Para el pueblo que Moisés liberó de la esclavitud egipcia, la Pascua fue una travesía de entendimiento —de reconocimiento de su liberación del yugo de la esclavitud y de su estado como pueblo de Dios—. Selló su alianza con Dios y profundizó su gozo de ser merecedores de la Tierra Prometida.
Su gratitud debe de haber sido profunda, ya que se salvaron de una plaga mortal y de los esfuerzos por mantenerlos esclavos. Y continuarían siendo sostenidos durante sus cuarenta años de viaje a través del desierto. El maná aparecía a diario, el agua fluía de las rocas, y pilares de nubes y fuego los protegían y guiaban, día y noche. A lo largo de los siglos siguientes, la Pascua ha conmovido los corazones con el alegre reconocimiento del poder liberador de Dios.
Éxodo 6:6, 7 destaca cuatro conceptos que nos dan una visión sobre el significado de la celebración de la Pascua: “Os sacaré de debajo de las tareas pesadas de Egipto”, “Os libraré de su servidumbre”, “Os redimiré” y “Os tomaré por mi pueblo”. Estas promesas tienen una correlación absoluta con la enseñanza y el ejemplo de Cristo Jesús. Mary Baker Eddy, la Fundadora de la Ciencia Cristiana, explica: “Jesús ayudó a reconciliar al hombre con Dios dando al hombre un sentido más verdadero del Amor, el Principio divino de las enseñanzas de Jesús, y esta percepción más veraz del Amor redime al hombre de la ley de la materia, el pecado y la muerte, por la ley del Espíritu —la ley del Amor divino—” (Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 19). Esta redención es la esencia no solo de la Pascua judía, sino también de la Pascua de Resurrección.
El mundo clama por ser liberado de la ley de la materia, el pecado y la muerte aún hoy. Jesús elevó el pensamiento humano al concepto de libertad basado en la Verdad, al declarar: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31, 32). Enseñó que la verdadera naturaleza de Dios es el Amor inmutable, en conformidad con Su creación y bendiciéndola eternamente; y reveló que los hijos de Dios son buenos, armoniosos y eternos. Estas verdades destruyeron la noción infundada de un dios castigador que retiene el bien y permite el mal en su universo.
El pensamiento humano ansioso, que limita su existencia a un estado personal y corporal, se esfuerza por encontrar libertad; por deshacerse de la pesada carga del temor y la servidumbre al pecado y la enfermedad. La Ciencia Cristiana demuestra que la verdadera libertad se encuentra en la totalidad de Dios y en la consiguiente nada del mal.
Hace unos años, me desperté en medio de la noche con mucha fiebre y flujo nasal persistentes. Parecía que pasaría una noche incómoda y, probablemente, varios días luchando por liberarme de la enfermedad. En ese momento, una frase de Ciencia y Salud iluminó mi conciencia: “Todo es la Mente infinita y su manifestación infinita, pues Dios es Todo-en-todo” (pág. 468). Razoné que si Dios, la Mente infinita, es todo, entonces ¿quién o qué podía estar pensando que tenía un resfriado? A medida que se aquietaban mis pensamientos, oraba para comprender lo que Dios conoce sobre Sí mismo y Su creación. La respuesta era clara: Todo es “bueno en gran manera” (Génesis 1:31). De inmediato, sentí un gran frescor y los síntomas se detuvieron. Minutos después, lleno de gratitud, me quedé dormido. Por la mañana, desperté completamente sano.
El Cristo, el mensaje divino de Dios a la consciencia humana, está siempre presente para liberarnos de la esclavitud de la creencia mortal. Como los hijos de Israel, podemos celebrar nuestra “Pascua”: nuestra redención de la esclavitud mental y física y nuestra herencia de bondad espiritual. En palabras de la Sra. Eddy: “La Ciencia Cristiana alza el estandarte de la libertad y exclama: “¡Sígueme! ¡Escapa de la esclavitud de la enfermedad, del pecado y de la muerte!” Jesús trazó el camino. Ciudadanos del mundo, ¡acepten ‘la libertad gloriosa de los hijos de Dios’ y sean libres! Este es su derecho divino” (Ciencia y Salud, pág. 227). La resurrección del pensamiento en la que el Cristo nos invita a regocijarnos es nuestra Pascua —y nuestra Pascua de Resurrección— todos los días.
