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Original Web

La oración: Un recurso poderoso ahora y en cualquier momento

Del número de noviembre de 2020 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 17 de agosto de 2020 como original para la Web.


Durante la pandemia actual, muchas personas en todo el mundo han recurrido a la oración. Jeanet Bentzen, economista de la Universidad de Copenhague, Dinamarca, realizó una investigación y descubrió que las búsquedas en internet sobre la oración se dispararon durante el período en que el COVID-19 comenzó a proliferar rápidamente en todo el planeta.

Después de analizar los datos de las búsquedas de Google en 95 países, encontró lo siguiente: “En marzo de 2020, la proporción de búsquedas acerca de la oración en Google aumentó al nivel más alto jamás registrado, superando todos los otros sucesos importantes que de otra manera requieren oración, como Navidad, Pascua y Ramadán” (“In crisis, we pray: Religiosity and the COVID-19 pandemic,” CEPR Press, May 20, 2020).

La gente ora por la población en general de su propio país y de otras naciones. Ora por los trabajadores esenciales, como los enfermeros, personal de conserjería y empleados de supermercados; por los funcionarios de salud pública; e incluso por los planes nacionales de recuperación. ¿Pero cuál es la mejor forma de orar? Durante varias décadas, he encontrado que Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras es un recurso maravilloso, lleno de ideas prácticas sobre cómo orar, y cómo orar específicamente respecto a la enfermedad.

El libro se desarrolló a partir de la experiencia de su autora, Mary Baker Eddy (1821-1910), una cristiana devota de Nueva Inglaterra en los Estados Unidos. A lo largo de su vida, se apoyó fuertemente en la Biblia y en sus promesas de que Dios siempre está con nosotros, incluso en la enfermedad. Ella dedicó gran parte de su vida a aprender persistentemente cómo ver que esas promesas se cumplían.

Un momento decisivo para ella llegó cuando tenía poco más de veinte años, y su esposo, con quien se había casado hacía seis meses, falleció de fiebre amarilla. Esta fue la primera de muchas circunstancias dolorosas y difíciles que la obligaron a esforzarse por comprender cómo sanaba Jesús, y cómo lo hacía tan sistemáticamente. Muchas experiencias difíciles a lo largo de las décadas siguientes le enseñaron a confiar únicamente en Dios para encontrar soluciones.

En 1866, la oración la sanó de heridas internas causadas por un accidente. Este fue un momento clave en su comprensión de cómo estar bien y sanar a los demás, y cómo enseñar a otros a hacerlo. Ella y sus alumnos sanaron a la gente de muchas enfermedades, entre ellas tuberculosis, difteria y malaria. Y compartió gran parte de lo que aprendió sobre la oración y la curación en Ciencia y Salud, publicado por primera vez en 1875.

El libro enseña la curación de todo tipo de dificultades y la protección contra ellas, incluso enfermedades, basado en la comprensión de que nuestra identidad es semejante a Dios, puramente espiritual. Esto significa que en lugar de que nos defina la estatura o el color de la piel o la edad, lo que nos da nuestra individualidad es Dios, el Espíritu y Amor infinitos. Así como el ojo humano no puede ver que la tierra gira alrededor del sol y no al contrario, el ojo físico no puede ver nuestra espiritualidad pura, pero eso no significa que no sea verdadera. A pesar de todas las apariencias humanas, Dios nos conoce eterna e inmutablemente en nuestro ser espiritual real. Y debido a que nuestra verdadera composición es espiritual, incluimos cualidades espirituales tales como alegría, amabilidad, fortaleza, inteligencia, honestidad, integridad y salud, que podemos expresar en nuestra vida diaria. Estas cualidades son nuestra verdadera sustancia.

Nuestra naturaleza espiritual actual como la expresión de Dios es una base confiable para la oración que trae curación, como lo revela el primer capítulo de Ciencia y Salud, “La oración”. Dicha oración no consiste en pedirle a Dios algo que no tenemos, sino en estar conscientes de lo que ya tenemos y lo que somos eternamente por ser la creación de Dios. La verdadera oración no radica en repetir una serie de palabras o rogarle a Dios que intervenga; es percibir y comprender la realidad espiritual presente.

