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La oración sana severas quemaduras

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 2 de noviembre de 2026


El último día de mis años universitarios, hubo una explosión y un incendio en el laboratorio donde trabajaba con otros estudiantes y el profesor para extraer aceite de semillas de soja. Tenía quemaduras de primer, segundo y tercer grado que cubrían el 35 por ciento de mi cuerpo. Mis brazos habían estado empapados en disolvente antes de la explosión, y mi cara y brazos estaban completamente quemados. Tres de mis amigos también sufrieron quemaduras generalizadas, y otras catorce personas, incluido el profesor, tuvieron quemaduras menos extensas, pero, no obstante, graves.

Mientras esperaba ser ingresado en el hospital, repetía una y otra vez “la declaración científica del ser”, que comienza de este modo: “No hay vida, verdad, inteligencia ni sustancia en la materia. Todo es la Mente infinita y su manifestación infinita, pues Dios es Todo-en-todo” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 468). Aunque mi comprensión de la declaración no era avanzada, esperaba con ansiedad que la verdad en ella hiciera la diferencia. Entendía que esta experiencia era irreal —una ilusión— ya que había aprendido en la Ciencia Cristiana que los accidentes son desconocidos para Dios, quien siempre gobierna a Su creación en perfecta armonía.

En el hospital, limpiaron y vendaron las partes quemadas. Rechacé tomar pastillas para el dolor, que era muy intenso, pero lo manejé con la ayuda de Dios. Cuando mi padre me visitó en el hospital la primera noche, le pedí que se comunicara con un practicista de la Ciencia Cristiana, quien estuvo de acuerdo en orar conmigo. Mi familia me leía las Lecciones Bíblicas del Cuaderno Trimestral de la Ciencia Cristiana todos los días, y las familias de mis amigos oraban a su manera.  

Éramos cuatro en la unidad de cuidados intensivos. Después de unos días, no se esperaba que un amigo, que tenía quemaduras en más del 70 por ciento de su cuerpo, sobreviviera. Escuché a las enfermeras y médicos advertir a su familia que fallecería en cuestión de horas. Me dije a mí mismo: “Si él se va, el resto de nosotros en esta habitación lo seguiremos”.  

De inmediato decidí vernos a todos en las manos de Dios. La Biblia y Ciencia y Salud estaban sobre la mesa junto a mi cama, pero no podía alcanzarlos porque tenía los brazos y las manos envueltos en vendas. Así que me apoyé en lo que podía recordar de las Lecciones Bíblicas que mi familia me había estado leyendo y de los pasajes con los que el practicista de la Ciencia Cristiana me había pedido que trabajara. “La declaración científica del ser” estaba constantemente en mi mente. Recuerdo haber afirmado la verdad de que todos éramos hijos de Dios, y que Dios estaba con nosotros, hasta que me quedé dormido.

A la mañana siguiente, mi amigo, al que solo le habían dado unas pocas horas de vida, seguía allí. Se despertó con hambre, muy alerta y hablando con el resto de nosotros. Esa fue la respuesta a las oraciones de todos. Ciencia y Salud dice: “La oración no puede cambiar la Verdad inalterable, ni puede la oración sola darnos una comprensión de la Verdad; mas la oración, unida a un deseo ferviente y habitual de conocer y de hacer la voluntad de Dios, nos llevará a toda la Verdad” (pág. 11).  También dice: “Ciudadanos del mundo, ¡acepten ‘la libertad gloriosa de los hijos de Dios’ y sean libres!” (pág. 227). Esta libertad es nuestro derecho divino como el perfecto linaje espiritual de Dios. Sean cuales sean las apariencias de las circunstancias materiales, conocer la verdad de nuestro ser nos libera.  

Después de casi un mes, fui el primero al que le dieron el alta del hospital. Mi recuperación fue excepcionalmente rápida comparada con los demás, incluso con los que no estaban en cuidados intensivos. Finalmente, todos fueron dados de alta. Después de unas semanas de estar en casa, mi madre me dijo que la mitad de mi oreja izquierda había desaparecido, pero que había vuelto a crecer. Hoy no tengo ninguna cicatriz en la cara. Hay algunas marcas en las manos y los brazos, pero nadie puede distinguir que son por quemaduras.  

Durante el tiempo que pasé en el hospital e incluso después, a menudo me preguntaba: ¿Por qué tuve esta amarga experiencia? Parecía no haber respuesta. Pero recientemente, cuando mi devoción al estudio y la práctica de la Ciencia Cristiana aumentó, empecé a ver la experiencia bajo una nueva luz. La Biblia nos dice: “Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9:1-3).  

Del mismo modo, la experiencia ardiente que vivimos mis amigos y yo no ocurrió  para que yo o alguien más fuera castigado. La verdad es que fue un sueño, y demostró ser impotente, ya que se puso de manifiesto lo que todos somos como creación de Dios. Estoy muy agradecido a Dios, a Cristo Jesús y a la Ciencia Cristiana por la verdad que nos hace libres.

Alvaro Polar
Roselle, New Jersey, EE. UU.

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