En 2022, tuve dos grandes desafíos físicos. Ambos fueron sanados a través de la Ciencia Cristiana. El primer desafío tuvo que ver con la movilidad y dolor intenso en una pierna. La tentación era esconderme en casa y quedarme en el “aposento de la oración”. Esto incluía la idea de que no podía asistir a la iglesia en persona, porque caminar, sentarme y andar en coche era extremadamente incómodo. Aunque nuestra iglesia tenía una opción en línea, me resistía a participar de esa manera. Realmente sabía que no había mejor ambiente sanador que estar allí en la iglesia. Y sentía un enorme apoyo de parte de otros miembros de la iglesia filial.
La segunda frase en la definición de Iglesia en el libro de texto de la Ciencia Cristiana, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy, fue muy significativa para mí: “La Iglesia es aquella institución que da prueba de su utilidad y se halla elevando la raza, despertando el entendimiento dormido de las creencias materiales a la comprensión de las ideas espirituales y la demostración de la Ciencia divina, así echando fuera los demonios, o el error, y sanando a los enfermos” (pág. 583).
Claramente buscaba pruebas de la práctica de la Ciencia Cristiana. Estaba preparado para que mis pensamientos se elevaran a fin de reconocer mi perfección siempre presente. Deseaba con desesperación que despertara toda comprensión inactiva. Anhelaba percibir ideas espirituales. Y sabía que el trabajo que hacíamos mi practicista de la Ciencia Cristiana y yo era para demostrar la Ciencia divina que sana a los enfermos. ¿Cómo no iba a estar en la iglesia? Pronto, el dolor y la movilidad limitada desaparecieron y sané.
El segundo desafío que se superó con éxito ese año es el siguiente. Un miércoles de ese verano, estaba cortando el césped cuando tuve una sensación extraña en el lado izquierdo de la cara. No le di mucha importancia y terminé mi tarea. Sin embargo, cuando entré en la casa para ducharme, la imagen en el espejo era extraña y aterradora: el lado izquierdo de mi cara ya no estaba simétrico, sino caído y sin sensibilidad alguna.
Cuando llamé a un practicista de la Ciencia Cristiana para pedirle ayuda, me aseguró que yo era perfecto como hijo de Dios. Este pasaje de Ciencia y Salud fue muy útil: “El sentido corporal, o error, puede que parezca ocultar la Verdad, la salud, la armonía y la Ciencia, así como la niebla oculta el sol o la montaña; pero la Ciencia, el sol de la Verdad, disipará la sombra y revelará las cumbres celestiales” (pág. 299).
Pasaron muchas semanas antes de que aparecieran signos externos de progreso. Pero a pesar de los desafíos que tenía para comer, beber y hablar, permanecí impertérrito. Sabía que “sólo por medio de una confianza radical en la Verdad puede ser realizado el poder científico de la curación” (Ciencia y Salud, pág. 167). ¡Y no iba a rendirme! Luché contra las falsas pretensiones de que la Ciencia Cristiana no sana; que, bueno, tal vez la Ciencia Cristiana sane, pero no me sanará a mí; que no sé lo suficiente o no soy digno de ser sanado; y que no estaba orando lo suficiente, “haciéndolo bien”, y demás.
Seguí trabajando con el practicista, expresando paciencia lo mejor que podía y asegurándome de no usar la materia como referencia para medir el progreso. Estaba convencido de que, como dice Ciencia y Salud: “Hay sólo un único camino que conduce al cielo, la armonía, y Cristo en la Ciencia divina nos muestra este camino. Es no conocer otra realidad —no tener otra consciencia de la vida— que el bien, Dios y Su reflejo, y elevarse por encima de los llamados dolores y placeres de los sentidos” (pág. 242).
Este desafío físico en particular presentó otro argumento, mucho más sutil, en contra de ir a la iglesia. Esta vez no se trataba de dolor, sino que, como me parecía un poco al personaje del Joker de una de las películas de Batman, ¡necesitaba dejar de sentirme cohibido! A medida que me veía más claramente como el hijo de Dios, entendía que no había mejor lugar en la tierra para mí que la iglesia. Razonaba que los miembros de mi iglesia también me verían como el hijo de Dios y no se obsesionarían con mi apariencia.
Durante ese tiempo, releí Ciencia y Salud y avancé mucho releyendo los otros escritos de la Sra. Eddy. El progreso llegó (en el pensamiento, aunque aún no en el cuerpo) unas dos semanas después, cuando leí las palabras de nuestra Guía en la página 4 del libro de texto de la Ciencia Cristiana: “Lo que más necesitamos es la oración del deseo ferviente de crecer en gracia, expresada en paciencia, mansedumbre, amor y buenas obras”.
Razoné que, si eso era lo que más necesitaba, más me valía ponerme a trabajar en ello. Reflexioné sobre lo que significaba para mí “crecer en gracia” y busqué el significado de paciencia y mansedumbre. Me di cuenta de que expresaba estas cualidades y sin duda vivía mi vida encarnando el amor y las buenas obras. Y esperaba con ilusión alcanzar un mayor crecimiento espiritual de esta manera.
A la mañana siguiente, mi cara tenía más simetría. Pude comer normalmente. Había claramente señales externas de progreso, que continuó durante los siguientes cuatro días. Cada día mi rostro y mi sonrisa volvían a estar más cerca de la normalidad, hasta que sané por completo.
Durante este tiempo, no me perdí de asistir a un servicio dominical ni a una reunión de testimonios de los miércoles por la noche. Solo puedo hablar desde el corazón y decir que creo que mi fidelidad a asistir a la iglesia en persona fue un factor importante en ambas curaciones. Aprendí a no dejar que la incomodidad o la inseguridad se interpusieran en el camino para probar lo que se nos anima a demostrar en esa maravillosa definición de Iglesia. No tengo palabras para expresar la gratitud que siento.
David Furbush
Traverse City, Michigan, EE. UU.
