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La Vida no tiene opuesto

De El Heraldo de la Ciencia Cristiana. Publicado en línea - 30 de marzo de 2026


La Ciencia Cristiana enseña que la vida no termina con la transición llamada muerte, y hay varios relatos bíblicos que demuestran este hecho.

En el libro del Génesis (5:24) encontramos que caminó “Enoc con Dios: y desapareció, porque le llevó Dios”, lo que implica que no se encontró ningún cuerpo. Y Elías fue llevado “al cielo por un torbellino” (2 Reyes 2:11, NTV).  

Pero la más poderosa de ellas es la historia de la resurrección y ascensión de Jesús. Después de una vida terrenal llena de grandes manifestaciones del amor y el poder sanador de Dios, incluida la resurrección de los muertos, Jesús fue crucificado y sepultado, y al tercer día después de su crucifixión, él se resucitó a sí mismo. Se apareció a sus discípulos y a otras personas durante algún tiempo después de su resurrección. En estas apariciones, Jesús se veía igual que antes, e incluso llevaba las marcas recibidas en el momento de su crucifixión.

Además, hay un relato bien documentado de Mary Baker Eddy, la Descubridora y Fundadora de la Ciencia Cristiana, de que ella resucitó a su secretario, Calvin Frye, de una aparente muerte. Otro miembro del personal de la Sra. Eddy le preguntó más tarde a Frye sobre su experiencia durante el tiempo en que pareció estar muerto, y su respuesta indicó que, para sí mismo, había seguido viviendo una vida normal (véase Yvonne Cache von Fettweis y Robert Townsend Warneck, Mary Baker Eddy: Christian Healer, pp. 363-364).

Estas historias y relatos me han sido muy útiles al momento de enfrentar la pérdida de seres queridos y conocidos. He encontrado consuelo al saber que la Vida no acaba porque la Vida es el Espíritu; no está en la materia. Cada uno de nosotros es un hijo de Dios: no hemos caído de nuestro estado elevado, no hemos vivido por un tiempo en la materia y luego hemos regresado a un estado elevado (véase Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con la Llave de las Escrituras, pág. 258). El hombre real está hecho a imagen y semejanza de Dios, y entonces el hombre es espiritual porque Dios es Espíritu eterno y puro. Como enseñó Jesús: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha” (Juan 6:63).

En el funeral de uno de mis hermanos, mientras yo compartía algunas ideas respecto a la vida y la muerte con una cuñada, ella hizo un comentario que me ayudó a ver que el nacimiento y la muerte no tienen parte alguna en la Vida. Esta frase todavía resuena en mi pensamiento y reafirma la verdad eterna de que la Vida no tiene opuesto, ni un antagonista llamado muerte. La Vida es Dios, por lo tanto, eterna; no pasa de un estado a otro para lograr la inmortalidad. No pasa por las etapas de nacimiento, desarrollo, madurez, decadencia y finalmente por la muerte, para luego alcanzar su estado verdadero. El hombre ya es espiritual y eterno, el reflejo de su Hacedor. Como dice Mary Baker Eddy en Ciencia y Salud: “Puesto que el hombre es el reflejo de su Hacedor, no está sujeto a nacimiento, crecimiento, madurez, decadencia. Estos sueños mortales son de origen humano, no divino” (pág. 305). Estos sueños mortales que parecen reales pueden ser superados y desechados cuando reconocemos nuestra verdadera condición como hijos de Dios, hechos a Su imagen y semejanza, como lo demostró Jesús.

La muerte de mi hermano ha hecho que el concepto de la muerte y los temores relacionados con ella a veces afloren en mis pensamientos, pero la Ciencia Cristiana me ha proporcionado ideas que han incrementado mi fe en la Vida, Dios. En un artículo titulado “¿Es que no existe la muerte?” de su libro La unidad del bien, la Sra. Eddy escribe: “Para los sentidos, la materia parece vivir y morir, y estos fenómenos parecen continuar ad infinitum; pero tal teoría implica un perpetuo desacuerdo con el Espíritu. Puesto que la Vida, Dios, está en todas partes, se deduce que la muerte no puede estar en ninguna parte, porque no queda lugar alguno para ella” (págs. 41-42).

Después del fallecimiento de mi hermano, de vez en cuando me invadía una sensación de vacío cuando recordaba las experiencias que compartimos, las cosas que dijimos y cómo nos acompañábamos el uno con el otro cuando éramos niños y a lo largo de nuestra vida. Me sentía desconsolado y abrumado por la idea de que nunca volvería a tener experiencias como esas con él. Además, me pregunté por qué le había sucedido esto a él, y me vino la sugestión de que algo similar podía pasarme a mí. Sin embargo, el estudio de la Ciencia Cristiana me ha demostrado que tanto la enfermedad como la muerte son creencias y experiencias de la mente mortal, no del hombre, y que cuando estamos conscientes de la verdad de que el hombre es puro y completo, esas creencias no tienen poder sobre nosotros.

He comprendido que ni mi hermano, ni yo, ni nadie más, está pasando, ha pasado ni puede pasar por tal experiencia. Todos somos hijos del Dios vivo, y dado que Dios no conoce ni envía enfermedades, las enfermedades no forman parte del hombre.

Ciencia y Salud afirma: “La sustancia, la Vida, la inteligencia, la Verdad y el Amor, que constituyen la Deidad, son reflejados por Su creación; y cuando subordinemos el falso testimonio de los sentidos corporales a los hechos de la Ciencia, veremos esta semejanza y reflejo verdaderos en todas partes” (pág. 516).

Estas enseñanzas me convencen de que mi hermano todavía está vivo en el Espíritu —el Principio divino que es la Vida eterna— como lo estará siempre.  

Todos los días experimento la superación de la creencia en la realidad de la muerte. Cada desarmonía que se presenta en el reino material intenta convencernos de que estamos experimentando uno de los procesos materiales que inevitablemente nos llevan a la muerte. Pero la comprensión de que la realidad es pura y exclusivamente espiritual me da la fortaleza para rechazar esas discordias.

Hace poco, me apareció una pequeña mancha en el cuerpo cerca de la clavícula. Al principio no le presté atención. Sin embargo, después de un tiempo, me asusté un poco porque comenzó a crecer. Entonces, volví mi pensamiento a Dios y a la idea del hombre eterno, que no está sujeto a cambios ni procesos, ni asociado con condiciones materiales. La creencia errónea y el miedo desaparecieron. Algún tiempo después, me di cuenta de que no quedaba nada de la mancha.

Cuando descubrimos que la materia no es la realidad del hombre y que él es  imperecedero, entonces la Vida se hace más presente para nosotros, y descubrimos que no tiene opuesto. Como afirma la Sra. Eddy, “... quien percibe la verdadera idea de la Vida pierde su creencia en la muerte” (Ciencia y Salud, pág. 325).

La Vida no tiene opuesto ni enemigo que pueda desafiarla.

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