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La puerta que no se puede cerrar

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 29 de octubre de 2026


La mayoría de nosotros vemos una puerta cerrada como el final de algo. Puede parecer un rechazo, una limitación o una oportunidad perdida. Instintivamente  estiramos la mano hacia el picaporte, esperando que de alguna manera se abra de nuevo.

Sin embargo, Cristo Jesús enseñó que el primer acto de la oración no es abrir una puerta, sino cerrarla. Dijo: “Cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto” (Mateo 6:6). ¿Qué puerta se nos pide que cerremos?

Ciertamente no la puerta hacia Dios. El Amor divino nunca está ausente, y jamás podríamos excluirnos de Su presencia. Más bien, Jesús nos pide que cerremos la puerta al clamor del sentido material —las implacables voces del miedo, la distracción, la voluntad propia, la opinión pública y el razonamiento ansioso—. Nos invita a apartarnos de la insistencia del mundo de que los sentidos físicos nos dicen lo que es real.

Toda curación comienza con esta serena decisión.

Cierra la puerta —a las noticias que insisten en que el mal es inevitable, al cuerpo que reclama la última palabra, al desánimo que susurra que nada cambia—. Entonces ocurre algo extraordinario. Lo que parecía ser una habitación cerrada se convierte en un mundo abierto. Como dice Cristo en el Apocalipsis de San Juan, “He puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar” (Apocalipsis 3:8).  

El himno 64 del Himnario de la Ciencia Cristiana nos invita maravillosamente a pasar por esa puerta. La segunda estrofa dice:

La puerta abierta de la Mente hallo, 
     y en tierra santa siempre vivo yo;

La calma siento de inmortales cosas,

 rodeado estoy de Amor y de bondad.
(Violet Hay, © CSBD)

El aposento al que Jesús se refiere no es un lugar de confinamiento, sino de revelación. La puerta de la Mente divina, Dios, es la puerta de la Vida —nunca cerrada, nunca abarrotada, nunca marcada como “Vuelve más tarde”—. En su portal, no suplicamos para obtener la atención de Dios; reconocemos Su gobierno siempre presente. Allí descubrimos lo que siempre hemos sido: la idea inmortal y espiritual de Dios, siempre amada y sostenida por Él.

Esto cambia nuestra percepción de lo que es la oración. Ya no es un esfuerzo frenético por vencer el miedo y el dolor, sino el tranquilo regreso a lo que siempre ha sido verdadero: la creación que Dios hizo y mantiene para siempre y es buena en gran manera.

La oración no es un intento de persuadir a Dios para que actúe, sino la quietud en la que percibimos lo que la Mente ya sabe. No consiste en entregar a Dios nuestros planes, sino ceder a Su sabiduría.

Jesús, quien expresó plenamente al Cristo, la eterna presencia sanadora de Dios, oró y vivió de esta manera. La puerta sellada de la tumba no pudo cerrar la puerta de la Vida. La resurrección demostró que ninguna piedra puede encerrarnos, ni ninguna tumba puede retenernos.

Así que el ruido del sentido material desaparece, y lo que queda es lo que siempre estuvo ahí.

Cada día presenta esta elección. Podemos dejar abierta la puerta del sentido material, y permitir que el miedo y sus predicciones entren sin invitación, o podemos cerrarla y atravesar la puerta abierta de la Mente, como hizo Jesús en la resurrección. La primera conduce a la reacción, la segunda a la revelación.

Quizá por eso Jesús nos dijo que empezáramos a orar cerrando la puerta. No es el fin de la libertad, sino su comienzo. La puerta que cerramos sobre la creencia mortal nos permite ver la puerta que jamás se cierra: la puerta abierta de la Mente, donde “rodeados [estamos] de Amor y de bondad”.

Puesto que Cristo la ha abierto, “y nadie [la] puede cerrar”.

Keith Wommack,
Miembro de la Junta Directiva de la Ciencia Cristiana

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