
Relatos de curación
Razoné que, si Dios es omnisciente y lo sabe todo, y llena todo el espacio y es todopoderoso, entonces la materia y el dolor no pueden existir; ni siquiera hay un milímetro de espacio para ellos en la creación espiritual.
La Verdad y el Amor calmaron mi temor con la comprensión cristianamente científica de que este nacimiento no era un evento físico, sino el desenvolvimiento por parte de Dios de una nueva idea espiritual que salía a la luz con espontánea energía.
Empecé a leer el libro. Aunque al principio no comprendí el contenido, sentí que me haría bien, así que seguí explorándolo. Compré un número de El Heraldo de la Ciencia Cristiana. A medida que lo leía, empecé a entender más.
Aunque era evidente que estaba bajo la influencia de drogas o alcohol, yo no tenía miedo. Mis oraciones anteriores me habían preparado, y estaba tranquila, sabiendo que siempre estamos protegidos en nuestro servicio a Dios.
Afirmaba que yo era una idea espiritual de la Mente divina, Dios, y que era pura y perfecta, y cuanto más no solo creía, sino que también comprendía esto, más sólida y tranquila me sentía.
Sabía que lidiar con el concepto de la malapráctica no tenía por qué ser espeluznante o misterioso, sino que era necesario defenderme mentalmente de la malicia, las imposiciones sobre mi buen trabajo o cualquier otra cosa que pareciera interferir con mi seguridad y unidad con Dios, el Amor divino.
Agradecí inmensamente a Dios y sentí una renovada fortaleza para seguir aprendiendo y practicando las enseñanzas de la Ciencia Cristiana.
Pronto me entregué por completo a Dios y a Su presencia. Le agradecí cuánto me amaba y por la oportunidad de estar en la vida de este familiar y de ayudarla con cariño cuando ella lo necesitaba. Las lágrimas fluyeron al sentir la presencia de Dios, y Su amor llenó mi conciencia.
Mi travesía no ha terminado, y sé que tengo mucho trabajo por delante mientras Dios me guía por “sendas de justicia” (Salmos 23:3). Pero estoy fuera del desierto y en la tierra prometida.
La oración en la Ciencia Cristiana nos ayuda a comprender mejor nuestra verdadera identidad como hijos de Dios, del Espíritu —como totalmente espiritual, no en ni de la materia—.