
Relatos de curación
Dejar de lado el temor y cualquier creencia de que el bien es limitado o está fuera de nuestro alcance nos permite escuchar los pensamientos de Dios que nos guían y nos tranquilizan. Estas ideas son nuestras por derecho de nacimiento como hijos de Dios y abren el camino para que el bien se desenvuelva en nuestra experiencia.
La palabra corazón aparece más de cien veces tan solo en el libro de los Salmos, y ver el concepto de corazón desde una perspectiva espiritual puede ayudarnos en tiempos de angustia.
Seguí leyendo Ciencia y Salud y aprendí que todos somos hijos de Dios, hechos a Su imagen y semejanza, verdaderamente buenos e inocentes. ¡Qué hecho espiritual tan magnífico!
Con todas las ideas anteriores, puedo empezar a comprender la totalidad de Dios, entendiendo que, dado que Dios lo es todo, no hay lugar para el caos, la enfermedad o cualquier otra situación que parezca grave y que, sin embargo, cuando cambiamos nuestra perspectiva correctamente, desaparece en la nada.
Comprendí que mi audición está intacta para siempre, que puedo escuchar la voz de mi Padre porque Él se comunica directamente con mi conciencia. No hay intermediarios entre la Mente única y su idea.
Pude agradecer tanto a la enfermera como a la practicista de la Ciencia Cristiana por sus servicios y regresar a casa por mi cuenta. Una vecina amorosa me recibió en el aeropuerto y me ayudó con la compra y los recados. Otra persona cuidó de mi perro y me recordó que la bondad seguía manifestándose en mi experiencia.
En ese momento me di cuenta de que se necesitaba más. No era suficiente profesar un amor teórico por mi jefe sobre la base de que era miembro de la raza humana. En cambio, necesitaba ver que este hombre era el hombre que hizo Dios.
Mientras tratábamos a nuestro hijo a través de la Ciencia Cristiana, continuamos teniendo claramente en mente que era un hijo de Dios: perfecto, espiritual y sano. También reconocimos que, como tal, solo podía ser la imagen y semejanza de lo que es Dios, el bien, y que su naturaleza siempre había consistido plenamente en reflejar a Dios, el Amor.
Me mantenía fiel a mi propósito de estar en la iglesia: sanar y ser sanada. No necesitaba dejar que un incidente irreal interrumpiera la alegría que sentí al salir de casa quince minutos antes ni la inspiración que iba a recibir durante el servicio. Sabía que mi verdadera salud y bienestar eran sostenidos por Dios.
Siempre he sabido que Dios me ama, y confié en que Él estaba conmigo en ese preciso momento. Sabía que la “voz callada y suave” de Dios nos guiaba a mi madre y a mí. Me sentí inspirada a pensar en los Diez Mandamientos y, en ese momento de temor, quise honrar a mi madre escuchándola.