El mundo tiene muchas formas de llevar la cuenta de las cosas: el escalón que ocupas en la escalera corporativa; el balance en tu cuenta bancaria; el barrio o la colonia donde vives; tus resultados en el golf; la cantidad de amigos que tienes en Facebook; tu promedio académico; tu edad; la marca de tu ropa, etc. Todas éstos pueden tomarse como indicadores claves o pistas en cuanto a tu posición en la escuela o en el trabajo, en la vida social, o hasta dentro de tu propia casa.
Mucha gente ha llegado a la conclusión que sólo hay una posición que vale la pena ocupar: la de estar en la cima. El deseo de ser el mejor, poseer más bienes que nadie, sobrepasar a tus competidores y ganar, ganar, ganar, es parte importante del motor de motivación que mueve al mundo. La Biblia indica este modus operandi en la frase “¿Quién es el mayor?”
Claro que no tiene nada de malo esforzarse para obtener el éxito, o inclusive, para llegar a la cima. Pero tal vez valga la pena pensar si la ambición dominante de llegar a ser el Número Uno te llevará finalmente a donde realmente quieres llegar.
Mary Baker Eddy, quien descubrió y fundó la Ciencia Cristiana, pensó en esto. En un artículo titulado “La vanagloria” ella escribió, “¿Quién ha de ser el mayor? y ¿Quién ha de ser el mejor?” (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 268). La Sra. Eddy vio que el deseo de ser el mayor muchas veces es la fuerza motivadora en las interacciones humanas. Pero ella dejó muy claro que el esfuerzo y la ambición humanos no son necesariamente la clave para entrar al reino de los cielos. Tampoco garantizan estos la felicidad y satisfacción duraderas, a pesar de que a veces parecen ofrecer estos premios. La cita continua así: “La gloria terrenal es vana; pero no lo suficientemente vana para intentar señalar el camino al cielo, la armonía del ser”.
Entonces, si la meta verdadera es alcanzar el cielo, ¿puede aún ser constructivo y conducir a la armonía la obsesiva búsqueda de la gloria terrenal?
En muchas áreas de la vida, en los negocios en especial, existen grupos de personas encargados de decidir cuál es la mejor manera de impulsar cierta actividad. Cada individuo es necesario e importante para el éxito del proyecto, y cada uno tiene su lugar y un papel que cumplir. Pero con demasiada frecuencia se entremete la motivación agresiva de quién ha de ser el que reciba el reconocimiento: quién va a ser el mayor, o quién va a ser el mejor.
Invariablemente, cuando dicha actitud forma parte de la acción, es como si el “clima” emocional del lugar se nublara. La conversación disminuye; el tono mordaz aparece en las discusiones, y se siente menos amor y buena voluntad. Desgraciadamente, en tal atmósfera, también aparecen las mañas de ganarle “puntos” al otro, así como los comentarios despreciativos. Aunque la actitud competitiva de alguien puede que gane puntos, que logre obtener un gol o que gane el partido, finalmente puede que socave la solidaridad del grupo, además de la alegría y productividad de todo el proyecto.
Jesús tenía plena consciencia de lo que es el deseo humano de ser el mayor. En una ocasión, una madre le pidió a Jesús que sus dos hijos se sentaran con él en el reino celestial, uno de cada lado. Era algo así como tratar de hacer la reserva para asegurarse el mejor lugar. Jesús le indicó que el requisito para obtener ese lugar era más riguroso de lo que la madre ambiciosa se imaginaba (ver Mateo 20: 20-28) y que sólo Dios decidía el asunto. A pesar de sus esfuerzos ella no logró hubicar a sus hijos donde quería.
Para seguir a Jesús de verdad hay que abandonar la tendencia a querer ganar a expensas del otro. De hecho, el ganar “como sea” es precisamente lo contrario de lo que predicaba Jesús. Cuando le preguntaron los discípulos, “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?”, él les dijo que no era el que lograra el mejor status humano sino el que demostrara la mansedumbre de un niño. Dijo: “Cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos” (Mateo 18:1-4).
La humilde disposición de amar a los demás como a nosotros mismos, sin tomar en cuenta el marcador, la posición o el status en cualquier estructura, trae la mayor satisfacción espiritual y la realización del reino de los cielos. Lo que importa no es “¿Quién es el mayor?”; lo que hará que se gane el premio máximo es amar a los demás de manera humilde y desinteresada.
