Skip to main content Skip to search Skip to header Skip to footer
Original Web

La conexión más profunda

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 27 de julio de 2026

Apareció primero el 27 de julio de 2026 como original para la Web.


Para muchos miembros de la iglesia es más fácil hablar del revolucionario descubrimiento de Mary Baker Eddy cuando se encuentran entre Científicos Cristianos. Nos sentimos cómodos en ese círculo.

Pero ¿podemos sentirnos tan seguros y libres cuando compartimos la Ciencia Cristiana en círculos más amplios?

En la oficina del Cuerpo de Conferenciantes escuchamos informes de cómo lo han estado haciendo ustedes; que con confianza comparten la Ciencia Cristiana con sus amigos, vecinos, familiares y compañeros de trabajo. Un elemento común en estos informes es la comprensión de que la Ciencia Cristiana es útil para todo el mundo. Esta Ciencia es universalmente sanadora y comprensible y, de hecho, revela nuestra salvación. Es por eso que compartir ideas es más fácil y muy natural cuando hemos reconocido que Dios es la única Mente.

Mary Baker Eddy explica en Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras: “Cuando nos damos cuenta de que hay una sola Mente, se revela la ley divina de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos” (pág. 205). ¡Claro que sí! Tener la misma Mente que otra persona es tener una conexión profunda y significativa. Comprender y sentir esa conexión elimina las diferencias superficiales. Entonces, amamos lo suficiente a nuestro prójimo y de forma natural, como para superar la timidez o la vergüenza y hablar desde el corazón.

Debido a que Dios es también la Mente de nuestro prójimo, los conceptos de la Ciencia Cristiana en cierta medida ya son comprendidos; es algo innato para todos. He descubierto que confiar activamente en que, la misma Mente que me guía a mí, guía a mi prójimo también, y esto permite que pueda expresarme con mayor simplicidad, abierta y sinceramente. Más que plantearle algo a alguna persona que tal vez pueda aceptar, o no, sería más bien algo así como si alguien le mostrara a otra persona, un hermoso amanecer y luego ambos, estando juntos, disfrutaran y contemplaran ese momento.

Una miembro de una iglesia filial tuvo una experiencia similar al contemplar un amanecer junto a unos amigos. Ella y sus hijos pequeños participaban en varias actividades de juego y recreación para niños. Aunque las familias provenían de diferentes culturas y practicaban diferentes religiones, era evidente —por las conversaciones entre las madres— que todas ellas se tomaban la crianza de sus hijos muy en serio, y que eran genuinamente receptivas a las ideas de las demás, especialmente a las ideas espirituales. Al reconocer que la misma Mente amorosa las guiaba a todas, esta madre vio una oportunidad. Pidió a su iglesia que patrocinara una serie de conferencias de la Ciencia Cristiana; especialmente para abordar temas de interés para los padres. Este tipo de actividades no era algo que la iglesia filial hubiera hecho antes, pero la miembro se sintió inspirada por Dios para solicitarlo, y sus compañeros de iglesia estuvieron de acuerdo. Sabía que no sería su responsabilidad (ni siquiera la del conferenciante) tener que demostrar nada, ni cambiar la forma de pensar de la gente. Todos ya tenían la misma fuente infinita de sabiduría y guía.

La miembro de la filial tuvo la confianza de invitar a estas madres a las conferencias, y otros miembros siguieron su ejemplo invitando a otros padres en sus lugares de trabajo, en los colegios de sus hijos, etc. Al parecer, las invitaciones se dieron de forma tan natural, que tuvieron bendecida acogida, porque ¡la asistencia del público a las conferencias fue excelente! Nuevas ideas sobre este evento y también de Ciencia y Salud (tales como que Dios es un Padre-Madre amoroso, y que Dios es la única causa y el único creador), se convirtieron en puntos de referencia en las conversaciones de las madres a partir de entonces. Curiosamente, aunque esta serie de conferencias tuvieron un impacto duradero, la miembro de la iglesia sintió que había sido uno de los eventos más fáciles que ella había ayudado a organizar. No fue necesario hacer proselitismo ni animar al público para conseguir una audiencia interesada.

¿Cómo sucedió? ¿Qué nos capacita para encontrar oportunidades de compartir la Ciencia Cristiana? No es talento personal ni carisma. No necesitamos sentirnos supercreativos, solo obedientes al impulso amoroso que nos llega de Dios, la Mente. Este impulso o inspiración es la misma influencia para el bien que Jesús expresó con constancia y tiene un nombre especial en los escritos de la Sra. Eddy. Es el Cristo.

Ciencia y Salud explica: “Cristo es la verdadera idea que proclama el bien, el divino mensaje de Dios a los hombres que habla a la consciencia humana” (pág. 332). El Cristo es muy práctico. Cuando sentimos la inspiración que sana un problema de larga data, encontramos el valor moral para mejorar una situación tensa en la oficina, o nos sentimos motivados a tener una conversación profunda con un vecino al que normalmente solo saludamos con la mano, eso es el Cristo. Es tan amorosamente eficaz y activo en 2026 como lo era en los tiempos de Jesús.

