
Relatos de curación
Entonces vino el pensamiento de “[pelear] la buena batalla” (1 Timoteo 6:12). Mientras estaba sentada en el auto, dije en voz alta: “Soy el reflejo del Espíritu, y en la Verdad no hay historia de error”. Me estaba sacudiendo del pensamiento polvoriento del sueño-Adán y despertando a Dios, el bien.
Estoy extraordinariamente agradecido por esa maestra de la Escuela Dominical. A pesar de la imagen que yo presentaba, supongo que ella tenía en su pensamiento mi perfección como creación de Dios.
Dejar de lado el temor y cualquier creencia de que el bien es limitado o está fuera de nuestro alcance nos permite escuchar los pensamientos de Dios que nos guían y nos tranquilizan. Estas ideas son nuestras por derecho de nacimiento como hijos de Dios y abren el camino para que el bien se desenvuelva en nuestra experiencia.
El hombre, la verdadera identidad espiritual de cada uno de nosotros, no es una combinación de maquinaria material, orgánica y funciones. Como imagen y semejanza de Dios, el Espíritu, soy espiritual, completo y estoy compuesto solo por cualidades armoniosas.
A medida que abracé más plenamente mi individualidad espiritual como un hijo amado e inmortal de Dios, el Alma, libre de cualquier enfermedad, pude rechazar la teoría basada en la materia de que las enfermedades son inevitables.
Mis hijos y yo estamos muy agradecidos por la renovación de nuestro hogar, pero aún más agradecidos por haber reconocido la bondad y la constancia del Amor divino en nuestras vidas.
Humildemente di gracias a Dios. Expresé gratitud por la misión sanadora de Cristo Jesús y por el obsequio de la Ciencia Cristiana, que nos revela la comprensión de la verdadera ciudadanía espiritual de todos y la libertad que conlleva esta comprensión.
Atribuyo la rapidez con la que se restauró mi casa enteramente a la oración, especialmente cuando supe que la empresa de restauración había recibido más de mil llamadas de ayuda relacionadas con las tormentas. Mi gratitud desbordó.
Le dije a mi hija lo que estaba viendo: que la verdadera naturaleza de Leawood era espiritual, perfecta, completa y libre, y que nuestras oraciones no estaban haciendo que esto fuera verdad, sino que afirmaban que ya era verdad.
Gracias a Dios, y a lo que había aprendido y comprendido de la Ciencia Cristiana, lo único dentro de mi conciencia era lo que el sentido espiritual afirmaba: la realidad eterna de la Mente, Dios. Empecé a verme como una expresión de Dios, reflejando perfección y armonía.