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Original Web

La iglesia de Cristo, gloriosa y sin mancha

Del número de enero de 2020 de El Heraldo de la Ciencia Cristiana

Apareció primero el 21 de noviembre de 2019 como original para la Web.


Según me contaron, la primera vez que entré en una iglesia fue en los brazos de mi madre. Era una beba de tres meses de edad. Jamás me habría imaginado en aquel entonces que sería el comienzo de una relación permanente y feliz con la iglesia.

Durante mi niñez y adolescencia asistí a la misma iglesia —una filial de La Iglesia Madre, La Primera Iglesia de Cristo, Científico, en Boston— como estudiante de la Escuela Dominical. Aprendíamos sobre la importancia de la Biblia en nuestras vidas, acerca de Dios y cómo orar. Recuerdo una ocasión, cuando tenía unos nueve o diez años, en que revisé mentalmente los conceptos espirituales sobre los que habíamos hablado en clase ese día al ir en el auto de regreso a casa con mi familia. Me dije: “Acuérdate, los estás aprendiendo para ponerlos en práctica”.

Desde un principio, me había dado cuenta de que participar en la iglesia no es una actividad pasiva, ni es cuestión de asistir a los servicios religiosos o a la Escuela Dominical porque sentíamos que era un deber o una tradición de familia. Tampoco se trata de aceptar simplemente trabajos en los comités. Consiste, más bien, en ceder a Dios momento a momento y permitir que el Amor divino embeba nuestros pensamientos y purifique nuestros móviles.

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