Por la tarde, al pensar de nuevo en estas verdades espirituales, recordé que las mañanas anteriores, especialmente el día en que comenzó el temporal, al amanecer, de pronto me despertó el gorgojeo de los pájaros que, a pesar de la incesante lluvia, no dejaban de cantar. Esto sucede todas las mañanas, pero esta vez noté que uno cantaba mucho más fuerte y otro como que le contestaba en ecos, como hermanos en un coro. Más tarde, y aunque continuaba lloviendo, vi también una bella mariposa blanca volando alrededor en el árbol de mi vecina.

Todo esto me recordó la promesa de Dios de la Vida eterna, algo en lo que estoy aprendiendo a pensar y a tomar seriamente en cuenta. En la Biblia dice: “Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3). “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). Estas declaraciones me alegran el corazón, y he llegado a comprender que pensar en estas verdades espirituales es también oración.

Esa actividad tan natural fue para mí un ejemplo claro de que hay un ciclo de vida que sigue su curso armoniosamente, aún en tiempos difíciles.

La actividad tan natural de esos pájaros, de la mariposa o incluso de un gallo que canta por aquí a diferentes horas del día, y que evidentemente las lluvias y tormentas no lograron interrumpir, fueron para mí un ejemplo claro de que hay un ciclo de vida que sigue su curso armoniosamente, aún en tiempos muy difíciles o desastrosos. Esto me animó a continuar mis actividades confiada, esperando sólo el bien, que es el derecho que Dios nos da.

La Sra. Eddy escribe: “El gran Mostrador del camino, ilustró que la Vida no está limitada, ni contaminada ni obstruida por la materia. Probó la superioridad de la Mente sobre la carne, abrió la puerta al cautivo, y capacitó al hombre para que demostrara la ley de la Vida…” (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 30).

Más tarde, escuché en las noticias acerca de la ayuda que el gobierno estaba dando a los damnificados por el huracán. Incluso pude comprobar esa noche a través de Facebook que mis tres hermanas, con las cuales no había podido comunicarme, continuaban sus actividades y estaban a salvo con sus familias. Escuché también de la ayuda que el pueblo mexicano se estaba brindando unos a otros, y la respuesta tan inmediata que estábamos recibiendo de otros países, incluso de aquellos que están lejanos; era una expresión de amor y solidaridad hacia nosotros.

Con mucha gratitud, he podido comprobar que es posible reemplazar los pensamientos de ansiedad, duda y miedo en situaciones difíciles e impresionantes. Sé que esto nos capacita para recibir el gran bien que Dios tiene preparado para Sus hijos e hijas.

Uno de los poemas escrito por Mary Baker Eddy, “Oración vespertina de la Madre”, me da mucha inspiración. Dice en parte:

Gentil presencia, gozo paz, poder,
divina Vida Tuyo todo es.
Amor, que al ave Su cuidado da,
conserva de mi niño el progresar”
(Himnario de la Ciencia Cristiana N° 207).

Nuestro Padre celestial y universal jamás olvida a ninguno de Sus hijos, y verdaderamente los cuida en cualquier situación.


Clara Guerrero Navarro es practicista de la Ciencia Cristiana.

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Mary Baker Eddy, La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 353

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