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Original Web

Estamos siempre en el amor de Dios

Del número de julio de 2018 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 24 de mayo de 2018 como original para la Web.


He aprendido que siempre es importante tener nuestro pensamiento afianzado en el entendimiento de que fuimos creados espirituales, nunca materiales. El fundamento de esto se encuentra en los dos relatos de la creación en el primer y segundo capítulos del libro del Génesis.

Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras por Mary Baker Eddy nos muestra que el primer capítulo del Génesis presenta al hombre como la creación perfecta, espiritual y completa de Dios; mientras que la conflictiva historia de la creación del segundo capítulo presenta al hombre como mortal, material e incompleto. Por esta razón, es siempre útil preguntarnos a nosotros mismos dónde están nuestros pensamientos. ¿Estamos cada uno de nosotros reconociendo que nuestra identidad es una idea espiritual amada e inalterable, o estamos aceptando la creencia errada de que somos un mortal defectuoso?

En el primer capítulo del Génesis, aprendemos que Dios creó todo, que Su creación es espiritual, y que Él determinó que era buena en gran manera. Al referirse a la creación del hombre, dice: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). El segundo capítulo pinta un cuadro diferente, donde todo es material. Adán es formado del polvo, Eva es formada de la costilla de Adán, y son tentados por el diablo.

Nuestra verdadera biografía se encuentra en el relato de la creación espiritual. A medida que oramos y estudiamos a diario para llenar nuestro pensamiento de lo bueno y verdadero inherente a nuestra identidad espiritual, abandonamos la falsa percepción de nuestra identidad, puesto que no hay lugar para guardar tanto lo falso como lo verdadero. Entonces siempre podemos esperar el bien, y estar alertas y preparados para enfrentar toda sugestión de que nadie nos quiere, no tenemos lo suficiente o estamos solos. No vamos a tragarnos el anzuelo y creer en esas tentaciones. Diremos: ¡No! Y en vez de ignorarlas, reconoceremos su irrealidad y las refutaremos con la verdad.

“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31) es una declaración completa. No contiene nisisni peros.El reconocimiento de que Dios y solo Dios nos hace buenos en gran manera, siempre ha sido una guía útil en mis oraciones. Somos el reflejo de Dios aquí mismo y ahora mismo, y siempre lo hemos sido.

Los dos relatos del Génesis, por estar lado a lado, nos ayudan a diferenciar lo que es real de lo que es irreal. Hacer esta separación se aplica a toda circunstancia, y a mí me ha resultado especialmente útil en las relaciones románticas.

Antes de conocer a mi esposo, estaba de novia con alguien que había conocido en el bachillerato. Durante el curso de esta relación rompimos dos veces. Por un breve período antes de romper la primera vez, yo no había estado estudiando la Ciencia Cristiana. No asistía a la Escuela Dominical ni hacía mi estudio metafísico diario. Cuando nos separamos, para mí fue como si el mundo se me hubiera venido abajo. Me sentía sola y temerosa, e incluso durante dos semanas me costó comer.

Tiempo después volvimos a salir, pero yo también empecé a estudiar nuevamente la Ciencia Cristiana porque la extrañaba mucho. No me gustaba lo que había sentido cuando rompimos, y quería que mis pensamientos reflejaran mi identidad espiritual y verdadera. Empecé a orar con diligencia por la relación.

Cuando nos separamos la segunda vez, fue definitiva. Pero en esta oportunidad fue diferente. Al reanudar mi estudio de la Ciencia Cristiana, estaba aprendiendo todo acerca de mí misma como hija de Dios. Estudiaba con frecuencia la historia de la creación espiritual. Estaba empezando a comprender que Dios es la verdadera fuente de todo, incluso de la alegría y de la felicidad. Esta bondad nunca podía desaparecer o perderse. Dios también nos da dominio, y para mí esto significa elevarse para enfrentar todo desafío y circunstancia.

Nunca estamos separados de Dios; somos siempre espirituales y estamos siempre abrazados en el Amor divino.

