
Relatos de curación
Razoné que, si Dios es omnisciente y lo sabe todo, y llena todo el espacio y es todopoderoso, entonces la materia y el dolor no pueden existir; ni siquiera hay un milímetro de espacio para ellos en la creación espiritual.
Esta perspectiva más pura sobre lo que hacía —al confiar y glorificar a Dios— detuvo la sensación de lesión y dolor en la rodilla. El cambio fue inmediato. Crucé el paso, continuando hacia mi destino esa misma tarde con total libertad.
Pronto me entregué por completo a Dios y a Su presencia. Le agradecí cuánto me amaba y por la oportunidad de estar en la vida de este familiar y de ayudarla con cariño cuando ella lo necesitaba. Las lágrimas fluyeron al sentir la presencia de Dios, y Su amor llenó mi conciencia.
La palabra corazón aparece más de cien veces tan solo en el libro de los Salmos, y ver el concepto de corazón desde una perspectiva espiritual puede ayudarnos en tiempos de angustia.
Después de acostar a nuestra hija, llamé a una practicista de la Ciencia Cristiana para que apoyara mis oraciones con un tratamiento de la Ciencia Cristiana. Después de hablar, me sentí segura de que este trabajo de oración sería eficaz.
Me comuniqué con otra practicista, quien aceptó orar por mí. Me recordó que no existía ninguna ley de Dios que respaldara esa mentira de dolor y que yo tenía la autoridad divina para negar su realidad o necesidad.
Debo confesar que nunca había sentido el cuidado del Amor divino tan intensamente como con esta hermosa curación. Me sentía tranquila, segura y confiada a pesar de las visibles evidencias de un accidente. Fue maravilloso darme cuenta de que la única vida que existe radica en Dios, no en la sangre ni en la carne.
En mi estudio de la Ciencia Cristiana, he aprendido que abordar los problemas con la comprensión de que soy espiritual, la semejanza o reflejo de Dios, el Espíritu, trae curación.
La ley de Dios pone todo en su lugar, y el hombre expresa la actividad sin obstáculos del Amor y el Alma. No hay debilidad ni fallo en nada que Dios haya creado.
Siempre he sabido que Dios me ama, y confié en que Él estaba conmigo en ese preciso momento. Sabía que la “voz callada y suave” de Dios nos guiaba a mi madre y a mí. Me sentí inspirada a pensar en los Diez Mandamientos y, en ese momento de temor, quise honrar a mi madre escuchándola.