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Original Web

El poder de la oración para sanar

Del número de septiembre de 2018 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 19 de julio de 2018 como original para la Web.


Hace algunos años, al escuchar una charla inspiradora, quedé maravillada con un relato que el conferenciante compartió, sobre su completa recuperación después de un serio accidente automovilístico, apoyándose exclusivamente en la oración. El relato aparentemente milagroso me recordó las curaciones de Cristo Jesús en la Biblia, que había aprendido de niña en la Escuela Dominical protestante, pero en las que francamente, no había pensado desde entonces.

Quería saber más acerca de cómo esta curación había sido posible. El conferenciante era Científico Cristiano, así que comencé a asistir a las reuniones de testimonios de los miércoles en la Sociedad de la Ciencia Cristiana local. Allí escuché a los miembros compartir con alegría cómo habían sido sanados de una serie de dificultades confiando únicamente en las leyes espirituales de Dios.

Inspirada por esto, comencé a estudiar la Ciencia Cristiana. Poco a poco aprendí que la curación espiritual era el resultado natural de comprender que Dios, el Espíritu, es la fuente misma de nuestra existencia y que cada uno de nosotros, al ser hijos espirituales de Dios, reflejamos y expresamos la bondad infinita que constituye el ser de Dios.

Una analogía que me ayudó a comprender esta línea radical de razonamiento espiritual es la que dice que el sol no puede separarse de sus rayos. Comprendí que así como el sol irradia luz en forma de rayos, Dios expresa Sus atributos  —belleza, armonía, santidad, etc.— en Su linaje, el hombre (término genérico que también incluye a la mujer).

La oración humilde abre la puerta para que nuestro pensamiento se vuelva más espiritual.

Esta declaración en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras de la fundadora de El Heraldo, Mary Baker Eddy, aclaró más la idea de la inseparabilidad que tenemos con nuestro creador: “Así como una gota de agua es una con el océano, un rayo de luz uno con el sol, así Dios y el hombre, Padre e hijo, son uno en el ser” (pág. 361). Me gustó tanto que la puse en una canción y la canté como una oración durante todo el día.

Cuanto más reconocía el hecho espiritual de que soy uno con Dios, más armonía experimentaba en mis asuntos cotidianos. Por ejemplo, hasta ese momento, había tenido dificultades respiratorias extremas debido a una alergia. Las pruebas médicas identificaron que el polen de la flor de geranio era la causa del problema. No buscaba específicamente la curación de esta dificultad, y ni siquiera había vislumbrado por completo que la curación de esta condición en particular pudiera ser realmente posible. Pero mi anhelo de conocer más plenamente la presencia y el poder de Dios, el bien, tuvo como resultado que experimentara más de esa bondad en mi vida diaria, y con el tiempo mi respiración se volvió normal.

De hecho, en realidad me olvidé del problema hasta que pasó algún tiempo, después de mudarme a Canadá, y conocer y casarme con un hombre encantador que amaba el cultivo de los geranios. Él los invernaba y luego los alimentaba para que florecieran al verano siguiente. Un verano, mi madre vino de visita y, muy sorprendida, me preguntó: “¿Cómo es que tienes geranios en la casa?” Comencé a reírme a carcajadas al darme cuenta de la curación completa que había tenido.

Al reflexionar sobre esta experiencia, ahora sé que mi oración para sentir que la bondad de Dios gobierna mi vida, fue respondida cuando acepté que mi verdadera identidad era, y es, la expresión derivada de Dios, de Sus cualidades espirituales, en lugar de ser solo un ser mortal y material. La oración humilde abre la puerta para que nuestro pensamiento se vuelva más espiritual, es decir, para expresar nuestra unidad con Dios, y en el proceso, nuestra experiencia humana mejora, ¡incluso nuestra salud!

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La explicación divinamente inspirada de la Sra. Eddy sobre la misión de El Heraldo de la Ciencia Cristiana, fundado en 1903, se ha convertido en símbolo de las actividades del movimiento de la Ciencia Cristiana que abarca al mundo. Las palabras de la Sra. Eddy figuran en la inscripción de la cornisa del edificio de La Sociedad Editora de la Ciencia Cristiana: para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la verdad. El Heraldo es una expresión tangible del interés de nuestra Guía en compartir con toda la humanidad el inapreciable conocimiento de la Ciencia de la Vida. La Sra. Eddy comprendió que el Consolador había venido “para la sanidad de las naciones”.

Alfred F. Schneider, El Heraldo de la Ciencia Cristiana, número de mayo de 1974

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