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La protección de Dios se hace evidente

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 8 de enero de 2026

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Hace unos años, mi familia y yo vivíamos a una hora de viaje de uno de los parques más hermosos de Uruguay; un lugar para acampar muy cerca del mar, con árboles de todas partes del mundo.

Mi esposo estaba a cargo de una unidad del Ejército en el departamento de Rocha, donde está situada la Fortaleza de Santa Teresa, y un verano muy caluroso y seco se desató un incendio allí. Mi esposo, apenas se enteró, se dirigió al lugar rápidamente. Nuestra casa quedaba cerca de la carretera nacional, y veíamos pasar decenas de autos que huían de la zona afectada.

Al principio luché para eliminar el miedo por medio de la oración. Las noticias eran alarmantes. La televisión local informaba continuamente lo que estaba sucediendo. El terror en la atmósfera mental parecía expandirse con más rapidez que el fuego.

Oré para reconocer la verdadera identidad espiritual de mi esposo, de mi familia y de todas las personas que estaban acampando en el parque. La Biblia relata incontables historias de personas que, a pesar de estar en un peligro inminente, no sufrieron daño alguno porque confiaron en la protección divina. Como fue el caso de los jóvenes hebreos —Sadrac, Mesac y Abed-nego— quienes fueron arrojados a un horno de fuego ardiente y salieron ilesos; de Daniel, quien fue echado a un foso de leones y, no obstante, no recibió daño alguno; así como muchos otros que conocían el poder de Dios y confiaban en Su amor.

Yo me aferré a esa confianza en la bondad infinita de Dios a medida que oraba para ver Su omnipotencia en acción. Pensé que cada persona tiene su origen en Dios, el Espíritu, de manera que es puramente espiritual, y que nada existe aparte del poder del Dios del todo bueno, infinito y divino.

Mi esposo, mientras tanto, recorría la zona del incendio para controlar el trabajo de los encargados de la contención del fuego. Se habían dividido en pequeños grupos y cada uno de ellos contaba con la presencia de un bombero que dirigía el arduo trabajo. Más tarde, mi esposo me contó que les era muy difícil a todos desplazarse a causa de la hojarasca y las ramas secas en el suelo que contribuían a alimentar el fuego devorador.

La enormidad del espectáculo era tan imponente que atrajo la atención del pequeño grupo que mi esposo estaba vigilando. Desde donde estaban, al mirar hacia el foco principal del fuego, pudieron divisar cómo grandes árboles, de más de quince metros de altura, eran consumidos en cuestión de segundos. Uno de los hombres tuvo que hacerles notar que las llamas se habían acercado peligrosamente y casi los habían rodeado.

El bombero que estaba con ellos les indicó la dirección que debían tomar para salir de la difícil situación en que se encontraban, y a pesar de que no les pareció la más sensata, lo obedecieron. Pasaron sobre un terreno en el que aún ardían troncos y ramas y lograron escapar tan solo momentos antes de que el lugar donde habían estado parados ardiera por completo.

Después, mi esposo me contó que todo había sucedido en forma tan vertiginosa que él no recuerda haber aplicado ninguno de sus conocimientos acerca de Dios en forma específica, pero más tarde se dio cuenta de que en ningún momento sintió miedo de que algo malo pudiera sucederles tanto a él como a los que lo acompañaban.

Al reflexionar acerca de lo sucedido, nos dimos cuenta de que esa confianza natural en Dios es lo que permite que el bien se manifieste más plenamente.

Un Salmo dice: “En ti, oh Señor, me refugio; jamás sea yo avergonzado; líbrame en tu justicia” (Salmos 31:1, LBLA). Mi esposo señaló que la inteligencia, perspicacia y obediencia que Dios le había dado al bombero, impidió que ellos se apartaran del camino y los guio hacia un lugar seguro.

Según los expertos en ese tipo de incendio, este solo se detiene cuando se producen lluvias muy abundantes. Esas lluvias no estaban pronosticadas en ese momento, pero de pronto, comenzaron a aparecer algunas nubes. Al principio eran escasas, pero rápidamente cubrieron la zona del siniestro y derramaron su abundante precipitación justamente en ese lugar. Esto extinguió completamente el fuego.

Las personas que llegaron más tarde a ver la extensa devastación comentaron que se tardaría décadas en recuperar lo que se había perdido. Sin embargo, al año siguiente, pudimos comprobar que la vegetación se había recuperado notoriamente y el verde nuevo de las hojas ya cubría todo rastro del incendio.

Cuando recuerdo esta experiencia, agradezco a Dios y elogio Su poder infinito; el poder del Espíritu, del único creador que protege a Su creación y cuyo poder podemos ver manifestado a través de la oración consagrada. Como dice el Salmo 104: “Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra” (versículo 30).

Al escuchar los noticiosos internacionales, no puedo menos que pensar que hay una asombrosa similitud entre la conflagración de la que fue testigo mi esposo y la que parece estar afectando al mundo entero en forma de violencia, terrorismo y crimen. Ambas se esparcen con la misma rapidez y dejan tras de sí una estela de destrucción y desconsuelo. Pero a pesar del terreno diferente sobre el que se deben combatir, las dos pueden ser enfrentadas mediante la oración.

Del mismo modo en que el fuego se esparce cuando encuentra un ambiente favorable como las hojarascas, ramas secas, etc., los conflictos se esparcen a través de los pensamientos destructivos como la ira o el terror. He aprendido que es necesario mantener mi pensamiento libre de todo lo que no sea la semejanza misma del bien y cultivar las cualidades de bondad, abnegación, honestidad y rectitud, que son las que mantendrán la mira solo en lo que ennoblece y eleva el vivir.

La Ciencia Cristiana enseña que Dios es el bien infinito, y nos muestra cómo mantener el pensamiento libre de cualidades desemejantes a Dios. En Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, Mary Baker Eddy afirma: “En la Ciencia, todo el ser es eterno, espiritual, perfecto, armonioso en toda acción. Deja que el modelo perfecto esté presente en tus pensamientos en lugar de su opuesto desmoralizado. Esta espiritualización del pensamiento deja entrar la luz, y trae la Mente divina, la Vida no la muerte, a tu consciencia” (pág. 407).

Cuando tenemos que enfrentar una situación peligrosa, podemos seguir las indicaciones de la sabiduría divina. A veces, esto se manifiesta a través del sabio consejo de un amigo o la voz que parece ser nuestra propia conciencia. Los ángeles de Dios, Sus mensajes, siempre nos trasmiten aquello que nos libra del peligro y la tentación.

Podemos confiar en que el bien siempre se manifiesta, porque es infinito, omnipresente. En el caso del incendio de la Fortaleza, fue la lluvia anhelada la que trajo la ayuda a la gente que luchaba contra el fuego. Cuando se trata de la violencia sin control, puede que la solución llegue en forma de nuevas leyes, de cambios en la conducción de un país o, fundamentalmente, en el modo de pensar y actuar del pueblo mismo.

Esta experiencia y tantas otras muestran que estamos a salvo cuando comenzamos a entender a Dios y nuestra única e indestructible relación con Él. Cuando comprendemos que Dios nos mantiene eternamente libres de peligro, se vuelve posible demostrar esto cualquiera sea la forma en que el aparente peligro se manifieste.

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