Imagínate esto: Un virus letal se desata y barre el mundo a una velocidad casi vertiginosa. Un equipo internacional de expertos entra en acción para seguir su rastro, para encontrar una cura, o por lo menos para retardar la propagación de la enfermedad. Estalla el pánico y se extiende más rápido que la epidemia. Al mismo tiempo, la gente lucha por arreglárselas como puede mientras el mundo que los rodea se derrumba ante sus ojos.
¿No tiene este ataque de un desgarrador capítulo tras otro un sabor más a Hollywood que a la vida real? No es de sorprenderse. Eso es lo que es. La película de acción y suspenso “Contagio”, recientemente lanzada en los Estados Unidos, cuenta esta historia.
Junto con esto, sin querer puede que plantee algunas preguntas para el observador atento. Una conocida estrella de cine, especialmente en peligro en la pantalla grande, tiene una atracción, casi hipnótica, sobre sus admiradores. Las películas de contagio a menudo tienen una atracción similar. Lo mismo ocurre con las películas de pánico que están en auge. Entonces, en la vida real, ¿es el contagio el que provoca el miedo? ¿O al revés? ¿Es el miedo el que provoca el contagio? Y el romper el poder hipnótico de la atracción estelar de uno – cualquiera de los dos – ¿ayuda a romper el dominio del otro?
Una cosa es segura: tomar control sobre tu propia conciencia tiene un valor inestimable. Hacerlo significa que te conviertes en una especie de guardián mental. Tú decides qué imágenes, qué pensamientos y qué atracciones mentales entran y cuáles no están permitidos. También significa que te vuelves consciente del poder divino, la única Verdad, el único Dios. Esta Verdad te prepara mental y espiritualmente para ser un observador eficaz del pensamiento y para volverte cada vez más exigente en ello. En última instancia, el objetivo es llegar a mantener constantemente pensamientos que emanan de la Verdad inmortal, y excluir sistemáticamente los pensamientos procedentes de una mentalidad supuesta y carente de poder divino. Considera esta curación de Cristo Jesús. La Biblia nos cuenta que el Maestro sana a un hombre afectado por la lepra, una enfermedad considerada altamente contagiosa. Las normas aceptadas de la época sostenían que esto hacía al hombre no solo impuro sino también intocable. Sin embargo, mira lo que hizo Jesús: “Y vino a Él un leproso, rogándole; y arrodillándose ante Él, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, teniendo compasión de él, extendió su mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio. Y así que hubo Él hablado, al instante la lepra se fue de aquél, y quedó limpio”. (Marcos 1: 40 -42).
Lo que llevó a la sociedad a establecer esa prohibición con respecto a los leprosos fue la atracción mental del temor. Pero lo que llevó a Jesús a anular esa atracción fue la compasión. La compasión del Cristo – el mensaje del amor del Padre por la humanidad – no podía dejar de llegar al paciente, silenciar la alarma mental de muerte, y revelar la salud, la armonía y el bienestar como innatos en cada uno de los hijos amados del Padre; esto es, en todos nosotros.
Tres relatos de esta sanación aparecen en las Escrituras. Al final de cada relato Jesús instruye al hombre que no le diga a nadie de la curación. ¿Podría haber sido que Jesús, una vez que estableció la salud y destruyó el temor en el pensamiento del paciente – y por lo tanto en el cuerpo del paciente – no quería que el chismorreo y la especulación mental y la opinión mortal entraran en la curación? Cualquiera que sea la razón, es el toque del Cristo – no la atracción hipnótica del pánico – lo que trae el poder sanativo de la Verdad a la escena de hoy, tal como lo hizo entonces.
La Verdad siempre presente causa solo lo que es consistente con la naturaleza de la Verdad. Cualquier cosa ajena a la naturaleza divina, como la enfermedad, se elimina por el hecho seguro de que la presencia constante de la Verdad no deja lugar para una presencia contraria. La fundadora del diario Christian Science Monitor, Mary Baker Eddy, en su obra principal sobre curación espiritual, “Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras,” lo pone de esta manera: “La Verdad trata el contagio más maligno con perfecta seguridad.” (pág. 176).
Entonces, ¿qué se elimina en primer lugar, el contagio o el miedo al contagio? Finalmente, ni el miedo ni la enfermedad son decretados por Dios, o sostenidos por Dios. Ninguno de los dos tiene un futuro en el reino de la Verdad. Al final vamos a vislumbrar que ninguno de ellos tiene presente alguno. Como una película que nunca se va a repetir y que ahora llega a su parte final, el miedo y el contagio pueden llegar a un fin inmediato y permanente. La Vida sin temor, y con una salud que no se puede invadir, es lo que el Padre tiene designado para ti. Es un regalo de Dios, de la Verdad que te hace libre (ver Juan 8 32).
