Desde niño, me han encantado las áreas silvestres, donde puedo alejarme de las distracciones y estar solo con mis pensamientos. Estos lugares ofrecen oportunidades para reflexionar sobre los problemas y obtener nueva inspiración.
Un día, mientras corría por un sendero remoto en las montañas, de repente sentí que la cabeza me daba vueltas. Cuando recuperé la conciencia, me encontré acurrucado como una bola en el suelo en medio de una oración silenciosa. De inmediato, sentí una conexión con Dios. No recordaba haber empezado la oración y pensé que debía estar recibiendo ayuda divina.
En la Ciencia Cristiana he aprendido que Dios es Principio y Verdad y no depende de nuestra declaración de verdades espirituales para existir. La verdad ya existe, y damos testimonio de ella, al escuchar y ver naturalmente lo que es verdadero, así como expresándolo como hijos de Dios.
A pesar de esta certeza, varios temores inundaron mi pensamiento: ¿Qué pasó? ¿Estoy herido? ¿Necesito ayuda? Estos miedos fueron inmediatamente contrarrestados por palabras de Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escritas por Mary Baker Eddy, la Descubridora y Fundadora de la Ciencia Cristiana: “Sé el portero a la puerta del pensamiento. Admitiendo sólo las conclusiones que deseas que se realicen en resultados corporales, te gobernarás armoniosamente a ti mismo. Cuando esté presente la condición que tú dices induce la enfermedad, ya sea aire, ejercicio, herencia, contagio o accidente, desempeña entonces tu oficio de portero y no permitas entrada a estos pensamientos y temores malsanos” (pág. 392). Esta guía pareció estrechar las “puertas” de mi pensamiento para que los temores no pudieran entrar todos de golpe, y las preguntas que me preocupaban se fueron desacelerando hasta llegar una a la vez. Enfrenté cada una de las siguientes maneras:
- ¿Qué ha pasado? No lo sé y no necesito saberlo. Como Dios es del todo bueno y gobierna el universo, no puede haber accidentes, nada que pueda hacernos daño.
- ¿Estoy herido? No, soy una idea espiritual de Dios, la Mente infinita, no un mortal sujeto a fuerzas físicas, incluidas aquellas que podrían hacerme daño. Como idea espiritual, expreso cualidades divinas que son permanentes, y represento de forma continua y completa la bondad de Dios. Las ideas de la Mente son inmunes al cambio o a la distorsión. Así como un número real no cambia cuando su símbolo está escrito en una pizarra y luego es parcialmente borrado, las ideas de Dios no se ven disminuidas de ninguna manera cuando su expresión exterior aparece distorsionada.
- ¿Necesito ayuda? No soy un mero ser físico que está en problemas y carece de ayuda humana. Siempre soy uno con Dios, y Él provee todas mis necesidades.
Los miedos cesaron y supe que estaba bien.
Durante todo el tiempo que oré en el suelo, mantuve los ojos cerrados. Cuando los abrí, vi un árbol caído inclinado a través del camino y me di cuenta de que sin darme cuenta había chocado contra él, sin saberlo. Afirmé que el árbol tenía una función útil en el bosque y que yo no estoy en guerra con mi entorno; existo en el reino del Espíritu, Dios. Me levanté y empecé a caminar de regreso por el sendero y no me sentí ni solo ni a kilómetros de casa. La armonía divina, el reino de los cielos que Cristo Jesús dijo que estaba ’cerca’ (Mateo 4:17), estaba presente en ese momento, allí mismo.
En cuestión de minutos, volví a correr, porque esto me parecía natural. No había síntomas de conmoción cerebral, y los ocho kilómetros de vuelta a mi coche estuvieron llenos de gratitud por la protección y el cuidado amorosos de Dios.
Al volver a casa, mientras me limpiaba, evité mirarme en el espejo para ver si había algún efecto de mi encuentro con el árbol. Al día siguiente, amigos a quienes les conté sobre esta maravillosa prueba del cuidado de Dios señalaron que no había evidencia de que hubiera chocado con un árbol. Lo que había pasado parecía tan irreal como si hubiera tenido una pesadilla, que no tiene ningún poder para dañar ni dejar marca.
Al reflexionar sobre esta experiencia, surgió la pregunta: “¿Podremos alguna vez estar realmente en un desierto, en un lugar donde Dios no esté?” Para quienes no las conocen, las zonas silvestres a veces pueden inducir miedo, duda y desaliento. No obstante, la Biblia ofrece numerosos relatos de personas que encontraron esperanza, valor, iluminación y un claro sentido de unidad con Dios en el desierto.
El profeta Ezequiel habló de Dios como de un pastor que vela por sus ovejas: “Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré. Como reconoce su rebaño el pastor el día que está en medio de sus ovejas esparcidas, así reconoceré mis ovejas, y las libraré de todos los lugares en que fueron esparcidas el día del nublado y de la oscuridad. ... Y sabrán que yo Jehová su Dios estoy con ellos, y ellos son mi pueblo, la casa de Israel, dice Jehová el Señor” (Ezequiel 34:11, 12, 30).
Revelaciones bíblicas como esta nos muestran que nunca tenemos que sentirnos separados de Dios, ni sentir que hemos ido más allá de lo que Dios puede protegernos, cuidarnos y amarnos. Esta comprensión de la presencia constante de Dios nos da libertad y paz.
Mark Whalley
Centerville, Massachusetts, EE. UU.