Antes de romper por última vez, empecé a ver que había semejanzas entre mi situación y la de Eva en el segundo capítulo del Génesis. Mediante la oración, comencé a darme cuenta de que no había estado viendo que era completa. Había estado creyendo que una persona o situación tenía el poder de quitarme la alegría. En este capítulo, leemos que Eva comió del árbol del conocimiento del bien y del mal, y que fue acusada y castigada por obrar mal. De acuerdo con esta historia, una costilla de Adán fue lo que en realidad le dio vida a Eva, ¡es decir, que ella no podía vivir sin él! Yo me había estado sintiendo de la misma manera. Pero esta percepción falsa de la mujer no era mi identidad. Tenía que echar fuera todas esas creencias falsas y conocer mi identidad espiritual y verdadera. Comprendí que yo era buena, feliz, alegre, inteligente y completa, hecha a la perfecta imagen y semejanza de Dios.

Entender que nuestra identidad espiritual es la creación amada de Dios, eleva nuestro pensamiento para que podamos comprender a Dios más claramente. Esta comprensión está al alcance de todos nosotros. Todos podemos alcanzar una percepción más clara de la bondad y el amor de Dios. Y puesto que Dios es Todo, y lo creó todo, esta bondad lo incluye todo y está en todas partes. De manera que, ¿cómo podríamos romper con el Amor divino siempre presente o estar separados de él? ¡De ninguna manera!

A través de este razonamiento espiritual, me di cuenta de que, aunque había amor en esa relación, mi habilidad para sentirme amada no provenía de esa persona; yo podía sentir el amor de Dios directamente. No me faltaba nada, porque el amor de Dios es infinito, siempre presente y habla a nuestros corazones. Alcancé una comprensión nueva y renovada de mí misma: Fui creada “buena en gran manera”. No era una mujer incompleta que dependía de otros para tener vida o ser feliz.

Durante mi adolescencia, el practicista de la Ciencia Cristiana a quien mi familia llamaba con frecuencia, acostumbraba preguntarme: “¿Eres una joven del Génesis, capítulo 1, o del Génesis capítulo 2?” Esta era una pregunta muy útil cuando mi pensamiento comenzaba a caer en la creencia de que era inadecuada, me sentía sola, angustiada e insegura. A medida que oraba, llegué a descubrir que mi felicidad era espiritual. Cuando nuestra felicidad es espiritual, la misma es clara y constante. Ciencia y Salud nos dice: “El hombre no es un péndulo, oscilando entre el mal y el bien, el gozo y el pesar, la enfermedad y la salud, la vida y la muerte” (pág. 246). En aquella época apreciaba mucho esta idea, y recurría a ella con frecuencia. Nunca estamos separados de Dios; siempre somos espirituales y siempre estamos abrazados por el Amor divino.

Lo único que había cambiado en las circunstancias que rodeaban mi primera y segunda separación de esa persona, fue que había reanudado mi estudio de la Ciencia Cristiana y había empezado a recurrir a Dios en busca de guía para todo tipo de cosas, incluso las relaciones. Estaba demostrando realmente quién era yo, y en verdad, lo había sido todo el tiempo: la creación espiritual de Dios.

La mañana después de la segunda separación, me levanté, me vestí e hice algunos mandados sin pensarlo dos veces. Yo todavía quería a esa persona, en el sentido de que lo amaba porque era hijo de Dios. Me sentía plena y completa, y podía ver claramente que Dios nos amaba y nos guiaba a cada uno de nosotros. No había ni temor ni angustia. La curación era completa.

En lugar de sentirme como si hubiera perdido amor, sentía que había obtenido una percepción mucho más grande y expansiva de Dios como Amor. Estaba aprendiendo a amar como Dios ama, es decir, desinteresada e imparcialmente. También comprendí cuánto me amaba Dios, y comencé a quererme a mí misma como hija de Dios. Como resultado, las inseguridades a las que me había aferrado durante aquella relación desaparecieron. En todas las relaciones que he tenido desde entonces, y ahora, en mi matrimonio, amo en el sentido de que expreso el amor de Dios, que es siempre pleno y completo. Estoy verdaderamente agradecida porque todos siempre estamos en el Amor divino.

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Mary Baker Eddy, La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 353

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