Hace un tiempo, tuve una experiencia reveladora que me dio una comprensión más profunda de la verdad que Jesús nos enseñó. Me costaba respirar y había momentos en los que temía no sobrevivir. Cuando llamé a una practicista de la Ciencia Cristiana para pedirle que me apoyara con la oración, ella se quedó amorosamente en el teléfono conmigo hasta que pasó la crisis. Me aferré a lo que ella me había dicho, y ambas seguimos orando por nuestra cuenta.
En algún momento durante aquella noche, me vino la pregunta: “¿De verdad aceptas lo que Cristo Jesús demostró para la humanidad a través de su resurrección? Probó que la muerte es irreal. ¿De verdad lo crees?” ¿Podría realmente aceptar el ejemplo de Jesús? Al pensar en esto, reconocí que la Vida es la verdad del ser, por lo tanto, de mi ser como imagen y semejanza de Dios. Jesús demostró la vida eterna y definitivamente podría aceptar eso como verdadero.
También me di cuenta de que Jesús, mientras estuvo en la tumba, estaba demostrando “el poder del Espíritu para anular el sentido material y mortal” (Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 44). Y lo hacía mentalmente. Así que esto significaba para mí que lo que necesitaba era aceptar que Dios era mi vida y que “La Vida es real, y la muerte es la ilusión” (Ciencia y Salud, pág. 428). Era solo una sugestión mental agresiva de que mi vida era frágil y temporal. Nunca debía aceptar esa sugestión.
Esta era una oportunidad para resolver qué era cierto acerca de mi vida. Realmente necesitaba un cambio en mi forma de pensar. Necesitaba ver que la Vida es Dios y es continua, porque la Vida es infinita y eterna. La Vida no puede ser interrumpida y, puesto que existimos en una Vida divina e infinita, nuestra existencia no puede apagarse. Me resultaba cada vez más claro que, aunque Jesús había sido difamado, torturado y crucificado, ninguno de esos sucesos humanos era la imagen real o espiritual y ninguno podía cambiar la ley eterna de la Vida.
Entonces comprendí que no precisaba quedarme atascada intentando aclarar si parecía estar sufriendo por el clima, por el contagio, o quizá incluso por estar “bajo el ataque” de los pensamientos y sentimientos de los demás. La verdad a la que debía aferrarme era que la ley inmutable de la Vida gobierna cada individuo por ser una idea de Dios, Su semejanza, incluyéndome a mí. Mi unidad inquebrantable y la de todos con nuestro Padre-Madre Dios, la Vida divina, era algo que podía recibir con agrado como verdad. Mi pensamiento había superado el miedo y, como resultado, mi respiración se volvió más normal y confié en el poder sanador de la Verdad divina.
Dos días después, volví a mi puesto como Primera Lectora de mi filial de la Iglesia de Cristo, Científico, sintiendo nada más que enorme gratitud y alegría por las lecciones de la resurrección de Jesús.
Esta curación me dio un nuevo aprecio por la Pascua, que se celebra en todo el mundo. Aunque a menudo se centra en la tristeza de la crucifixión, para mí ha sido importante dar gracias por el triunfo de la resurrección de Cristo Jesús, que ocurrió tres días después de ser crucificado.
La resurrección fue prueba de la ley de la Vida eterna que gobierna al hombre. Abrió aún más el pensamiento del mundo a la promesa de la “vida eterna”. De hecho, si observamos todas las demostraciones que presentó Cristo Jesús acerca del Amor divino, vemos que se hicieron para beneficio de la humanidad. Su vida y obra provocaron un cambio importante en el pensamiento, que dio a las personas una perspectiva más amplia, elevada y profunda, mucho más allá de sus creencias y vidas limitadas, impregnadas de obediencia a las leyes materiales.
Jesús enseñó que Dios es Espíritu, y la Ciencia Cristiana ilumina el hecho de que, como reflejo de Dios, somos espirituales, completos y estamos seguros en Dios. Esta promesa se extiende a lo largo del tiempo. Podemos esperar sentirnos elevados al ver que la resurrección es parte de la Ciencia demostrable del Cristo, aplicable en cada una de nuestras vidas. Dios, la Vida divina, es Todo-en-todo. Puesto que esto es cierto, no puede haber un opuesto llamado muerte. Solo existe la Vida y la expresión de la Vida, que cada uno de nosotros es.
Uno de los sinónimos de resurrección es volver a despertar, lo cual se produce cada vez que nos damos cuenta de que la actividad de Dios, el bien, es lo único que realmente existe en todos los aspectos de nuestra vida.
Tal vez nos sintamos abatidos por las preocupaciones de este mundo, como si estuviéramos perdiendo la esperanza. La promesa de la resurrección —basada en el hecho espiritual de que la Vida, Dios, es Todo-en-todo— puede en realidad sacarnos de la desesperación y de una “muerte” de la esperanza. La ley de la Vida y el Amor es eterna e infinita. Lo gobierna todo. La prueba que dio Cristo Jesús de que la muerte no existe —en todos los sentidos— hace desaparecer la creencia en ella. Los pensamientos de muerte o de ausencia de verdad, amor, bondad, paz, vida, pueden redimirse a medida que despertamos a una visión más clara de estos hechos espirituales. Al razonar esto en oración, afirmándonos en la realidad de que Dios es todo Vida, vemos que todo aquello que es bueno no puede ser destruido.
La Verdad no puede ser destruida porque la Vida y la Verdad son sinónimos. Lo mismo ocurre con el Amor; está para siempre con nosotros. Y existimos para siempre como la expresión de la Vida, la Verdad y el Amor. La bondad y la paz son atributos de Dios, expresados a lo largo de toda la creación del Amor, lo que significa que siempre están presentes y activos de innumerables maneras.
Cuando recordamos que la Vida es Todo, podemos enfrentarnos con valentía y firmeza a los desafíos que tenemos delante. Vemos que cualquier creencia en la muerte no tiene ley ni espacio vital. Volvemos a despertar a la promesa de la Vida y somos elevados para ver nuevas posibilidades del bien. La resurrección para nosotros es una promesa de la ley infinita, eterna y omniactiva de la Vida que podemos demostrar poco a poco: no tenemos que esperar el bien futuro.
Como preciadas expresiones de la Vida y el Amor, somos herederos del reino de los cielos, que está presente aquí y ahora. En este reino solo hay Vida abundante y bien infinito. Podemos dar gracias por la prueba que Cristo Jesús dio de esta verdad eterna, que nos bendice a todos.
