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Original Web

Completa recuperación de una apoplejía

Del número de diciembre de 2017 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 16 de octubre de 2017 como original para la Web.


Ir a un hospital no era mi preferencia, sin embargo, me llevaron finalmente a uno cuando un día tuve una situación alarmante de salud, y un amoroso miembro de mi familia preocupado llamó una ambulancia. Tras ser admitida, las enfermeras me llevaron por un pasillo donde leí en la pared las palabras “Unidad de apoplejía”. Mi abuela había fallecido joven de una apoplejía, y empecé a tener temor. Permití que el desaliento tomara ventaja de mí.

A la mañana siguiente, me informaron que me llevarían a rehabilitación durante las próximas  dos semanas. Casi inmediatamente después de eso, tuve otro episodio. Una enfermera me puso en una silla de ruedas y me envió de inmediato a que me hicieran más exámenes. Después me llevaron a un cuarto poco iluminado para que esperara. Sentada allí en silencio, me volví a Dios en oración.

 Treinta y cuatro años antes, los médicos habían pronosticado que moriría de cáncer. Yo recurrí a la Ciencia Cristiana y sané por completo (véase “Caso de cáncer sanado”, Heraldo, Enero de 2003). Desde aquella curación, siempre me había apoyado totalmente en la Ciencia Cristiana, y sabía que podía apoyarme en ella ahora.

Mientras oraba, me vino este pensamiento: “Tú no vives en este mundo”. “Este mundo” significaba el mundo de la materia y la enfermedad. Pensé en “la declaración científica del ser” del libro de texto de la Ciencia Cristiana, el cual afirma que el hombre es espiritual, no material (véase Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras,pág. 468).Sabía que yo, en realidad, era espiritual, y Dios, el Espíritu, estaba siempre presente y cuidaba de mí por ser Su idea espiritual. Yo vivía en el universo espiritual de Dios, que estaba presente allí mismo, en ese mismo momento. No estaba gobernada por las llamadas leyes materiales, sino por la ley divina únicamente.

Me relajé y sentí una sensación de paz. Antes de esto, no había podido sentir mi mano derecha, pero casi de inmediato después de esa oración, sentí picazón en la mano y recuperé un poco de fuerza. Me senté más derecha en la silla. Decidí regresar a casa y llamar a un practicista de la Ciencia Cristiana para que me diera un tratamiento sanador mediante la oración.

Mis familiares trataron de convencerme de que me quedara en el hospital, pero yo me mantuve firme. Una estudiante de enfermería vino a hablarme. Me dijo que todos en su clase de enfermería estaban hablando de mí: la paciente que enviaron a hacerse exámenes desplomada en una silla de ruedas, y regresó sentada derecha, exigiendo irse a su casa. Le conté acerca de la Ciencia Cristiana y los numerosos ejemplos de curación que había tenido al ponerla en práctica.

El médico dijo que los exámenes mostraban que había tenido una apoplejía, pero que ellos no podían hacer nada por mí. Comentó que me daba de baja para que me fuera a mi casa y que me daría una prescripción, pero que debía ir a ver a un médico. Le agradecí, pero yo sabía que no necesitaría ni la prescripción ni el médico, porque podía apoyarme totalmente en el poder sanador de Dios.

Cuando llegué a casa, llamé a un practicista de la Ciencia Cristiana para que orara por mí, y leí la Lección Bíblica de la Ciencia Cristiana de esa semana. Descubrí que podía caminar por mi cuenta y sostener un sándwich que mi hija me había hecho.

El practicista me animó a que supiera que no necesitaba recuperar mis fuerzas porque la verdad era que yo ya expresaba fuerza por ser la imagen de Dios, y podía probarlo.

Me habían dado un bastón pesado y algunas predicciones terribles, y como no podía levantar la parte superior del pie derecho ni los dedos, me dijeron que necesitaría algo que elevara mi zapato. Mentalmente negué todas las creencias materiales falsas que me habían presentado. En Ciencia y Salud leemos: “Niega la existencia de la materia, y puedes destruir la creencia en condiciones materiales” (pág. 368). Esas creencias materiales y predicciones basadas en la materia, de ninguna manera se aplicaban a mí, la idea espiritual de Dios.

Dos días más tarde, durante la cena, me resultaba difícil usar el tenedor. Recurrí a Dios, y me vino el pensamiento de que toda la creencia material de apoplejía era solo un sueño, no la verdad de mi existencia. Ciencia y Salud afirma: “Puede que un mortal esté cansado o dolorido, que goce o sufra, de acuerdo con el sueño que tenga mientras duerme. Cuando ese sueño se desvanece, el mortal se da cuenta de que no está experimentando ninguna de estas sensaciones del sueño” (pág. 250). Si yo soñara que me estoy cayendo, después de despertarme no buscaría la evidencia de haber sufrido una verdadera caída. En realidad, lo mismo era cierto de la apoplejía. Era simplemente parte del sueño mortal de vida en la materia. No era más real que un sueño de una caída, de modo que en verdad no podía haber ninguna evidencia de haber sufrido una apoplejía.

Me embargó una sensación de calma. Después de cenar, vi una película corta con mi hijo y mis nietos. Entonces mi hijo llevó a los niños a prepararse para ir a dormir, y yo extendí el brazo y tomé el control remoto del televisor y cambié el canal. Al poner el control sobre la mesa, de pronto me di cuenta de lo que acababa de hacer. Mi mano derecha estaba funcionando con total normalidad. Más temprano aquella noche, yo no habría tenido ni la fuerza ni la coordinación para recoger el control remoto o presionar los botones del mismo para cambiar el canal. Las lágrimas rodaban por mis mejillas cuando le agradecí a Dios.

Al comienzo de cada día, declaro mi perfección como hija de Dios, leo la Lección Bíblica, y paso un tiempo orando. Disfruté de la visita de mi hijo y de mis nietos, y pudimos hacer todo lo que habíamos planeado previamente, como salir a cenar y asistir a una feria del estado. Al principio me movía lentamente, pero me negué a ceder a una mentira acerca de mi verdadera naturaleza espiritual como imagen de Dios. Fui mejorando a diario.

Una semana después de haber salido del hospital, regresé para devolverles el bastón a los que me lo habían dado. Los miembros del personal que me vieron estaban asombrados. Me dijeron que tenía mucha suerte, y les expliqué que la suerte no tenía nada que ver con mi libertad, pero la oración sí. Vieron que podía levantar mi mano y mi pie normalmente.

Para fines de la semana siguiente, había recuperado toda mi fuerza y regresado a mi trabajo como maestra en una escuela secundaria. No mucho después de eso, me jubilé, y dos días más tarde, mi hijo me llamó para decirme que se estaba divorciando y me pidió que me mudara a otro estado para ayudar a cuidar de sus hijos. Yo oré y me sentí guiada a ir. Mi casa se vendió muy rápido, y me mudé a la casa de mi hijo. Hoy, continúo muy activa a cargo del cuidado de la casa, las compras, la cocina y atendiendo a dos niños pequeños.

Al principio después de esta experiencia, unas pocas veces me pareció sentir un síntoma, pero cada vez lo enfrenté rápidamente con la oración en la Ciencia Cristiana. Esto ocurrió hace tres años y la curación ha sido completa y permanente. Estoy muy agradecida por la Ciencia Cristiana.

Phyllis Schulze Valentine
St. Louis, Missouri, EE.UU.

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Mary Sands Lee, Christian Science Sentinel, 7 de julio de 1956

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