En marzo de este año, tuve una vez más la oportunidad de experimentar la eficacia de este enfoque de la oración. Después de dar mi última charla en Nigeria en una gira de conferencias por tres países africanos, comenzó a dolerme la garganta. Oré para comprender más claramente la inmunidad innata a la enfermedad que me pertenece por ser el reflejo espiritual de Dios. Un amigo aceptó con gusto orar por mí también.

Independientemente de lo que enfrentemos, tenemos el recurso más poderoso de todos, el amor omnipresente de Dios que jamás falla.

Tarde esa misma noche, recibí un mensaje de un familiar que decía que el gobierno de Canadá les pedía a todos los canadienses que, si no presentaban síntomas, regresaran al país mientras los vuelos comerciales todavía funcionaban. Decidí regresar a casa en Ottawa lo antes posible, y debido a que mi garganta todavía me dolía, le pedí a mi amigo que continuara orando conmigo.

Mis circunstancias en ese momento eran inciertas. ¿Lograría conseguir vuelos de Nigeria a Canadá? De ser así, ¿se me consideraría lo suficientemente saludable como para viajar? ¿O tendría que quedarme donde estaba y pasar semanas o incluso meses lejos de casa en una habitación de hotel?

Quería estar saludable y viajar, pero no había duda de que cumpliría con las regulaciones de la pandemia para proteger a los demás. Ciencia y Salud enseña que la aplicación de la ética práctica de la enseñanza de Jesús, de hacer a los demás como a uno le gustaría que le hicieran, es la base de la armonía, incluida la salud. Uno no puede orar con eficacia si no es justo, honesto y considerado con los demás. En consecuencia, yo quería obedecer la letra y el espíritu de cualquier regulación requerida por mi país de origen, por los países por los que pasara, y en todos los aeropuertos y aviones.

Mi oración se centró en parte en el concepto de hogar. En un sentido más elevado, el hogar no es un conjunto de circunstancias físicas ni siquiera la presencia de ciertas personas con nosotros. Más bien, es nuestra consciencia de la presencia constante de la bondad, la armonía y la seguridad que Dios causa. Entonces, lo cierto es que estaba en casa sin importar dónde estuviera físicamente. Como dice Ciencia y Salud en la página 254: “Peregrino en la tierra, tu morada es el cielo; extranjero, eres el huésped de Dios”.

Afirmé en oración que, por ser el reflejo espiritual y puro de Dios, cada uno de nosotros recibe todo lo que tiene directa y exclusivamente de Dios, así como un rayo de sol obtiene todo de su fuente, no de los otros rayos. ¡Dios, que es infinitamente bueno, ciertamente no causó la enfermedad ni en mí ni en nadie!

A través de la oración, pude encontrar y comprar un boleto por internet que me permitió salir al día siguiente, aunque me tomaría dos días de viaje volver a Canadá. Luego, pasé gran parte del día orando para reconocer la verdadera salud que Dios les había dado a las personas de todo el mundo, incluyéndome a mí.

Para cuando comencé mi viaje, estaba completamente libre del dolor de garganta. Seguí todos los requisitos de salud de la pandemia, incluido pasar por un escáner térmico en Accra, Ghana, el que confirmó que mi temperatura era normal. Y cuando regresé a Canadá, me aislé por dos semanas, como se requiere que hagan todos los viajeros que ingresan al país.

Si bien este fue un caso simple de enfermedad y la incertidumbre que causó, las ideas basadas en la Biblia que llenan Ciencia y Salud pueden ayudarnos a orar con eficacia en toda circunstancia. El libro dice: “Di a los enfermos que pueden enfrentar la enfermedad sin temor, si tan sólo se dan cuenta de que el Amor divino les da todo el poder sobre toda acción y condición físicas” (pág. 420). Más allá de ser un compendio de técnicas de oración, Ciencia y Salud ofrece información valiosa sobre quiénes y qué somos como hijos de Dios, y el dominio que esto nos brinda sobre el temor y la enfermedad. Independientemente de lo que enfrentemos, tenemos el recurso más poderoso de todos, el amor omnipresente de Dios que jamás falla.

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Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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