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Sin amigos ni familia, una respuesta al sentimiento de soledad

De The Christian Science Monitor - 17 de febrero de 2011


La tendencia casi irresistible de mantenerse en contacto con amigos y familiares es de gran importancia hoy en día. El Internet, el textearse, los teléfonos celulares – todos ellos han posibilitado que la gente se conecte a cualquier hora del día o de la noche, no importa dónde vivan o en qué zona horaria estén.

Para algunos, esta comunicación es imprescindible para intercambiar información comercial, opiniones políticas, o simplemente para planear reuniones. Pero para otros, puede que sea señal de temor a sentirse separados, solos y aislados. Es normal tener el deseo de sentir el apoyo de la familia y los amigos, de su apoyo y amor. Por otra parte, cuando ese deseo de convierte en obsesión, eso puede ser un problema.

Recuerdo un día en que me sentí totalmente separado de amigos y familiares. Era una sensación de vacío repentino que mis circunstancias humanas no podían resolver. Acababa de ser asignado en el exterior en una misión militar. No conocía a nadie. Incluso los compañeros con quienes me había entrenado habían sido enviados a otros países. Yo era soltero, sin familia ni amigos, con pocas posibilidades de estar en contacto con aquellos que me eran conocidos.

Un domingo por la mañana mientras esperaba que comenzara el servicio en una iglesia local de la Ciencia Cristiana que estaba visitando, me sentía profundamente solo. Para encontrar ayuda, busqué los himnos que íbamos a cantar y poco a poco empecé a sentir una sensación de calidez y consuelo. En esos minutos antes del servicio, mi sensación de aislamiento y soledad comenzó a desvanecerse hasta desaparecer por completo.

Los himnos hablaban del amor de Dios para con todos Sus hijos, de Dios como Padre-Madre, dándole paz y alegría a Su familia, del cuidado inmediato y siempre presente del Amor divino para todos. El primer himno era una pieza musical puesta a un poema de Mary Baker Eddy, con esta frase: “Habita con nosotros el señor, Su brazo nos rodea con Amor” (Himnario de la Ciencia Cristiana, No. 207).

Salí de la iglesia totalmente libre de todo sentimiento de soledad y aislamiento. Estaba sanado, y sentí muy de cerca el cuidado y la presencia de Dios. Fue fácil responder a la amable hospitalidad de los miembros que me recibieron como visitante en su iglesia.

Esta curación de separación momentánea e intensa, no solo me ayudó en lo que se refiere a mi necesidad personales, sino que también me ayudó a mirar fuera de mi, a los que me rodean, y a ser más amable, a incluir más a los demás. Ya no me sentía solo y aislado. Una semana después, una pareja de la iglesia me invitó a su casa después de un servicio y me ofreció su hospitalidad durante el tiempo que estuve estacionado allí. Incluso me dieron las llaves de la casa y una habitación para que la usara cuando la necesitase. Nuestra amistad floreció y se mantuvo durante muchos años.

Ya sea que nos enfrentemos a un futuro que parece aislarnos, o a una situación inminente, podemos encontrar gran consuelo al recurrir a Dios, que es el Amor divino siempre presente. Si uno se siente solo o aislado de los demás por una tragedia, una separación, o un cambio de domicilio, no hay mejor manera de llenar ese vacío que recurrir a la presencia y el amor de Dios para encontrar consuelo y apoyo.

El marido, que me dio la bienvenida a su hogar, tenía un dicho favorito: “Dios está más cerca de mí, que mi uña lo está a la carne”. Eso siempre fue un consuelo reconfortante, porque da a entender la proximidad de Dios a cada uno de nosotros, aún cuando nos sintamos muy solos. Puesto que Dios, el Amor infinito, está siempre presente y llena todo el espacio, nadie puede escapar a esa tierna influencia divina, reconfortante y sanadora. Nosotros tenemos que volvernos al Amor divino de todo corazón y confiar en Su bondad y benevolencia.

El autor de los Salmos habla al lector de la Biblia con ese consuelo: “¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si hiciere mi estrado en el infierno, hete allí. Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra” (Salmo 139: 7-10).

El amor de Dios es universal, no limitado por circunstancias, hechos o condiciones. Nadie puede escapar de Su presencia porque Dios, el Amor divino, está siempre presente. Todos podemos decir: “Tu diestra me asirá a mí y a todo el mundo”.

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