A veces, el impulso inicial al compartir la Ciencia Cristiana tiene un resultado diferente al que esperábamos. Por ejemplo, en un intento por responder a amigos hispanohablantes, en búsqueda de ideas espirituales, una Científica Cristiana memorizó varios pasajes de la Biblia en español, que no era su lengua materna. El propósito original (pensó ella) de esta actividad impulsada por el Cristo era crear un video sobre la curación de la Ciencia Cristiana que llegara a todas las personas de habla hispana a través de internet. Aunque ella ya sabía algo de español, el lenguaje bíblico en español le era desconocido. Aprender los versículos no le resultó fácil. Cuenta que hubo momentos en los que pensó: “¡Voy a tardar una eternidad! ¿Valdrá realmente la pena?”. Pero su deseo de llegar a la gente con el mensaje de la Ciencia Cristiana la hizo seguir adelante. Saber que era inspirada por la misma Mente que aquellos potenciales espectadores hispanohablantes, le dio ímpetu a su trabajo.

Finalmente, consiguió memorizar los versículos. Aún faltaba tiempo para la grabación del video, pero en un viaje, que no tenía relación alguna con el video, la recogió un conductor que solo hablaba español. Era un buscador espiritual listo para dar el siguiente paso en su camino. La Científica Cristiana no podía creer lo bien que los versículos de la Biblia se adecuaron a su conversación sobre la Ciencia Cristiana y con qué facilidad los expresaba. Fue capaz de hablar con profunda sinceridad a alguien a quien ni siquiera estaba esperando conocer. Cuando llegaron al destino, el conductor le dio su teléfono y le dijo en español: “¡Ok, compártame todo!”. Ella compartió con él muchos recursos en línea, incluida una lista de las próximas conferencias que serían ofrecidas en su zona. Y, por supuesto, la interacción con esta persona la ayudó a que la sesión posterior, del video que tenía pensado, también fuera auténtica y útil.

Puede que lo más obvio que tenemos en común cuando interactuamos con otras personas sea el idioma que hablamos, o el deporte que practicamos (dicen que se comparte mucho la Ciencia Cristiana en las canchas de pickleball) o el lugar en el que trabajamos. El Cristo impulsa esos vínculos comunitarios, brindándonos oportunidades naturales para compartir la Ciencia Cristiana. Entonces descubrimos que la conexión más profunda y duradera, ya estaba ahí: somos hijos del mismo Dios, inspirados por la misma Mente.

Así que, aunque hablemos de formas de conectar o interactuar de manera natural con nuestro prójimo cara a cara, incluso en la era tecnológica actual, es bueno recordar que la conexión real e inquebrantable ya está presente y siempre lo ha estado.

Se podría decir que la unidad de cada individuo con la Mente divina, el Amor divino, es la conexión suprema, y esta permite (de hecho, garantiza) la conexión con los demás. Esto se puede evidenciar en conversaciones inesperadas, o quizá en una espontánea oportunidad de poder ayudar a otra persona, o cuando alguien dice haber asistido a una conferencia “sin saber por qué estoy aquí”. El Cristo impulsa los actos que se asemejan a conexiones comunitarias, y la naturaleza misma de la Mente divina única, asegura que la conexión real ya existe.

¿Qué pasa si nos sentimos inspirados, pero nos resulta difícil desviar la conversación de los comentarios amables cotidianos a algo fundamental que nos ayudará de verdad? ¿Y si nos cuesta incluso entablar una conversación? A veces parece que sentimos que esta resistencia viene de dentro. ¿Desea mi vecino de verdad oír hablar de mi religión o de la charla que organiza mi iglesia? Puede que no, pero he descubierto que el Cristo nos ayuda a superar la visión limitada de la Ciencia Cristiana como denominación religiosa y a comprenderla como la Ciencia del ser, una descripción de la realidad. Este reconocimiento elimina la incomodidad y la reemplaza con un afecto y respeto genuinos hacia la persona con la que hablamos.

El amor de la Ciencia construye algo, ¿verdad? ¡Despierta nuestra valentía moral innata! La propaga y puede aportar energía a un diálogo que va más allá de como hablaríamos normalmente. Se trata de apoyar la experiencia de alguien con Dios en tiempo real. En el proceso, puede que nos demos cuenta de que la gente tiene más curiosidad e interés del que pensábamos, o que el bien que sentimos y por él que nos esforzamos por vivir como testigos de Dios, es muy importante y necesario.

Este anhelo profundo de experimentar una sola Mente, junto con la actividad inspirada por el Cristo, resulta en curación. Ciencia y Salud dice: “Cristo, como la idea espiritual o verdadera de Dios, viene ahora, como antaño, predicando el evangelio a los pobres, sanando a los enfermos y echando fuera los males” (pág. 347).

Este año, la oficina del Cuerpo de Conferenciantes ha recibido informes de curaciones de tendinitis, lesiones de espalda, dolor abdominal, un crecimiento anormal, problemas de movilidad, fatiga crónica y mucho más. Estas curaciones ocurrieron durante las conferencias o como resultado del trabajo de oración realizado antes y después de estas. Muchas gracias por su parte vital en la actividad de conferencias de la Ciencia Cristiana. ¡Estamos deseando trabajar con ustedes el próximo año!

Melanie Wahlberg
Gerente del Cuerpo de Conferenciantes de la Ciencia Cristiana

Para explorar más contenido similar a este, lo invitamos a registrarse para recibir notificaciones semanales del Heraldo. Recibirá artículos, grabaciones de audio y anuncios directamente por WhatsApp o correo electrónico. 

Registrarse

Más artículos en la web

La misión del Heraldo

 “... para proclamar la actividad y disponibilidad universales de la Verdad...”

                                                                                                          Mary Baker Eddy

Saber más acerca del Heraldo y su misión.