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¡Aleluya!

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 30 de marzo de 2026


No es que no se los hubiera contado. El libro de Lucas en la Biblia relata que, en por lo menos tres distintas ocasiones, Jesús había informado a sus discípulos que sería arrestado, ridiculizado, golpeado y crucificado —una forma horrenda de ejecución— pero les aseguró que resucitaría al tercer día.

No lo dijo de pasada. En una de esas ocasiones les pidió que dejaran que sus palabras “penetren bien en [sus] oídos” (Lucas 9:44) —en términos modernos, “Escuchen, por favor, esto es realmente importante”—. Otra de esas ocasiones fue tras un momento profundo en el que los discípulos reconocieron su misión divina de traer luz y salvación a la humanidad. Pero cuando todo lo que había predicho ocurrió, y exactamente de la forma en que había vuelto a decir que ocurriría solo días antes,  pareció que sus palabras no habían calado en los oídos de los discípulos. Cuando Jesús fue retirado de la cruz y sepultado en una tumba, en vez de contar los días hasta que resucitara, los discípulos se escondieron. Luego se burlaron de quienes decían haber visto a Jesús vivo al tercer día. No fue sino hasta que Jesús se les apareció personalmente que finalmente creyeron.

Su incapacidad para creer en lo que Jesús les dijo muestra cuán profundamente la mente humana se resiste a aceptar el evangelio que Jesús vino a enseñar y a probar. ¿Habríamos respondido de forma diferente si hubiéramos estado en el lugar de los discípulos? Ellos no tenían el Nuevo Testamento; no sabían cómo terminaba la historia. La fuerte reacción de Pedro en una de las ocasiones en que Jesús predijo lo que sufriría muestra lo impactantes que fueron esas palabras para ellos: “¡Dios no lo quiera, Señor! Esto nunca te ocurrirá” (Mateo 16:22, Revised Standard Version). ¿Fue la crucifixión una experiencia apropiada para el ungido de Dios? “¡Dios no lo quiera!”, exclamó Pedro, y es difícil no unirse a él en ese sentimiento.

Pero ¿de qué otra forma se podía transmitir el mensaje de Jesús sobre la salvación plena del hombre a aquellos para los que la materia parecía ser tan real como el Espíritu, Dios? Jesús ya había estado demostrando la capacidad de los hijos de Dios para reflejar el poder divino al destruir todo tipo de mal y superar la materia misma. Había sanado a los enfermos, resucitado a los muertos, caminado sobre el agua y viajado instantáneamente de un lugar a otro. Pero incluso sus propios discípulos todavía creían que había un límite para el dominio de Jesús sobre el mal y la materia.

No obstante, no había ningún límite. Nunca lo hubo. Dios no tiene límites, así que Sus hijos tampoco los tienen. Pero los seguidores de Jesús necesitaban estar plenamente conscientes de ese hecho. Para romper la resistencia de la mente humana, para demostrar su irrealidad, Jesús permitió que la suma total del mal y el odio dirigidos hacia él y la verdad que enseñó hicieran lo peor, que arrojaran todo lo que tenían contra él. Y él superó ese intento. Exactamente como había dicho que haría. Exactamente como sabía que podía hacerlo. Era un conocimiento nacido de su convicción de que Dios es el único poder; hecho que él incluso le señaló al representante del Imperio Romano que estaba a punto de condenarlo a la crucifixión (véase Juan 19:10, 11).

Fue esta poderosa demostración la que finalmente destruyó el miedo de sus discípulos de que el poder de Dios tuviera un límite, que al final la materia siempre  fuera la victoriosa. La Descubridora de la Ciencia Cristiana, Mary Baker Eddy, escribe: “Su resurrección fue también la resurrección de ellos. Los ayudó a elevarse a sí mismos y a otros del embotamiento espiritual y de la creencia ciega en Dios a la percepción de posibilidades infinitas” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 34). Al desaparecer su duda y oscuridad, los discípulos pronto salieron de su escondite, fortalecidos para llevar el mensaje de Jesús adelante con valentía, enseñarlo, demostrarlo y transmitirlo.

El mensaje de la resurrección sigue siendo verdadero. No somos mortales atrapados en problemas mortales. Somos hijos de la luz, hijos del Amor, amados por el Amor que nos cuida, nos guarda y guía a cada momento.

Tal vez, nos sintamos sepultados en la duda y el miedo. Quizá estemos convencidos de que la Ciencia Cristiana funciona para algunas cosas —o para algunas personas, pero no para otras, ni para nosotros—. Si es así, podemos permitir que la resurrección de Jesús sea también nuestra resurrección, fortaleciéndonos para elevarnos a nosotros mismos y a los demás desde una fe esperanzadora en Dios hacia la clara comprensión de todo lo que es posible para Él.

Al reconocer el sacrificio de Cristo Jesús, podemos recordar que el hizo una demostracion completa y pública del poder de Dios sobre la creencia en cualquier poder aparte de Dios. No tenemos que sufrir con Jesús en el sentido de que tenemos que repetir su experiencia. Pero para compartir su gloria, necesitamos vivir como nos enseñó a vivir, pensar como nos enseñó a pensar, actuar como nos enseñó a actuar. Podemos empezar poco a poco, pero al hacerlo, al poner fielmente en práctica sus enseñanzas, descubriremos que nosotros también podemos sanar, podemos hacer resplandecer la luz de la salvación en el mundo.

¡Aleluya! Nos han dicho: ¡la buena noticia es nuestra!

Lisa Rennie Sytsma
Redactora Adjunta

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