Skip to main content

Dios nos preserva

Del número de julio de 2018 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana


Un día hace años, tomé un transbordador de noche desde Harwich, Inglaterra, hasta Bremerhaven, Alemania. Habíamos navegado en aguas tranquilas durante varias horas, no obstante, cuando anocheció de pronto se desató una violenta tormenta. El barco se sacudía no solo de la popa a la proa, sino también de lado a lado. 

El capitán nos indicó que fuéramos a nuestros camarotes. Al pasar por el comedor vi como todas las mesas y sillas eran lanzadas de un lado a otro del cuarto y se hacían añicos contra las paredes. Yo estaba realmente asustado; me sentía impotente, y pensaba que moriría. Aferrándome a todo lo que estaba fijo, me abrí paso hasta mi camarote. Pero el mismo era claustrofóbico, y parecía que no había forma de escapar.

Empecé a orar para comprender espiritualmente que no podía estar separado de la bondad de Dios. Sabía que, por ser la imagen de Dios, el hombre —todos, incluso todos los que estábamos en el barco— está protegido y controlado en todo momento por la ley del orden de Dios. La discordancia, cualquiera sea su naturaleza, no forma parte de la creación de Dios. Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras por Mary Baker Eddy, dice: “Las relaciones de Dios y el hombre, el Principio divino y la idea, son indestructibles en la Ciencia; y la Ciencia no conoce ninguna interrupción de la armonía ni retorno a ella, sino que mantiene que el orden divino o la ley espiritual, en el cual Dios y todo lo que Él crea son perfectos y eternos, ha permanecido inalterado en su historia eterna” (págs. 470–471).

El Salmo noventa y uno ayudó a guiar mi pensamiento. Declarando con firmeza que habitaba “al abrigo del Altísimo”, el reino de los cielos, sentí que Dios era “mi refugio y fortaleza” (según versión King James). Ninguna “pestilencia” —ni fuerza maligna— tenía poder, prestigio o entidad. Me negué a creer que pudiera tener miedo por “el terror nocturno”. Puesto que Dios era mi refugio, ningún mal podía hacerme daño, y ninguna “plaga” podía entrar en mi consciencia o en mi experiencia.

El Salmo continúa diciendo: “A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos”. Sentí que me confirmaban esto cuando abrí mi libro de texto de la Ciencia Cristiana y leí este mensaje angelical: “La armonía y la inmortalidad del hombre están intactas” (Ciencia y Salud, pág. 521). Al reflexionar sobre la palabra armonía, tomé consciencia de que Dios era la armonía misma, y que yo solo podía experimentar la paz que Dios conoce y expresa en toda Su creación.

Sin más, me acosté en la litera y simplemente me dormí, aunque el barco todavía se sacudía por todos lados. Cuando desperté, el sol brillaba y el mar estaba totalmente tranquilo. Cuando el transbordador atracó me enteré de que nadie a bordo se había lastimado.

Entonces ¿qué fue lo que ocurrió? Yo había tomado consciencia del gobierno que Dios ejerce sobre Su creación, y la discordancia había desaparecido de mi consciencia. Comprendí la verdad de mi relación con Dios, de que no hay separación entre Dios y Su idea, el hombre. La comprensión de que soy uno con Dios, destruyó mi percepción de que mi físico pudiera ser vulnerable y me liberó de la creencia de que me encontraba en un lugar inseguro, separado del cuidado de Dios. Y tengo la certeza de que mis oraciones contribuyeron a la seguridad de los demás.

En todo momento en que nos sintamos en riesgo, Dios, el Amor divino, está a nuestro alcance para preservarnos. Cuando estaba en el transbordador, aunque la tormenta no se calmó, la consciencia de la omnipresencia de Dios neutralizó el efecto del clima en mí. En cierto sentido me “sacó fuera” de la tormenta. La Sra. Eddy explica el poder de esta posición espiritual: “Que la discordancia, cualquiera sea su nombre y naturaleza, no se oiga más, y que el sentido armonioso y verdadero de la Vida y del ser tome posesión de la consciencia humana” (Ciencia y Salud, pág. 355).

A veces delineamos cómo debe Dios salvarnos del peligro. Tratamos de decirle lo que debe hacer, cómo deberían manifestarse las soluciones para capear los temporales en nuestra vida. No obstante, Dios nos muestra que Su ley espiritual está en operación. A medida que reemplazamos la forma mortal y limitada de pensar con la oración sincera, Su presencia y omnipotencia se revelan en nuestra vida.

Nuestras oraciones para que Dios nos preserve no tienen que ser influenciadas por los pensamientos discordantes que otros puedan tener, pensamientos que aceptan que realmente hay un poder aparte de Dios. Podemos confiar en que no estamos sujetos a las perturbaciones generales del pensamiento, y que el temor mortal no puede crear discordias o controlarnos.

La historia bíblica de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que sobrevivieron el horno de fuego ardiendo, es una evidencia de esta protección divina. En medio de esa aterradora experiencia, estos tres jóvenes mantuvieron una confianza firme en Dios. Y aunque todos los que los rodeaban esperaban que murieran, ellos salieron del horno de fuego sin que tuvieran siquiera olor a fuego (véase Daniel 3:13-27).

Cristo Jesús probó reiteradamente que las condiciones materiales no pueden influenciar a una idea de Dios. Cuando una multitud enardecida trató de matarlo, su comprensión espiritual lo capacitó para pasar por en medio de ella sin sufrir daño (véase Lucas 4:28-30).

Tenemos la misma habilidad para confiar en el cuidado de Dios sin tener temor de otros llamados espíritus, mentes o personalidades. En mi caso, aunque inicialmente pensé de otro modo, la verdad es que ahora y siempre, como dice el Salmo, “de Dios es el poder” (62:11). Incluso cuando un sentido mortal de desarmonía pareció mesmerizarme y hacerme temer que Dios, el Amor, no estaba presente y que causas externas podían tentarme a sentirme fuera de la atmósfera del Espíritu; en aquel mismo momento el Amor infinito estaba presente y tenía el control de la situación.

Nuestra seguridad está asegurada —ininterrumpida e intacta— porque “la salvación es del Señor” (Jonás 2:9, La Biblia de las Américas). Orar para saber esto, es eficaz para traer esta verdad a la consciencia humana mediante el Cristo. Tal vez no siempre veamos cómo la oración está destruyendo el mal, pero podemos afirmar con valentía que la totalidad de la Vida, la Verdad y el Amor infinitos excluye con eficacia el mal y revela el bien. El poder de Dios bendice a la humanidad, preservando para siempre nuestra paz y tranquilidad.

¡TENGA ACCESO A MÁS ARTÍCULOS INSPIRADORES COMO ESTE!

Bienvenido al Heraldo-Online, el sitio de El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Esperamos que disfrute de este artículo que ha sido compartido con usted.

 Para tener acceso total a los Heraldos, active una cuenta usando su suscripción impresa del Heraldo ¡o suscríbase hoy a JSH-Online!

More in this issue / julio de 2018

La misión de El Heraldo

La explicación divinamente inspirada de la Sra. Eddy sobre la misión de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, fundado en 1903, se ha convertido en símbolo de las actividades del movimiento de la Ciencia Cristiana que abarca al mundo. Las palabras de la Sra. Eddy figuran en la inscripción de la cornisa del edificio de La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana: para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la verdad. El Heraldo es una expresión tangible del interés de nuestra Guía en compartir con toda la humanidad el inapreciable conocimiento de la Ciencia de la Vida. La Sra. Eddy comprendió que el Consolador había venido “para la sanidad de las naciones”.

Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

Saber más acerca de El Heraldo y su misión.