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El hallazgo más preciado

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 8 de junio de 2026

Publicado originalmente en portugués


Siempre estoy llena de alegría cuando comparto cómo conocí la Ciencia Cristiana.

Cuando estaba en octavo grado, mi clase recibió nuevos alumnos, y no podía imaginar que entre ellos hubiera alguien que me presentara algo tan preciado como la Ciencia Cristiana.

Esta chica asistía a la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana. Aprecié la forma en que se relacionaba con los demás con amor y alegría genuinos. No tardamos en hacernos buenas amigas. Hoy entiendo que expresaba cualidades espirituales que desbordaban de amor por Dios y por su prójimo.

Como estudiábamos juntas con frecuencia para los exámenes escolares en su casa, también llegué a apreciar a su familia. Me impresionó la forma amorosa, pura e incondicional en que me acogieron. Un día, hojeé algunos libros que había sobre una mesa: la Biblia y Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, escrito por Mary Baker Eddy, y también el Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana, que contiene las Lecciones Bíblicas semanales. 

En tan solo unos minutos leí algunas frases que me hicieron querer tener un ejemplar de Ciencia y Salud para mí misma. No sabía dónde comprarlo ni cómo describirle el libro a mi madre para que pudiera comprarlo. Guardé ese deseo en mi corazón sin mencionar nada a nadie.

Pero la madre de mi amiga notó mi interés por Ciencia y Salud y se lo mencionó a un practicista de la Ciencia Cristiana, quien de inmediato me envió el libro de regalo, aunque no me conocía. Recuerdo el momento en que lo recibí con gran afecto, como una manifestación de la gracia de Dios. Y pronto aprendí que “El deseo es oración; y nada se puede perder por confiar nuestros deseos a Dios para que puedan ser moldeados y elevados antes que tomen forma en palabras y en acciones” (Ciencia y Salud, pág. 1).

Leí el libro durante largas horas, incluso cuando parecía que no entendía mucho. Luego mis nuevos amigos me invitaron a asistir a la Escuela Dominical en la Iglesia de Cristo, Científico, local. Esta familia me llevó a la Escuela Dominical durante unos años hasta que saqué el carné de conducir. En la Escuela Dominical aprendí sobre la edición de El Heraldo de la Ciencia Cristiana en portugués, y desde entonces siempre he dado prioridad a suscribirme y leerlo.

También empecé a asistir a las reuniones de testimonios de los miércoles y a las conferencias de la Ciencia Cristiana, a comprar literatura de la Ciencia Cristiana en la Sala de Lectura y participar en reuniones juveniles en Brasil en esa época. Conocí a los practicistas de mi región y aprendí a no sentirme avergonzada de hablar con ellos sobre mis preguntas respecto a la Ciencia Cristiana y también sobre las preocupaciones que enfrentamos los estudiantes jóvenes como yo en su vida diaria. Me apoyaron con mucho amor y paciencia. Me apoyé en las enseñanzas de la Ciencia Cristiana cada vez más para sanar y encontrar soluciones a los problemas que enfrentaba. Algunas curaciones fueron instantáneas; otras requirieron más perseverancia.  

En una ocasión, durante un brote de dengue en los años 90 en Río de Janeiro, descubrí que tenía los síntomas de esta enfermedad, sobre la que estaban informando en los medios, incluyendo fiebre alta. Decidí llamar a una practicista de la Ciencia Cristiana para pedirle que orara por mí. Me recordó el efecto del miedo en el pensamiento y el cuerpo. Como dice Ciencia y Salud: “Siempre comienza tu tratamiento apaciguando el temor de los pacientes. Silenciosamente asegúrales que están exentos de enfermedad y peligro…. Si logras eliminar el temor por completo, tu paciente es sanado” (págs. 411-412). Y eso es lo que me pasó a mí. Después de hablar con la practicista, me sentí totalmente libre del miedo y me levanté de inmediato para comer. Los síntomas desaparecieron por completo. Me sané al instante.

En otra ocasión, cuando estaba de vacaciones con unos amigos en el sur de Brasil, me desperté con fiebre y dolor de garganta. Ese día tuve que afrontar nuestro viaje de 15 horas de manejo de regreso a casa. Le pedí a un amigo de la Ciencia Cristiana que orara por mí. Viajaba con Ciencia y Salud en el regazo, para detenerme a leerlo de vez en cuando mientras oraba. Así que durante todo el viaje fui inspirada por las ideas del libro.

Con estas ideas, fui reconociendo poco a poco que la única realidad es la de Dios, el Espíritu, donde la enfermedad no existe. Al confiar en esta y otras verdades espirituales, también reconocí que estaba totalmente inmersa en el Amor divino, y que este Amor cuidaba de mí y de todos. A medida que mi pensamiento se elevaba, fui mejorando paso a paso durante el viaje. 

Resultó que mis oraciones también me habían preparado mentalmente para enfrentar una situación inesperada. Una pequeña piedra destruyó el parabrisas delantero del coche. Nos detuvimos en la carretera para quitar todo el cristal, pero por intuición espiritual, también quitamos y conservamos la goma que sella el cristal. Después descubrimos que había sido muy importante tomar esta decisión, porque cuando finalmente encontramos una gasolinera con un pequeño taller, el mecánico tenía el cristal para cambiar el parabrisas, pero no el sello de goma. El mecánico también mencionó que el taller normalmente no estaba abierto a esa hora un sábado por la tarde, pero que ese día él consideró que no debía cerrar a la hora habitual. Para él había sido una coincidencia increíble, pero yo sabía que era prueba de la omnipresencia de Dios, haciendo que todos estuvieran en el lugar correcto en el momento adecuado. 

El coche fue arreglado y pudimos terminar el viaje sin problemas. Al final de la travesía, yo estaba completamente libre de la incomodidad que había estado experimentando. 

Esta experiencia me sigue ayudando hoy en día cuando tengo dificultades, porque me demostró que el poder de Dios siempre está presente cuando enfrentamos cualquier situación adversa, y que mediante la oración podemos abordar con más éxito las circunstancias imprevistas.

La riqueza de literatura y recursos que ofrece la Ciencia Cristiana es un excelente apoyo para mi estudio de la Ciencia Cristiana y el crecimiento espiritual. Mi perspectiva sobre las personas, las cosas y el mundo sigue volviéndose más espiritual. He notado que expreso más calma, más paciencia y más respeto hacia mi prójimo, así que mis relaciones con los demás han mejorado. Mi marido abrazó la Ciencia Cristiana, y me alegra que nuestro hijo haya tenido la oportunidad de asistir a la Escuela Dominical de la Ciencia Cristiana.

Reconozco, con mucha gratitud, la importante función que desempeñan los miembros de la iglesia al expresar cualidades cristianas puras en su vida diaria a quienes los rodean. Sirven desinteresadamente a la comunidad y a la Iglesia, con el propósito de promover el bien de la humanidad y de llevar adelante el mensaje de amor fraternal de Cristo Jesús.  

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