
Relatos de curación
Gracias a Dios, y a lo que había aprendido y comprendido de la Ciencia Cristiana, lo único dentro de mi conciencia era lo que el sentido espiritual afirmaba: la realidad eterna de la Mente, Dios. Empecé a verme como una expresión de Dios, reflejando perfección y armonía.
Seguí leyendo Ciencia y Salud y aprendí que todos somos hijos de Dios, hechos a Su imagen y semejanza, verdaderamente buenos e inocentes. ¡Qué hecho espiritual tan magnífico!
Reafirmaba la verdad de que Dios mantenía mi bienestar a cada momento de esta intrusión, sabiendo que el único resultado posible para refutar esta mentira —este sueño basado en un sentido material de la existencia— era una victoria espiritual sobre ella.
La practicista fue muy amorosa e inquebrantable en su convicción de que, como hija de Dios, yo era perfecta en ese mismo momento y que ninguna prueba física podría cambiar ese hecho.
Mientras el dolor aumentaba, me aferré al Cristo, la Verdad, como uno se aferra a una roca en un mar agitado. La salvación llegó a través de una llamada telefónica de un amigo que también es Científico Cristiano.
De vuelta en casa, sola en mi habitación, reconsiderando y agradeciendo por cómo habían evolucionado las cosas durante esta experiencia, me di cuenta de que durante el trayecto a la clínica había perdido todo el temor. Sentí que Dios me cuidaba y me protegía y simplemente me dejé guiar, como un niño camina de la mano de su madre.
Solo quería saber lo que Dios sabía y veía sobre Su universo. Mientras oraba en silencio, todo sentido de vida material se desvaneció y sentí una profunda paz. Me senté y disfruté de este hermoso momento durante el resto de la clase.
Lo que más agradezco es la sensación de paz que percibí incluso antes de que hiciéramos algún cambio. No tuve que esperar a que mi hija durmiera tranquila para sentirme en paz. Sabía que todo estaría bien. El amor maternal de Dios nos abrazó a todos como familia y nos ayudó durante toda esta experiencia.
Razoné que, si Dios es omnisciente y lo sabe todo, y llena todo el espacio y es todopoderoso, entonces la materia y el dolor no pueden existir; ni siquiera hay un milímetro de espacio para ellos en la creación espiritual.
Esta perspectiva más pura sobre lo que hacía —al confiar y glorificar a Dios— detuvo la sensación de lesión y dolor en la rodilla. El cambio fue inmediato. Crucé el paso, continuando hacia mi destino esa misma tarde con total libertad.